19 DE SEPTIEMBRE: EL DÍA DE “LAS GLORIAS DEL EJÉRCITO” (MASACRES, GOLPES DE ESTADO, “MILICOGATE, PINOCHET, CHEYRE, FUENTE-ALBA, OVIEDO…”)

Por Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

Primera Piedra

 

No hay nada que celebrar el 19 de septiembre y opino que las fiestas patrias, en vez de tanto Tedeum y marchas militares, debiera considerarse como un día de recuerdo de los valores republicanos.

El ejército chileno ha ganado más guerras masacrando a su propio pueblo que frente a potencias extranjeras: la Guerra del Pacífico, por ejemplo, la ganaron más bien los ministros civiles plenipotenciarios

del gobierno de Aníbal Pinto que los militares. Tanto generales como almirantes se hicieron famosos por sus pocas luces y carencia de capacidad estratégica, y los únicos héroes de esta guerra fueron los civiles, Rafael Sotomayor y José Francisco Vergara, sumados al capitán Arturo Prat, (poco menos que un intelectual, despreciado por sus ignorantes almirantes), pues el general Baquedano sabía solo atacar con bayoneta calada, sin importar preservar la vida de su tropa.

Con el pretexto de pretender “civilizar” a los mapuches el ejército emprendió la llamada“Pacificación de la Araucanía”, que no fue más que la guerra de exterminio e usurpaciónde tierras, contra el pueblo que había resistido por tres siglos en embate de los españoles.

El historiador Gabriel Salazar contabiliza 23 masacres impunes llevadas a cabo por ejército de Chile.

Desde el golpe de Estado, en 1924, contra Arturo Alessandri Palma, el ejército se acostumbró a apropiarse del poder por la fuerza, (mi abuelo, Rafael Luis Gumucio Rivas, dirigente del Partido Conservador, se mostraba satisfecho porque la derecha había expulsado del poder al demagogo Alessandri; el humorista Genaro Prieto, en ese tiempo redactor del Diario Ilustrado, perteneciente a este Partido, le reconvino diciéndole que“porque era cojo no había hecho la guardia, ́servicio militar ́, por consiguiente, no sabe cómo son los militares, pues cuando se toman el poder no lo sueltan nunca más”, yaprendió esta lección, pues de ahí en adelante fue antimilitarista, y en su casa podría haber curas y políticos, pero jamás militares).

A la caída de Carlos Ibáñez del Campo, (1931), los militares no se atrevían a salir con uniforme a la calle. En las Memorias del Carlos General Prats González se consigna que los militares, atemorizados por los civiles, se negaban a embarcarse en una aventura, sin embargo, durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, Ariosto Herrera intentó derrocar al Presidente radical. Durante el segundo gobierno de Carlos Ibáñez, la llamada línea recta tenía claro su propósito golpista. Durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva algunosmilitares protagonizaron el llamado “tacnazo”.

Desde el golpe de Estado de 1973, las Fuerzas Armadas se transformaron en “fuerzas de ocupación” contra su propio pueblo, asesinando, haciendo desaparecer, torturando yexiliando a miles de chilenos.

El general Augusto Pinochet Ugarte, además de haberse convertido en un asesino impune,fue un ladrón consumado, incluso, los derechistas que lo calificaban como “salvador de la patria”, porque los había librado de convertirse en una nueva Cuba, (lo dice la publicación de El Mercurio, del día 11 de septiembre 2019), ahora no se atreven a rendir

culto público al general, que usaba para sus negociados algunos alias,entre ellos el de “Daniel López”, y noes el único general que utilizó seudónimos para evitar, en definitiva, la acción de la justicia, pues antes, por ejemplo, lo hizo Carlos Ibáñez delCampo, con el nombre “Domingo Aránguiz”.

Después del triunfo de NO en el plebiscito de 1988, Pinochet pactó con los líderes de la Concertación de Partidos por la Democracia, entre

muchos acuerdos políticos, el que los políticos no tocarían a los militares, un área de exclusivo dominio de Pinochet. El mismo general comandante en jefe lo dijo con toda claridad que si tocaban a uno de sus hombres habría un nuevo golpe de Estado.

Ya en democracia “protegida”, y con su Presidente, Patricio Aylwin Azocar, cuando losdelegados de investigación de crímenes de la dictadura dieran a conocer el Informe Rettig, el ejército se dio el lujo de rechazarlo.

Con motivo de las acusaciones contra su hijo, Augusto Pinochet Jr., y la investigación de la Cámara de Diputados sobre negociados con FAMAE, se rebeló contra el gobierno establecido en dos ocasiones.

Los generales en jefe que le sucedieron aprendieron muy bien las martingalas para malversar los bienes fiscales. A su vez, los gobiernos democráticos exageraron en honrar su firma, y no se entrometieron en los asuntos militares, y a tal grado que pudieron hacer uso y abuso de los recursos destinados a las fuerzas armadas, incumpliendo los ministros de Defensa y Hacienda con el deber de fiscalizar y defender el dinero de todos los chilenos. Sabemos que en Chile la impunidad es la ley, ninguno de ellos ha sido investigado por incumplimiento de deberes.

 

El general del “nunca más”, Juan Emilio Chyre, fue condenado a tres años de prisiónremitida, (pena muy baja para crímenes de lesa humanidad que no prescriben nunca),como encubridor de torturas y crímenes, perpetrados en La Serena, por la “caravana de lamuerte” cuando era un joven teniente.

Las Fuerzas Armadas percibían el 10% de las ventas del cobre, pero los militares, buenos discípulos de su líder Pinochet, se robaron gran parte de los millones de dólares, que se distribuían entre ellos, incluyendo, desde luego, el alto mando, disimulando los gastos con facturas y boletas, material ideológicamente falso.

El cabo, Juan Carlos Cruz, y el coronel, Clovis Montero se pusieron de acuerdo para falsificar la firma de los encargados y así atiborrar sus billeteras en pesos y dólares. El cabo Cruz, con un sueldo de 500 mil pesos mensuales, por ejemplo, despilfarró 2 mil millones de pesos en el Tragamonedas del Casino Monticello, que le regalaba alimentación, alojamiento y estacionamiento.

(Me permito recomendar la lectura del libro de Mauricio Weiber, Traición a la patria)

Montero se auto acusó en una conversación grabada, llevada a cabo con el ex contralor del ejército, Schafik Nazal, en la cual le advierte que también se está investigando al comandante en jefe del ejército, Juan Miguel Fuente-Alba, por la reventa de autos de lujo, marca Audi. El monto de lo defraudado por los implicados equivale, según el autor de este libro, a la construcción de ocho hospitales, la erradicación de todos los campamentos en Chile, el monto de la reforma tributaria, aprobada por Presidente Bachelet y la construcción de todos los liceos emblemáticos.

Una de las aristas del milicogate fue el descubrimiento de la vida de lujos, muy superior a su salario, del general en jefe del ejército, que alcanza al monto de 3 mil millones de dólares, producto del desvío y mal uso de los gastos reservados, que no se rinden hasta ahora, salvo la declaración de que constituyen una buena inversión para el país.

El general sumaba en su patrimonio 19 propiedades y 10 autos de lujo; la parcela de agrado, en Chicureo, Santa Filomena, la pagó de contado por la suma de 500 millones de pesos; en su casa trabajaban 21 personas, entre ellos, varios cocineros, todo a costa de todos los chilenos. Con los gastos reservados regalaba a las esposas de los generales, (incluso en retiro), finas joyas, y a los maridos, relojes de lujo. (A Fuente-Alba lollamaban “el señor de los anillos” y “el príncipe”, por el símbolo de los autos y de gustosexquisitos).

 

Los pasajes y viáticos, cuando no eran utilizados, los revendían y, a veces, los de primera clase eran cambiados a turistas, quedándose los generales con la diferencia. París era uno de los paraísos predilectos, y alojaba en un elegante hotel de Champs Elisées, en una suite con vista a la Tour Eiffel.

Otro de los implicados es también el ex comandante en jefe, Humberto Oviedo, acusado por la fiscal Romi Rutherford, de malversación de fondos fiscales, otro de los implicados, además, en el mal uso de los gastos reservados, que han sido aprovechados por su mujer, (hoy llamada a declarar), y por sus hijos, que se aprovecharon al pedir pasaportes diplomáticos, cuando no cumplían misión alguna, y, como si fuera poco, recibían un viático de 3 mil dólares por persona.

En todo caso, los ciudadanos tienen derecho a la presunción de inocencia, por consiguiente, hay que agregar el ́condicional ́ en cada uno de los párrafos de acusación.

No hay nada que celebrar el 19 de septiembre y opino que las fiestas patrias, en vez de tanto Tedeum y marchas militares, debiera considerarse como un día de recuerdo de los valores republicanos.

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Pueblos de estiércol

Hasta el año 1939 los periodistas occidentales le cantaban loas a Hitler. Solo uno logró disipar la niebla que cubría sus propósitos. El Führer se tomó el tiempo de opinar sobre América del Sur, el continente en que sufrió una de sus primeras derrotas militares: el hundimiento del Graf Spee, a la cuadra de Montevideo. Una nota de Arturo A. Muñoz.

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No es necesario viajar muy atrás en la Historia de las naciones sudamericanas para constatar cuán grande ha sido la cobardía ante la voracidad de los imperios del hemisferio norte


Escribe Arturo Alejandro Muñoz

Politika.cl


La frase del título de esta nota no me pertenece. Jamás habría pensado siquiera llamar ‘pueblos de estiércol’ a quienes conforman las naciones sudamericanas. Menos aún siendo yo parte de ellas. Lo dicho, la frase no es mía… Es de Adolf Hitler, quien expresó su lapidaria opinión sobre las naciones sudamericanas en uno de los tantos almuerzos efectuados en “la guarida del lobo”, su refugio en Prusia Oriental durante el desarrollo de la Segunda Guerra.

La opinión de Hitler en uno de esos almuerzos fue recogida por un periodista alemán, transcrita luego a una especie de folletín y enviada finalmente a Inglaterra, donde fue transformada en un libro de exitosa venta escrito por Henry Picker: “Hitler. Anatomía de un Dictador. Conversaciones de sobremesa en el cuartel general del Führer, 1941-1942” (Ediciones Grijalbo S.A., México DF – Barcelona; 1965).

Respecto del punto que interesa a esta nota, dijo Hitler:

“Los Estados Unidos consiguen de esos países todo lo que quieren gracias a sobornos grandiosos, los que se explican por la inferioridad racial de la población de los Estados sudamericanos que, además, son hostiles a Alemania. La inferioridad se muestra también en el comportamiento contra los alemanes allí residentes, ya que, por lo visto, es innato en los bajos instintos de toda la vulgaridad de esos pueblos ‘escupir’ a los seres superiores. En realidad, deberíamos desembarcar allí alguna vez para poner nuestro puño bajo las narices de semejantes ‘pueblos de estiércol’.”

Molesta, indigna incluso, leer un comentario de ese calibre. Más aún si lo expresó el peor criminal y genocida del siglo veinte. Pero, la indignación se transforma en vergüenza cuando la dura realidad avala el comentario del líder nazi. Nuestro controvertido historiador Francisco Antonio Encina ya había escrito mucho antes (año 1912) una de sus obras de mayor trascendencia: “Nuestra inferioridad económica”, siendo acusado por sus detractores de tener ideas racistas y plagiar capítulos de la ‘Historia de Chile’, de Diego Barros Arana, tanto como falsificar hechos históricos con amena pluma.

Todo lo anterior data de los años 1912 y 1941. ¿Muy antiguo? Avancemos entonces en los calendarios y fijemos la mirada en los comienzos de la actual centuria en nuestra vapuleada Sudamérica…

Colombia: ha vivido muchas décadas bajo las leyes de una política predadora impuesta por gobiernos obsecuentes del imperio estadounidense. Ello ha posibilitado, neoliberalismo mediante, la existencia de un poderoso narcoestado y un violentísimo paramilitarismo de ultra derecha permeando el andamiaje social, político y económico de esa república, instituyendo el secuestro de personas y el asesinato de líderes sociales como una forma “normal de gobernabilidad”.

Junto a lo anterior cohabita una guerrilla que pareciera no debilitarse y que se hace dueña de amplias zonas del país. Los gobiernos derechistas, en especial los encabezados por Álvaro Uribe (dos administraciones), abrieron las puertas de Colombia –y con ello las del subcontinente sudamericano– a la instalación de siete bases militares estadounidenses en su territorio (Palanquero, Apiay, Bahía Málaga, Tolemaida, Malambo, Laranda y Cartagena), con el desabrido discurso que la presencia armada de Estados Unidos en ese país pondría atajo y punto final a la guerrilla, al narcotráfico y al paramilitarismo. Los hechos duros y fríos demuestran que ello está absolutamente alejado de la realidad. Hoy, Colombia es uno de los más fieles ‘cachorros’ de Washington.

Venezuela: es uno de los países más ricos en recursos naturales en Sudamérica; petróleo, gas, oro, coltán, bauxita y hierro, además de contar con los espléndidos llanos del Orinoco que le permiten poseer una masa ganadera de enorme volumen. Durante más de un siglo este país fue una especie de propiedad estadounidense, no sólo en lo económico, también en lo político ya que el estado de cosas imperante dificultaba seriamente la presencia de una izquierda parlamentaria. Cuando la gente decidió salir a la calle a protestar, se le reprimió con extrema dureza. El “caracazo” es un ejemplo de ello.

En 1989 los venezolanos no aceptaron las reformas económicas del presidente Carlos Andrés Pérez, quien de golpe y porrazo decidió liberalizar completamente la economía del país, siguiendo los dictámenes del FMI y de Washington, poniendo en práctica una serie de medidas que fueron drásticamente resistidas por la población. Ante la poderosa manifestación popular, Carlos Andrés Pérez ordenó a la Guardia Nacional y al ejército salir a las calles y reprimir las manifestaciones. El resultado fue la masacre de mil o más personas.

Años más tarde, el ex coronel Hugo Chávez Frías resultaría electo presidente de la república, e iniciaría el largo proceso conocido como “revolución socialista y bolivariana”, que hoy enfrenta una grave crisis económica y política debido al cerco comercial impuesto a Venezuela por los gobiernos de EEUU (Obama y Trump). Debemos agregar a eso el cuestionable manejo administrativo y político del actual presidente Nicolás Maduro. Venezuela, que ha sido un sempiterno cachorro del imperio, hoy sufre las consecuencias de intentar no serlo.

Brasil: el gigante sudamericano es un aliado tan estrecho de EEUU que en ocasiones se transforma –al igual que Colombia– en lacayo más que en cachorro. Atendiendo a una ‘recomendación’ de Washington y Londres, fue el único país sudamericano que se plegó a los aliados en la Segunda Guerra Mundial enviando tropas a ese conflicto global. Fue también el primer país en obedecer sin remilgos las recomendaciones que Washington quería hacer aplicar en su ‘patio trasero’. El año 1964 los militares impusieron la deleznable “Política de Seguridad Nacional”, cínica forma de justificar la dictadura y las violaciones a los derechos humanos.

Hubo luego un período extraño. Fernando Collor de Melo (quizás el más relevante payaso político de esa época), Itamar Franco y Fernando Henrique Cardoso fueron imponiendo la idea de privatizarlo todo, obedeciendo a las sugerencias del FMI… hasta que llegaron Lula da Silva y Dilma Rousseff quienes pudieron provocar algunos ajustes a la economía neoliberal en beneficio de los trabajadores y pobladores del país.

Entonces, el imperio del norte volvió a actuar, aprovechando esta vez la innegable corruptibilidad de los políticos brasileños, parlamentarios y dirigentes partidistas en el nordeste del territorio. Apareció el ‘Lava Jato’ y los detentores del neoliberalismo salvaje se hicieron de la conducción del país. Primero Michel Temer (hoy enjuiciado y detenido por corrupción), y luego Jair Bolsonaro, ex oficial de ejército devenido diputado, reconocido proto fascista y contumaz admirador y cipayo de EEUU (en especial de Donald Trump). Ambos, Temer y Bolsonaro, han regresado el país a las doctrinas estadounidenses, claramente separatistas (del resto de Latinoamérica), de violento anti-izquierdismo y franca acción predadora de recursos naturales.

En Perú, los presidentes de las últimas décadas se encuentran detenidos, procesados e incluso encarcelados. Alan García, Alberto Fujimori, el “cholo” Toledo (prófugo), el nacionalista Humala y el socialdemócrata PPK, son perseguidos por la justicia… por corruptos e incluso por asesinos (Fujimori). Todos ellos, sin excepción, han sido cachorros del imperio cumpliendo a rajatabla y sin chistar las instrucciones emanadas desde Washington.

Lo mismo sucede en Argentina, donde los edictos estadounidenses y del FMI constituyen verdaderas leyes para el gobierno del empresario Mauricio Macri, quien ha logrado devolverle la pobreza a más del 30% de los argentinos al poner en acción las ideas y consejos del Banco Mundial, de la Casa Blanca y de los predadores empresarios transnacionales.

De Chile, esta ‘perla del subcontinente’ según los saurios de las finanzas mundiales, ¿es necesario escribir lo que ya todos sabemos? Único país del orbe donde las aguas son privadas (las nubes tienen dueños), y la previsión social un robo contra los trabajadores. Todo cuenta con el visto bueno de las cofradías políticas que maman de la misma teta que el mega empresariado; el sindicalismo es asfixiado oficialmente; la solidaridad fue convertida en un elemento inútil, acaso negociable; el consumismo enfermizo provoca el fuerte endeudamiento de más del 60% de la población activa; esta es una nación en la que nada le pertenece a Chile como país ‘soberano’, pues todo, absolutamente todo, se encuentra en manos privadas, satisfaciendo así a los imperios: sus capitales se han apropiado ‘legalmente’ de buena parte de los recursos e infraestructuras del país andino.

Podríamos gastar páginas y páginas hablando de este tema al desmenuzar la dependencia soez de las naciones sudamericanas del imperio del norte. En verdad habría que escribir una obra completa para dejar constancia del profundo nivel de servilismo que nuestros países sudamericanos han tenido y siguen teniendo respecto de los EEUU. Constatando que los dirigentes de esas naciones han sido y son corruptos, traidores, mentirosos, y en algunos casos, ladrones y delincuentes.

En fin, como naciones somos un verdadero ‘chiste’. Es doloroso comprobar que en esta parte del continente nada ha cambiado en lo sustancial desde la década de 1940. Por ello, resulta aún más lamentable y humillante constatar que sobran los motivos para dar crédito a aquello de ‘pueblos de estiércol’.

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La estrecha relación entre Drogadicción y Delicuencia

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La confusa semántica del miedo

Politica.cl


Escribe Edmundo Moure


Alfonso Castelao decía que los ricos duermen mal, en continuo sobresalto por el miedo a ser desposeídos de sus bienes. Los pobres, al parecer, reposan mejor, tal vez ayudados por el cansancio físico y la ausencia de otros desasosiegos que no sean los de la cotidiana subsistencia. Asimismo, los poderosos le tienen más miedo a la muerte que el vulgo; y, aunque la religión les promete también la vida eterna, puesto que la misericordia de Dios es infinita, siguen prefiriendo –por ahora- las bondades del reino de este mundo y se resisten a morir. Un ejemplo, patético y desesperado, es el de Walt Disney, que hizo congelar su cuerpo ante la posibilidad de que la ciencia llegara a descubrir las claves para vencer a la terrífica Parca. Previó, a un altísimo costo, su posible resurrección, en cuerpo y alma, aun cuando nadie sabe si ésta resiste el hielo del frigorífico o si vuela presurosa hacia otras dimensiones.

Las continuas amenazas que ven cernirse sobre ellos quienes disfrutan privilegios de poder, rango, clase o fortuna, en la forma de atentados, reales o imaginarios, sobre sus propiedades y bienes, que constituyen su valor supremo, por encima del derecho a la vida proclamado más como paliativo casuístico que ético, les llevan a construir, además de sus propias fortificaciones, alarmas, seguros y defensas de toda especie, una particular semántica, la del miedo, pródiga de contradicciones y adjetivos hiperbólicos.

El lenguaje nos otorga esa herramienta de exageración, como recurso de cautela ante el peligro. Así, la destrucción de una vidriera comercial en una marcha de protesta será calificada, no de simple delito, sino de acto “vandálico”, “anarquista” o aun “terrorista”. Pero las palabras poseen su propia sabiduría expresiva, su equilibrio de conjugaciones, una suerte de recelo o conciencia reprobadora ante los excesos; de ahí que ciertas afirmaciones o sentencias cargadas de matices alarmantes o terroríficos o pavorosos, caigan en el pleonasmo o en la hipérbole, produciendo, a la postre, el resultado opuesto a su intención originaria.

Una de esas palabras, repetidas y manoseadas en su constante aplicación a diversos hechos, situaciones y actos, es el concepto “terrorista”, para definir a cualquier individuo que ejecute acciones fuera del marco de la ley y del orden público, entendido este como la barrera protectora que aísla y guarda mi mundo íntimo de las agresiones de ese enemigo que siempre es el “otro”, según Borges.

Esta palabra, de suyo inquietante, posee connotaciones políticas y emocionales, por lo que su continuo uso y aplicación está casi siempre en entredicho. Por otra parte, los matices y singularidades en cada contexto de aplicación, exigen un riguroso tratamiento o uso adecuado del concepto, para no caer en inmediato descrédito.

Dostoyevski, en su célebre novela Los Endemoniados –(algunos traducen “Los Demonios”, aunque no es equivalente estar endemoniado que ser directamente vástago de Lucifer)-, el atormentado narrador ruso describe el comportamiento de un puñado de individuos que llevan a cabo actos de terror en contra del poder de la autocracia zarista, en nombre de valores como libertad, justicia e igualdad. No son revolucionarios, en el sentido épico o justiciero, sino desnudos nihilistas, descreídos de la divinidad, de la moral imperante y de todo lo que les rodea; una suerte de suicidas que no creen ni en ellos mismos, ni menos en una posible trascendencia; muy diferentes a esos que llamamos “terroristas islámicos”, que al parecer están muy convencidos de su carácter de “mártires de Alá”, seguros de que su proceder les llevará enseguida a disfrutar las delicias del paraíso musulmán, que a juzgar por los dichos de sus creyentes, es harto más placentero y atractivo que el etéreo edén de los cristianos.

Parientes consanguíneos de los terroristas a que aludimos, serían los propugnadores del anarquismo, o entes malignos de la anarquía. Los desmanes callejeros, las dudosas bombas de ruido, las leyendas en rojo o negro pintadas sobre las paredes de centros de estudio o de otras instituciones respetables, son señales de las peligrosas actividades de los anarquistas. Muy pocos saben, en realidad, qué es el anarquismo como ideología; tampoco interesa, la cuestión es aplicar el término y señalar a un nuevo tipo de enemigo de la paz social y, por supuesto, de la propiedad privada.

España, un viejo país de larga historia y de escasa vida democrática (en estimación cronológica) es quizá único en la extensión del anarquismo. En los albores de la guerra incivil (1936-1939), la fuerza política y social organizada más numerosa de la Península era la Federación Anarquista Ibérica (FAI), con sus dirigentes y líderes legendarios, como Durruti y Ascaso, con su Columna de Hierro, que luchara en el Frente de Aragón. Estos “cabecillas” o “bandidos” o “forajidos”, como los describía y motejaba la prensa de derecha (ABC allá, El Mercurio aquí), incursionaron en América del Sur, a comienzos de los años 30.

Se registran al menos dos asaltos perpetrados por ellos a bancos en Santiago de Chile. Luego pasaron a México, en parecidos andares. Reunían fondos para la causa y aspiraban a los implícitos cien años de perdón que el refrán promete… Como contracara de su leyenda negra, sabemos que muchos anarquistas eran artesanos y tipógrafos, apostaban a la instrucción permanente de la clase obrera, a la iluminación por el conocimiento, lo que se traduciría en la conquista de un mundo mejor. Eran renuentes a todo mando superior y enemigos del principio de autoridad institucional pequeñoburgués.

Otro concepto que acompaña a los referidos, es el de “vándalo”, gentilicio de un pueblo germano procedente de Escandinavia, famosos por la ferocidad con que diezmaron a las legiones romanas, a comienzos del siglo V. Todo acto destructivo, especialmente en la vía pública, será calificado como “vandalismo”, aunque para los sectores derechistas la preferencia se incline por hablar, sin ambages, de “actos terroristas”: su propio miedo agigantado en el espejo cóncavo. Es el prisma que se aplica, hasta la saciedad, a las quemas de camiones de empresas forestales, a los incendios de casas, iglesias, escuelas y predios en la Araucanía, muchos de ellos de incierta procedencia. Es una forma de desvirtuar, por anticipado, la llamada “causa mapuche”, circunscribiéndola al ámbito de la propiedad privada y a los atentados y amenazas contra ella.

En Chile, los principales cruzados contra el “terrorismo” son los hermanos Kast. Ambos han sido testigos de feroces ataques a las fuerzas especiales policiaco-militares desplegadas en territorios Mapuche (Walmapu), por parte de bien armados indígenas, con armas de última generación, presumiblemente de procedencia rusa, nunca vistas por algún otro testigo… Ningún medio de prensa ni voceros responsable ha corroborado estas terroríficas revelaciones, pero constituyen una especie de verdad testimonial para muchos compatriotas, que las replican a través de vías vertiginosas, Internet mediante, para seguir alimentando la fatídica dupla del miedo-odio: lo que se teme, al extremo de provocar terror, debe ser destruido.

Los individuos pertenecientes a estos sectores, nada quieren saber del terrorismo de Estado que asoló a Chile durante diecisiete largos años, llevando a la muerte, a la tortura, a la represalia y al exilio a miles de compatriotas; ni siquiera se dan por enterados –o hacen lo del avestruz- del asesinato de un ex ministro (Orlando Letelier), de un presidente de la república (Eduardo Frei Montalva), de un comandante en jefe del ejército (Carlos Prats) y de su esposa.

La causa de esta voluntaria ceguera es bastante simple: esos hechos jamás afectaron su derecho de propiedad; por el contrario, en muchos sentidos lo fortalecieron, reasegurando prebendas y privilegios, como ha sido el caso de la familia Kast y de otros grupos o clanes a los que la dictadura militar-empresarial gratificó, adjudicándoles, a vil precio, empresas y bienes del Estado para su propio disfrute y beneficio de clase.

Entre ellos figuran algunos de los actuales ministros y funcionarios de alto rango en La Moneda. Y el propio Sebastián Piñera, que forjó su enorme fortuna personal al amparo de las irregularidades bancarias que propició la dictadura pinochetista, cuando desató otro tipo de terror bien dirigido, el financiero, echando mano a los recursos del Estado de Chile para evitar la quiebra de los principales bancos y despojando, de paso, a muchos infortunados emprendedores que no figuraban entre su cohorte de incondicionales.

Pero hay que tener cuidado, porque las palabras, mal empleadas, tarde o temprano nos harán pagar sus falaces equívocos, sobre todo las que se pronuncian y escriben con la gramática espuria de la mala leche.

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BOLSONARO PERSONA NON GRATA EN CHILE

El Presidente Sebastián Piñera ha invitado al electo Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, a visitar nuestro país. Bolsonaro ha declarado públicamente su admiración por el dictador Augusto Pinochet, validando expresamente la tortura y los asesinatos. Además, ha emitido declaraciones de marcado carácter racista, homofóbico y misógino. Por otra parte, ha propuesto restar a su país de los acuerdos internacionales que buscan frenar el cambio climático y recortar importantes derechos sociales. Por todo ello, y por las nefastas consecuencias que pueden tener para nuestro país y los países de la región los efectos políticos de la invitación de Piñera, la visita de Bolsonaro violenta la recta conciencia democrática del pueblo de Chile.

¡Manifestemos activamente nuestro repudio a esta innoble visita!

¡Declaremos a Bolsonaro persona non grata! 

 

E-mail: ciudadanosporlamemoriaXXI@gmail.com

Twitter: @CiudadanMemoria

 

CIUDADANOS POR LA MEMORIA

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Santiago, 4 de marzo de 2019.

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Piñera, Trump y Venezuela

Las huellas de las guerras, las masacres y los saqueos llevan -todas- a los intereses financieros. El caso de Venezuela merece figurar en los manuales del Pentágono y de Fort Bragg. Tatán, que hizo su fortuna en dictadura, no se pierde… Una nota de Juan Pablo Cárdenas.

Escribe Juan Pablo Cárdenas S.

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Sebastián Piñera debe ser de los políticos y empresarios que más le debe a Augusto Pinochet y a la dictadura que se prolongó en Chile por diecisiete años. El no llegó a 1973 con una holgada situación: muchos recordamos que su madre atendía un kiosco en el Campus Oriente de la Universidad Católica donde vendía sándwiches, refrescos, dulces y otros a los estudiantes, profesores y funcionarios del recinto. Lo hacía, sin duda, para financiar los gastos de sus hijos, puesto que los ingresos de su marido, un excéntrico diplomático, simplemente no alcanzaban para “mantener la casa”, como ella misma lo comentaba.

Fue bajo el Régimen Militar que en pocos años Sebastián se hizo multimillonario mediante negocios u oportunidades que siempre lindaron con el fraude y la apropiación indebida. Un buen tiempo estuvo, incluso, prófugo de la justicia. Y por largos años sus movidas abochornaron a muchos empresarios, como a buena parte de la clase política, especialmente cuando decidió ser candidato a senador, sobornando para lograr su nominación a muchos dirigentes del que sería su partido: Renovación Nacional. A pesar de que su padre y él mismo eran de los típicos exponentes de la familia demócrata cristiana; del sector, por cierto, más recalcitrante como para convertirse en un entusiasta partidario del Golpe Militar. Justamente son las ideas adolescentes de Piñera, las que hasta hoy le merecen más reparos y sospechas a la derecha que gobierna con él. Aunque ahora con más entusiasmo que durante su primera administración.

Piñera, hay que recordarlo, formó parte de aquellas caravanas de incondicionales que viajaron a Londres para exigir a viva voz la libertad del Dictador, a quien reconocieron hasta el final como su líder y el refundador de nuestra República. Haciendo caso omiso, por supuesto, de la larga interdicción democrática que vivimos los chilenos y las espeluznantes violaciones de los Derechos Humanos que los tribunales de justicia siguen acreditando hasta hoy. Cuando acaba de reconocerse por un juez el magnicidio del ex presidente Frei, a quien Tatán (como entonces se le apodaba) conoció muy bien por la amistad que el estadista mantuvo con sus progenitores.

El dinero, bien o mal habido, suele ser un ingrediente muy importante en el éxito político. Especialmente en nuestro país en que los candidatos a La Moneda, el Parlamento y los municipios suelen gastar (o invertir) más de lo que percibirán como remuneraciones por el desempeño de sus cargos. Cuestión que está en la base de la corrupción que hoy el país ya no puede soslayar, así como en las espurias relaciones del gran empresariado nacional y extranjero con las autoridades de turno. De esta forma, llegar a sentarse en el “sillón de “O’Higgins u ocupar un curul en las cámaras legislativas se deriva en un pago incesante de favores para quienes sustentaron sus campañas electorales. El cobre, como ahora el litio, y todo lo que atesora nuestro suelo, subsuelo, la propia Cordillera de los Andes y nuestro ancho acceso al Océano ya no son parte de nuestra soberanía nacional gracias a las decisiones e Pinochet y de cada uno de sus sucesores o, más bien, continuadores.

En su primer gobierno, Piñera continuó haciendo negocios desde el Palacio Presidencial, pese a aquel “fideicomiso ciego” que dispusiera respecto de sus bienes, al menos de los que no alcanzó a traspasar a sus familiares. Una maniobra más bien tuerta que ciega, como se le ha imputado, y que esta vez los opositores no exijan con tanto ahínco, seguramente porque en esto de la corrupción ya son muy pocos los miembros de la clase política que se atreven a lanzar piedras o escupir al cielo.

Pero en nuestra interminable transición a la democracia, en que todavía sigue vigente la Constitución de Pinochet y una larga serie de leyes e instituciones heredadas del Tirano, lo que más puede sorprendernos es el empeño de Sebastián Piñera en acometer toda suerte de declaraciones y acciones para denunciar al régimen de Nicolás Maduro, sumarse a la voluntad de la Casa Blanca por desestabilizarlo e, incluso, alentar la intervención militar en el país. Para quienes conocimos su fervor pinochetista, sin embargo, esto no nos resulta tan extraño si observamos que el acoso que hoy sufre Maduro es el mismo que afectó a Salvador Allende. Si pensamos que también entonces desde Washington se alentó la insurrección militar de 1973, se compraron a varios políticos de centro y derecha y posteriormente se definieron las primeras directrices del mandato castrense.

También en el caso nuestro, se dijo que la Unidad Popular amenazaba la institucionalidad democrática y el Estado de Derecho, disponiendo, además, las patronales del comercio y la industria el desabastecimiento de los productos más esenciales… especies que curiosamente reaparecieron a las pocas horas de que Pinochet tomó el mando supremo de la nación y estableciera los primeros campos de concentración, exterminio y tortura.

El Presidente Trump quizás comprenda, o le hayan soplado, lo importante que es el apoyo que ha obtenido de Piñera desde el momento mismo que éste le ofrendara, para bochorno universal, la única estrella de nuestra bandera al pabellón norteamericano, donde se representan, como se sabe, los múltiples estados anexados con la guerra de secesión o arrebatados a México y a otras naciones. En esa criminal secuencia de invasiones y conspiraciones emprendidas por la superpotencia en su “patio trasero”, como en todo el mundo. Especialmente allí donde haya petróleo y otras reservas estratégicas.

Al lado del poder militar del Pentágono, sin duda, el respaldo de Piñera es apenas simbólico. Sin embargo, es la experiencia de los golpistas chilenos como de nuestro actual Presidente y otros políticos chilenos lo que los constituye en aliados ideológicos muy necesarios para encarar al régimen chavista y lograr el apoyo de los gobernantes más incautos o repugnantes del Continente, como el mandamás de Colombia y el neo nazi instalado recién en Brasilia. Todos tienen en curioso mérito de haber tomado hipócritamente las banderas de la democracia y la libertad para haber consentido y colaborado con los regímenes castrenses más sanguinarios y autoritarios de América Latina.

Creemos que es la inconmensurable codicia de nuestro jefe de estado la que lo lleva a ponerse a la vanguardia de esta cruzada que hoy observamos contra el régimen venezolano. Dentro de nuestras fronteras ya queda poco por privatizar y desnacionalizar, de allí que la apuesta ahora para Trump y sus secuaces sea la posibilidad de asaltar las reservas petroleras y ese sinfín de riquezas que guarda uno de los países más extensos y bien dotados de América del Sur. No se trata, ciertamente, de la democracia y la paz que proclaman; tampoco de su estirpe humanitaria. De ser así, Estados Unidos acogería a los inmigrantes que se agolpan en sus fronteras, acudiría con ayuda alimenticia y farmacéutica a Haití y a otras múltiples naciones más pobres y desamparadas que Venezuela. Le exigiría a Arabia Saudita juicio y castigo a los criminales que hace poco ultimaron en su embajada turca, junto con exigir elecciones libres en los países asiáticos y africanos que tiene como incondicionales aliados.

Pero Piñera y otros voraces políticos y empresarios lo que quieren realmente es ponerse al acecho. Esperar que Estados Unidos les haga el trabajo sucio que antes les hizo en Chile y otras naciones del Cono Sur a las empresas transnacionales. Porque también estos personajes pueden colaborarle mucho, enseguida, en la apropiación de las industrias y los recursos naturales, aunque cobrándole esa tajada que, como en el caso de Piñera lo hizo multimillonario. Como que también pudieran serles útiles a Trump para corromper a los militares y policías (como hoy lo están en Chile), a fin de ponerlos al servicio de los poderosos y convertirlos en verdugos de los más pobres y discriminados. Tal como actualmente se evidencia en la represión que hoy ejercen nuestros agentes del Estado en la Araucanía, las poblaciones marginales, cuanto en contra de los jóvenes y trabajadores inconformes con nuestro estado de desigualdad.

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¿Qué pitos tocará Piñera?

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PuntoFinal

El presidente Sebastián Piñera no cesa de avergonzarnos a los chilenos. Ayer no más fue su gesto rastrero en la Casa Blanca al obsequiar a Trump la bandera de Chile camuflada en la de EE.UU. El vejamen a nuestro emblema patrio no suscitó la condena que merecía. La maquinaria mediática sustrajo del debate público el bochornoso suceso protagonizado por el presidente en Washington.

No conforme con ese episodio, Piñera insiste en demostrar que es un disciplinado –y entusiasta- sirviente de las políticas de EE.UU. en América Latina y el Caribe. Esta semana, por ejemplo, participará en el festival de Cúcuta con otros artistas como Juanes, Nacho, Juan Luis Guerra, Miguel Bosé y Ricardo Montaner que también actúan en la campaña mundial contra Venezuela.

¿Qué pitos tocará Piñera en ese evento político-musical en la frontera colombo-venezolana?

El pretexto del viaje es llevar “ayuda humanitaria” para Venezuela y acompañar en el festival de Cúcuta al artista local, Iván Duque. Ese genuflexo lacayo de EE.UU., no oculta su propósito de convertir la frontera de su país en un corredor para invadir Venezuela. Piñera se convertiría –si la agresión llega a consumarse- en cómplice de un crimen de lesa humanidad. Esto no parece importarle en absoluto. El tufo de los negocios apaga el hedor de los crímenes. El gobierno norteamericano ha logrado convencer a la oligarquía que gobierna el mundo que el rico botín de petróleo, gas, oro, hierro, etc., de Venezuela se repartirá amistosamente entre los rufianes que participen en el holocausto.

El festival de Cúcuta es una apuesta a grandes negocios futuros si la revolución bolivariana resultara derrotada.

Piñera avergüenza al pueblo chileno cuando pone al gobierno del país a disposición de la agresión contra Venezuela. Piñera lastima nuestro orgullo y dignidad nacional con sus ridículas cabriolas para destacar entre los “yes man” del continente.

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“Vienen a destruir y a matar”

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El “chilenismo” contra Macron que acaparó la atención del mundo

” Cuando la Historia pasa ante nuestros ojos no nos damos ni cuenta. La posteridad, los historiadores, evocarán el movimiento de los chalecos amarillos como hacen con Mayo del 68 o la Comuna de París. Las bases del poder tambalean. Lo cuenta Luis Casado, desde París”.

Luis Casado – Politika.cl

Es lo que anuncia el palacio del Eliseo a propósito de los chalecos amarillos que convocan otra manifestación en París para este sábado: “Vienen a destruir y a matar”. La campaña del terror sustituye la lucidez y el razonamiento, es decir la política en su sentido noble. ¿Cómo sorprenderse del violento rechazo que provoca este gobierno?

Demasiados periodistas obedientes pierden el control de sí mismos, se ponen histéricos y aúllan con los lobos en radios y canales de TV. Los medios en Francia están en las manos de una decena de hombres de negocios. Hoy por la mañana un periodista anunció “violaciones y pogromos” (sic). Hay quien prevé una “guerra civil”. No es Apocalypse now sino, derechamente, Armagedón.

Los mismos sumisos periodistas –hay que cuidar el puesto– insinúan las peores infamias, y omiten decir que los GAFA –Google, Amazon, Facebook y Apple– no pagan impuestos en Europa. Un tímido intento de cobrarles alguna modesta contribución se estrelló contra la decisión de Frau Merkel, asustada de las represalias anunciadas por Donald Trump: “Le cobraré derechos de importación a los automóviles alemanes”.

Tampoco señalan que el carburante de los yates y super-yates privados no paga ningún impuesto, como no pagan las líneas aéreas sobre el combustible que utilizan sus aviones. Barcos y aviones contaminan lo suyo. Cargarle el costo de la “transición ecológica” al pobrerío no es plan. Pero Francia fabrica paquebots de lujo, transatlánticos, porta-contenedores, yates y aviones…

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Gérald Darmanin, ministro de Economía, el mismo que trató a los chalecos amarillos de “hordas pardas”, declara muy orondo: “En un restaurant parisino la cuenta –sin incluir el vino– gira en torno a € 200 por persona” (unos 150 mil pesos chilenos). La mayor parte de los jubilados recibe de € 500 a € 1.000 por mes. El salario mínimo mensual es de € 1.188. ¿Quién puede comer en un restaurant parisino?

Ya precisé que las multinacionales pagan en torno a un 8% de impuestos, cuando pagan. Que toda pequeña empresa paga un 30%, y que el IVA está en el 20%.

Para atraer a los Bancos que huirán de Londres en razón del Brexit, Macron les ofreció venir a París… y beneficiar de una sustancial reducción de impuestos. La misma oferta se extiende a los altos salarios de los banqueros, que se cifran en cientos de miles y hasta millones de euros.

El sentimiento de injusticia fiscal y económica se transformó en indignación. “En odio” dicen los periodistas a-tanto-la-hora. Hoy por la mañana, François Ruffin, diputado Insumiso, tuvo que responder a la muy inteligente pregunta: “¿Ud. odia a Emmanuel Macron?”

El Eliseo olió el peligro. Ayer Macron cambió la suspensión del aumento de los carburantes y de los impuestos por su anulación pura y simple. Pero rehúsa restablecer el Impuesto a la Fortuna. Por algo le llaman “el presidente de los ricos”. Su mentor, el ex presidente François Hollande, precisó: “No. Es el presidente de los súper-ricos”. Hollande fue quien le sacó del Banco Rotschild para convertirlo en lo que es ahora.

A la amenaza que representan los chalecos amarillos, gilets jaunes en francés, se une lo que ahora llaman gilets jeunes, el peligro joven: los estudiantes se movilizan y hay cientos de Liceos en huelga, amén de algunas Facultades universitarias. Una de las razones que moviliza a los universitarios es el brutal aumento del costo de la matrícula (la universidad es gratuita, pero se paga un derecho de inscripción) para los estudiantes… extranjeros. ¿Quién dijo internacionalismo?

El ministro del Interior, un tránsfuga socialista encargado de la represión, puede decir lo que quiera: la inmensa mayoría de los chalecos amarillos son ciudadanos pacíficos y respetuosos de la ley. Respetuosos de la República como dicen ellos mismos. Pero, agregan, “este gobierno rompió el Contrato Social”. Jean-Jacques Rousseau… ¿te suena?

Entre las nociones que todo el mundo conoce y comparte, está el principio que dice que los ciudadanos respetan la Ley porque participan en su elaboración. Y aceptan pagar impuestos porque los aprueban ellos mismos. Esa es la ruptura del Contrato Social. La ciudadanía estima que la Vª República ya no les representa. Se transformó en una herramienta al servicio del riquerío. Todos miran hacia arriba. Nadie mira hacia abajo. Hacia esos millones y millones de asalariados, hombres y mujeres, que hacen posible la Francia de hoy.

Macron, perdón, Júpiter, no conoce a los franceses pero los desprecia. Como los desprecia esa elite que se lleva la parte del león, mientras la inmensa mayoría de la población se contenta con las migajas. Los chalecos amarillos, más determinados que nunca, dicen que ese mundo se tiene que acabar. Las mujeres, a menudo mayores, constituyen uno de los batallones más decididos de los chalecos amarillos. A dos siglos de distancia, son las dignas herederas de Olympe de Gouges.

La elección de Macron produjo la masiva conversión de cuanto transeúnte político había en el partido socialista y entre los supuestos gaullistas. Ahora, el hundimiento de esta improbable embarcación producirá –apuesto mi aguinaldo de fin de año– la huida precipitada de las ratas. No sin antes haber jugado la carta de la represión y el caos.

Porque, según estos aprendices de brujo, los miserables vienen a París “a destruir y a matar”.

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ESTOS SON LOS ASESINOS DE CAMILO CATRILLANCA PERO FALTA EL NOMBRE DEL PILOTO DE EL HELICÓPTERO QUE DECLARO HABERLOS RECONOCIDOS

 

CRUCE DE EVIDENCIAS REVELA CÓMO EL GOPE BORRÓ LA GRABACIÓN

19.11.2018

Por Nicolás Sepúlveda. CIPERCHILE.CL

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CRUCE DE EVIDENCIAS REVELA CÓMO EL GOPE BORRÓ LA GRABACIÓN

La evidencia policial que confirmó el testimonio clave del menor que acompañaba al comunero Catrillanca

Luego me tiran al suelo y me subieron a la tanqueta. Ahí adentro un carabinero se sacó la cinta de grabación. La guardó. Puso otra cinta en la cámara y comenzó a grabar. Cuando estaba esposado va un carabinero por detrás y me pega con la UZI”. Este es uno de los momentos clave que describe el menor M.P.C. (15 años) en su primera declaración. El cruce de ese relato con el parte policial del grupo del GOPE que actuó en la muerte de Catrillanca y con la grabación de otros efectivos que llegaron al lugar, permitió constatar que se destruyeron pruebas. El menor acompañaba al joven comunero cuando recibió el tiro mortal. Fue golpeado y trasladado a la Comisaría de Collipulli sin saber por qué estaba detenido. Vea acá su relato y la identidad de los policías que fueron dados de baja (Actualizada).

Cuando dimos vuelta el tractor avanzamos hacia adelante y Carabineros dispara. Estábamos de espalda. Había uno de ellos con cámara. Él fue que disparó”. Este es parte del relato que hizo el menor M.P.C., de 15 años, que acompañaba al joven comunero mapuche Camilo Catrillanca cuando este fue abatido por Carabineros el pasado miércoles 14 de noviembre. CIPER obtuvo la primera declaración del menor, la que fue clave para demostrar que cuatro funcionarios policiales destruyeron evidencia, lo que motivó que el domingo 18 fueran dados de baja. Junto a ellos, también pasaron a retiro dos altos oficiales de La Araucanía por su responsabilidad de mando.

CIPER confirmó la identidad de los cuatro integrantes del GOPE de Carabineros que fueron apartados de las filas por haber destruido las grabaciones de la cámara que uno de ellos portaba: el suboficial Patricio Sepúlveda (a cargo del grupo); el sargento 2° Raúl Ávila(quien llevaba la cámara Go Pro cuyas imágenes fueron borradas); el sargento 1° Carlos Alarcón y el cabo Braulio Valenzuela.

Los cuatro policías formaban parte de la patrulla que llegó primero al interior de la comunidad de Temucuicui, donde se encontraban Catrillanca y el menor M.P.C., a bordo de un tractor. Un quinto integrante de la patrulla es el cabo Gonzalo Pérez, chofer del vehículo J-040 en el que se trasladaba el grupo. Este último no se habría bajado del vehículo policial, por lo que no fue objeto de sanciones.

Funeral de Camilo Catrillanca (Foto: Luis Hidalgo).

EL TESTIMONIO CLAVE

Este es el relato íntegro que hizo el menor M.P.C. en la noche del miércoles 14 de noviembre, el mismo día en que resultó muerto Camilo Catrillanca:
“Nosotros estábamos en la casa de Marcelo, con Camilo (Catrillanca), y luego salimos hacia la casa de Camilo en La Romana y nos pillamos que estaba cortado el camino y tratamos de pasar por un atajo, cuando nos encontramos con Fuerzas Especiales a pie. Ellos aparecieron de repente, apuntando. Aparecen 20 fuerzas especiales de infantería y comenzaron a disparar a quemarropa.

Cuando dimos vuelta el tractor avanzamos hacia delante y Carabineros dispara. Estábamos de espalda. Había uno de ellos con cámara. Él fue que disparó.
Ellos estaban disparando a nuestras espaldas, primero balines de goma, pero, de repente, mandó como 4 o 5 disparos al aire y hacia nosotros, ya que las balas rebotaban en el tractor.
Camilo iba manejando y me grita ‘agáchate’. Me agacho y veo hacia la izquierda y veo que estaba botando una cosa amarilla por la nariz. Paré el tractor, me bajé con los brazos en alto y grito: ‘Le dieron’, ‘le dieron’.
Luego me tiran al suelo y me subieron a la tanqueta. Ahí adentro un carabinero se sacó la cinta de grabación. La guardó. Puso otra cinta en la cámara y comenzó a grabar. Cuando estaba esposado va un carabinero por detrás y me pega con la (subametralladora) UZI. Viene otro por detrás, que le decían coronel, y me pegó nuevamente.

Me ponen la esposa de plástico y me pegaban patadas y me decían ‘parate culiao’. Me levantan y veo al Camilo y lo entran.
Me pegan un ‘paipe’ (manotazo en la cabeza), me golpean con la puerta de la tanqueta y me suben. Llevan a Camilo a Ercilla.

Cuando me detienen, a Camilo lo bajan del tractor y se gritaban: ‘La mansa cagaita’, pa que chucha se pusieron a webear’. Lo llevan al Cesfam de Ercilla”.
Una vez detenido, M.P.C. fue trasladado a constatar lesiones y luego a la Comisaría de Collipulli. Según su relato, llegó a esa unidad aún sin saber por qué estaba detenido. De hecho, la lectura de sus derechos se la hicieron recién a las 1:00 del jueves 15 de noviembre, al interior de la 2a Comisaría de Collipulli. Ese procedimiento estuvo a cargo del suboficial Eduardo Guirrimán.

En la misma comisaría permanecían otros cinco menores que habían sido detenidos en el Centro de Salud Familiar (Cesfam) de Ercilla, cuando intentaban averiguar qué había pasado con Camilo Catrillanca, quien había llegado herido hasta ese centro asistencial. Más tarde, todos fueron puestos en libertad.
DUDAS EN LA FISCALÍA

Este testimonio inicial de M.P.C. fue tomado por una abogada del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) cuando el adolescente aún estaba detenido en la Comisaría de Collipulli. Ese informe no ha sido entregado oficialmente a la Fiscalía (vea nota de la redacción al final de este artículo).

A la misma hora en que la abogada del INDH le tomaba declaración al menor M. P. C. en la 2a comisaría de Collipulli llegaban los carabineros involucrados a prestar declaración ante el Ministerio Público. Pasadas las once de la noche del miércoles 14 de noviembre los integrantes del GOPE se apersonaron ante los fiscales. Entregaron sus testimonios hasta las ocho de la mañana del día siguiente.

Lo primero que llamó la atención de los persecutores fue que los efectivos del GOPE se tardaron demasiado en llegar a prestar declaración. Lo segundo fue que llegaron acompañados por abogados. El jueves 15 se inició una investigación por oficio. La investigación por el asesinato de Catrillanca fue encomendada a Roberto Garrido, jefe de la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía.

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CIPER contrastó el parte policial elaborado por los integrantes del GOPE el mismo día miércoles 14 con el testimonio que el menor M.P.C. entregó a una abogada del INDH. Y lo primero que salta a la vista es que la declaración del menor era contradictoria con la información entregada inicialmente por Carabineros. El relato de los funcionarios policiales aseguraba que los cuatro integrantes del GOPE que participaron en el operativo no portaban cámaras. Pero M.P.C. afirma lo contrario.

Además, el Ministerio Público revisó otras grabaciones aportadas por efectivos de Fuerzas Especiales que llegaron con posterioridad al sitio del suceso. Allí se aprecia claramente que uno de los cuatro policías que integraban la patrulla desde donde se disparó al tractor que conducía Catrillanca, sí portaba una cámara Go Pro. Esto ratificó que todos los integrantes del GOPE mintieron en sus declaraciones iniciales.

Con este antecedente clave –que corroboró el primer testimonio del menor M.P.C.– la versión inicial de Carabineros se desmoronó. Y con ello se descartó la información original, transmitida por el intendente de La Araucanía, Luis Mayol, en la que se dijo que Catrillanca había participado en el asalto y robo de tres automóviles a profesoras de una escuela de Ercilla, delito que originó el operativo policial que culminó con la muerte del joven comunero.

Otro antecedente que ratificó que el menor M.P.C. decía la verdad es un documento policial al que tuvo acceso CIPER. Es la declaración voluntaria que prestó el equipo  del GOPE que participó directamente en la muerte de Camilo Catrillanca y en la detención del menor M.P.C. Allí se lee:

Este personal es atacado con armas de fuego provenientes del costado izquierdo, pero sí sentí los impactos que rebotaban y se sentían pasar cerca de nuestros cuerpos. Ante tal situación se hace uso de las armas de fuego de cargo fiscal, efectuando disparos disuasivos y controlados a lugares seguros con la intención de emplear el sonido acústico para que los antisociales cesen el fuego, en estos instantes al seguir avanzando por el citado camino se observa que un tractor con las características señaladas por el personal de la Aeropolicial, al ver nuestra presencia, efectúa una maniobra de viraje para retornar por la misma ruta, perdiendo el vehículo de vista, y avanzando un par de metros nos percatamos que se encontraba al lado izquierdo del camino, pudiendo observar a uno de los individuos que procedió a darse a la fuga. Alcanzado a las 17:03 y siendo reducido por el sargento 2° Raúl Ávila Morales, el cual se identifica como M.P.C., edad 15 años, chileno, soltero, estudios medios, domicilio: comunidad de Temucuicui, comuna de Ercilla”.

 

Esta declaración del grupo policial corroboró el primer testimonio que entregó el menor M.P.C. a la abogada del Instituto Nacional de Derechos Humanos: efectivamente él fue detenido por el mismo carabinero que portaba la cámara que captó todo lo ocurrido al momento de la muerte de Catrillanca. El mismo suboficial que luego sacó la tarjeta de la memoria, cambiándola por otra, con lo cual borró la evidencia de los hechos. Ese policía es el sargento 2° Raúl Ávila Morales, a quien M.P.C. identifica como el autor de los disparos que provocaron la muerte de Camilo Catrillanca.

 

El domingo 18 a las 09:00 el vicepresidente de la República, Andrés Chadwick, flanqueado por el ministro del Interior (s) Rodrigo Ubilla y el general director de Carabineros, Hermes Soto, anunció la baja de los policías involucrados. Además, informó que el gobierno aceptó las renuncias del jefe de Orden y Seguridad de La Araucanía, general Mauro Victtoriano, y del prefecto de la Fuerzas Especiales en la misma región, coronel Iván Contreras. A diferencia de los cuatro funcionarios del GOPE que fueron dados de baja, estos dos altos oficiales accederán a todos los beneficios del retiro una vez que salgan de la institución.

En la mañana del lunes 19 de noviembre, el fiscal Roberto Garrido le tomó declaraciones al menor M.P.C.

Esta sucesión de declaraciones y evidencias ha dejado en claro la veracidad del testimonio del menor M.P.C. Por ello, tanto la Fiscalía, como su familia y la comunidad a la que pertenece, han tomado todas las medidas para garantizar su seguridad.

NOTA DE LA REDACCIÓN: Esta crónica fue actualizada dos horas después de ser publicada luego de recoger información adicional.

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Asesinato de monseñor Romero: un agujero de cinco milímetros

EXTRACTO DEL IMPACTANTE LIBRO DEL PERIODISTA SALVADOREÑO CARLOS DADA

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A días de la ceremonia de canonización de monseñor Óscar Romero, CIPER reproduce una parte del libro sobre su asesinato en 1980, que prepara el periodista Carlos Dada. Publicado originalmente por El Faro, de El Salvador, el relato reconstruye en detalle los momentos y personajes clave alrededor de la muerte del arzobispo, conocido como “San Romero de América”. El texto indica que la mayoría de sus consejeros de confianza le recomendaron que no dijera, en su homilía del 23 de marzo de 1980, su histórica frase: “¡Cese la represión!”. Le dijeron que los altos mandos militares lo interpretarían como un llamado a la sublevación y que su vida correría aún más peligro. ¿Qué hizo Romero luego de su homilía más célebre? ¿Qué hizo el día siguiente, el de su asesinato, antes de oficiar su última misa? Dada responde estas preguntas en el siguiente artículo.

La última casa que habitó Óscar Arnulfo Romero es hoy un centro de visitantes; un museo en el que se exhiben sus documentos personales, sus libros, su grabadora, su ropa aún manchada por la sangre del martirio y las fotografías en blanco y negro capturadas el 24 de marzo de 1980, al momento de su asesinato, por Eulalio Pérez García. Son estas imágenes las que determinaron la memoria colectiva de aquella tarde, en la que inició nuestra larga guerra civil que duraría doce años y nos dejaría casi cien mil muertos.

Una de esas fotos, tomada pocos segundos después de que Romero recibiera un balazo en el pecho, muestra su rostro cubierto por la sangre que sale profusamente por su nariz y su boca. Su apariencia es la serenidad de un sueño profundo que contrasta con la angustia de dos religiosas y un hombre mayor que intentan auxiliarlo.

Contrario a lo que parece, el arzobispo no descansa aún. Libra una batalla silenciosa, semiconsciente, por sobrevivir a la destrucción meteórica de sus órganos vitales. Se está asfixiando. Tardará aún varios minutos en morir. Por ahora resiste a la invasión generalizada, al desborde fatal de los torrentes de sangre que la diminuta bala calibre .22 sacó de sus cauces naturales. Sus defensas han sido aniquiladas pero ese cuerpo, esa vida, se niega a capitular. Sus órganos hacen los últimos intentos desesperados para evitar la catástrofe. No podrán.

Pocos minutos después, algunos de los presentes, recuperados del aturdimiento, llevarán alarmados al arzobispo a un vehículo de carga, el único disponible, para trasladarlo a un hospital. Hay varias fotografías de ese momento. Una de ellas retrata el círculo mortuorio. Dos mujeres sostienen la parte media de la espalda, el hombro izquierdo, el cuello y la cabeza de Romero. Lloran. En sus rostros hay urgencia, una angustia incontenible. Gritos sofocados por la adrenalina, el corazón bombeando a gran velocidad. Frente a ellas, sosteniendo la parte derecha del cuerpo aún vivo, una muchacha casi superada por el momento. Las fosas nasales expandidas revelan agitación. Mira hacia otro lado, como si recibiera indicaciones para colocar al obispo en el vehículo. En medio, la cabeza de monseñor tirada hacia atrás. Los ojos cerrados. La sangre. Las manos flácidas. El cuerpo pesado desparramándose bajo la túnica y el alba. Lo único que impide su caída son los brazos de estas mujeres que lo sostienen maternalmente. Monseñor se les muere entre los brazos. Es la versión salvadoreña de La Piedad.

 

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Secuencia fotográfica del asesinato de monseñor Romero, el 24 de marzo de 1980, en la capilla del hospital La Divina Providencia, en San Salvador. El archivo pertenece al fotógrafo Eulalio Pérez (Fuente: elfaro.net).

 

Las fotos exhibidas aquí, en esta sala, causan un efecto extraño. Son retratos de un tiempo que hoy parece tan lejano -antes del cataclismo de su muerte-. Parecen también de otro lugar. Es una antorcha la que se extingue en estas fotos. El hombre antorcha que Romero fue para El Salvador durante su arzobispado. En medio de tanta austeridad, estas imágenes son el único referente contextual de los pocos días en los que este lugar funcionó como vivienda: entre 1977 y 1980. Tres intensos años en los que El Salvador, la iglesia y el mundo parecían especialmente agitados. Tres años de noches en las que las calles de San Salvador eran coto de caza de paramilitares conocidos como Escuadrones de la Muerte: matones, torturadores, asesinos provenientes de los cuerpos de seguridad nacional y al servicio de los intereses del binomio oligarquía-Ejército; tres años con sus días en los que se encontraban cadáveres por las calles; tres años con días y noches en los que en casas clandestinas y organizaciones campesinas y universidades y sindicatos se gestaba una revolución. Tres años de un arzobispo desafiado por el poder político, militar y económico; por el terror del Estado. Tres años de un arzobispo malinterpretado, maltratado y abandonado por la mayor parte de la conferencia episcopal de su propia Iglesia; por el Papa Juan Pablo II y por las conspiraciones de arzobispos latinoamericanos y cardenales en Roma. Los últimos tres años que vivió el arzobispo en esta casa y en este mundo.

La pequeña vivienda fue construida por las monjas carmelitas poco después de que Romero, recién nombrado arzobispo, se negó a vivir en el palacio arzobispal. Mientras la construían, él durmió en una diminuta habitación detrás del altar de la capilla, que se encuentra al otro lado de la calle Toluca, que atraviesa el complejo. El sitio incluye también un hospital de caridad en el que las hermanas atienden a enfermos terminales de cáncer; y una residencia para las monjas, que lo administran. La casa dispone de un garaje para un automóvil, un recibidor donde tenía su biblioteca, un cuarto con baño y la sala en la que se exponen las imágenes de su asesinato.

En la pared contigua a la exposición fotográfica hay una vitrina, detrás de la cual cuelga una camisa gris, con una gran mancha de sangre seca y un puntito oscuro, milimétrico, en el bolsillo izquierdo: la huella que dejó la diminuta bala justo antes de penetrar la carne y desintegrarse en su cuerpo. Y aniquilarlo. Junto a la camisa se exhibe también el alba blanca que monseñor Romero vistió aquel día por encima de la camisa, en la que son más visibles, por el contraste, la gran mancha de sangre que cubrió su espalda y el agujerito sitiado por sangre seca, a la altura de pecho.

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La vestimenta que monseñor Romero usaba en su última misa se encuentra en la que fue su última habitación. Hoy es un museo en el hospitalito de la Divina Providencia. Cuelga la camisa gris con manchas de sangre y el orificio del disparo en la parte izquierda. Foto de El Faro: Carlos Barrera (Fuente: elfaro.net).

En una esquina hay una mesa sobre la cual se exhiben varios documentos personales de Romero: su licencia de conducir, su cédula de identidad. Los cubre un vidrio. Esta no es más una casa. Es un museo. Los objetos no están como los dejó su único habitante, sino reordenados por curadores para los peregrinos. Son objetos originales, como la austeridad que caracteriza todo el espacio. Esos objetos, otrora comunes por cotidianos, son ahora las reliquias de un mártir. Los sobrevivientes tangibles (aunque no puedan ser tocados por los visitantes) de una vida, y de una muerte, hoy consideradas canónicas por la iglesia Católica.

Entre estos objetos hay un sartal con cuentas. Las hermanas Carmelitas, que administran la casa-museo, llaman a este objeto una “disciplina” y aseguran que Romero lo utilizaba todos los viernes para autoflagelarse. Los viernes también ayunaba. Lo hacía, dicen las hermanas, para no olvidarse del sufrimiento de los demás. ¿Se castigaba monseñor? ¿Por solidaridad -por caridad- o por culpa?

En la única habitación de la casa, detrás de una cuerda que hoy cierra el paso a los visitantes, está la cama y su escritorio, sobre el cual permanece la grabadora Bigston en la que registró su diario. Solía sentarse aquí la mayor parte de las noches para narrar lo que había hecho durante el día y la gente con la que se había encontrado; junto con sus reflexiones personales. La última grabación es del 20 de marzo, cuatro días antes de su muerte. Ese día asistió a reuniones administrativas y recibió una visita de representantes de la organización popular izquierdista Ligas Populares 28 de Febrero, a los que no pudo atender. No hay nada más. No tenemos, pues, su propio registro de los últimos tres días de su vida. Pero es posible reconstruir pasajes importantes.

El 22 de marzo a las cuatro de la tarde, como se había vuelto ya costumbre cada sábado, lo visitaron en esta sala varias personas de su círculo de confianza para discutir la homilía dominical. Amenazado de muerte con frecuencia, Romero abrazaba la posibilidad de que cada homilía fuera la última. Y así preparaba cada una de ellas.

En los últimos seis meses El Salvador había vivido un golpe de Estado; dos renuncias masivas de civiles en el gobierno y cinco mil asesinatos atribuidos a los cuerpos de seguridad, a paramilitares y a organizaciones guerrilleras. El ala más dura del Ejército se había hecho con el control absoluto del aparato de seguridad; y estructuras paramilitares conocidas como los Escuadrones de la Muerte, operando al amparo de oficiales de alto rango, multiplicaban sus operaciones nocturnas de asesinatos y desapariciones. Romero, que había convertido las homilías dominicales en el único noticiero confiable y en el reporte más completo de violaciones a los derechos humanos, era cronista minucioso del meteórico proceso que llevaba al país a la guerra. Esto le había valido críticas públicas y un boicot de la ultraderecha, que incluía también a una parte de su propia iglesia. Pocas veces El Salvador estuvo tan convulsionado. Y El Salvador siempre estuvo convulsionado.

Romero no solo era incómodo para el poder tradicional salvadoreño; sino también para la administración estadounidense de Jimmy Carter, que hacía malabares para mantener su apoyo a un gobierno salvadoreño dominado por un aparato militar represivo, mientras oficialmente basaba su política exterior en la defensa de los derechos humanos.

Romero también se había vuelto una piedra en el zapato del Papa Juan Pablo II que, dados sus orígenes polacos, y su ignorancia sobre América Latina, creyó a aquellos obispos conservadores que acusaron a Romero de tener inclinaciones izquierdistas y de abrirle la puerta al comunismo al que el Papa polaco había dedicado su vida a combatir. En estas condiciones iniciaba Romero la última semana de marzo de 1980.

Entre los asistentes a la reunión de aquel sábado 22 de marzo se encontraban dos seglares: su secretaria, Doris Osegueda; y el abogado a cargo de la Oficina de Socorro Jurídico, Roberto Cuéllar. Los demás eran todos sacerdotes: el rector de la jesuita Universidad Centroamericana, Ignacio Ellacuría; el jefe provincial de la Compañía de Jesús en Centroamérica, Francisco Estrada; Ricardo Urioste, secretario particular del arzobispo; el vicario de Chalatenango, Fabián Amaya; Rafael Urrutia, secretario adjunto de Romero; y Mariano Brito, canciller del arzobispado.

Como Romero, la mayoría de los asistentes habían sido condenados a muerte por grupos paramilitares clandestinos. Las amenazas y notificaciones seguían llegando a través de llamadas telefónicas, volantes signados con suásticas, comunicados en los periódicos o advertencias por radio y televisión.

El arzobispo tomó la palabra. Les explicó que durante la semana había recibido una carta firmada por varios militares en la que le pedían interceder por ellos. No querían, escribieron, obedecer órdenes de matar. Pero tampoco querían ser identificados. Romero decidió que durante la homilía en Catedral haría un llamado a todos los soldados a desobedecer órdenes de matar.

Siguió una intensa discusión.

Amaya y Brito, menos inclinados a las confrontaciones, sugirieron “prudencia y calma”. En la delicada situación que vivía el país, el llamado a los soldados sería interpretado como una provocación que enfurecería a los coroneles que expedían esas órdenes de matar; y aumentarían el peligro en que ya se encontraba el arzobispo, sus colaboradores y la iglesia salvadoreña en general. Urioste, preocupado por la vida de monseñor Romero, también sugirió prudencia. Los jesuitas Ellacuría y Estrada, en cambio, con un largo historial de irreverencia y de confrontación con el poder militar, opinaron que el arzobispo debía incluso endurecer más su mensaje. Le pidieron que incluyera, entre sus denuncias, el allanamiento militar al campus de la jesuita Universidad Centroamericana la tarde de ese mismo sábado, durante el cual un estudiante fue muerto y varios más continuaban desaparecidos.

Sobre estas dos posiciones discurrió un largo debate hasta que el abogado Cuéllar intervino para anotar que llamar a los soldados a desobedecer las órdenes de sus superiores podía constituir un delito. Era una invitación a la insubordinación militar. Allí terminó la discusión, sin conclusiones, a las ocho de la noche.

Romero le pidió al abogado Cuéllar que lo acompañara a cenar. Atravesaron la calle y caminaron apenas unos cuantos metros hasta la cafetería del Hospitalito.

Entonces dijo algo que, treinta y cinco años después, Cuéllar recordaba así: “Beto, prepárese para una batalla legal. Es un llamamiento moral y ético contra una ley injusta e inmoral. Se están matando entre propios hermanos, entre pobres”. El arzobispo estaba decidido.

Urrutia, quien años después sería el copostulador de la causa de canonización de Romero, cuenta que todos los sábados, después de cenar, el arzobispo se retiraba a su cuarto y allí se hincaba a orar y meditar. “Se ponía de rodillas frente al crucifijo que tenía frente a su cama, desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana. Los sábados no dormía. Se quedaba en oración permanente”. Aquel sábado también se quedó en vela, orando.

El domingo 23 de marzo, Romero se fue temprano a la basílica del Sagrado Corazón, a pocas cuadras de catedral. Allí celebraría la misa dominical porque desde hacía algunos días la catedral estaba tomada por manifestantes de las Ligas Populares 28 de Febrero. Recibió a cinco visitantes de comunidades religiosas de Estados Unidos que visitaban El Salvador para hacer un reporte sobre violaciones a los derechos humanos y para expresar su apoyo al arzobispo. A media mañana la basílica ya estaba llena de gente, pero las calles estaban vacías. La presencia de tanquetas militares apostadas por toda la ciudad custodiadas por soldados con rifles de asalto era un permanente recordatorio de que San Salvador era territorio de las Fuerzas Armadas.

El transmisor de la YSAX, la estación del arzobispado, había sido por fin reparado después del último atentado con bombas que silenció durante semanas la radio. Ese domingo volvía a transmitir en vivo. La YSAX había sufrido diez atentados con bomba en el último año. El objetivo de sus atacantes era evitar que los servicios dominicales del arzobispo llegaran al resto del país. Las homilías de Romero eran el único contrapeso a la propaganda oficial; y también los reportes más completos y creíbles de la situación del país: masacres, desapariciones, capturas, asesinatos, denuncias contra la represión, informes de la grave situación por la que atravesaban algunas comunidades, reportes de la situación política, de ataques contra religiosos…

Las homilías también se escuchaban en otros países por onda corta, a través de la Radio Noticias del Continente, cuya sede en San José, Costa Rica, también fue víctima de un atentado con dinamita pocos días antes, pero el transmisor no sufrió daños.

Durante la semana, su oficina en el arzobispado recibió, desde Washington, muchos mensajes de solidaridad y apoyo. Algunos de grupos de cristianos; otros de personas que querían manifestarle su solidaridad; entre ellas un ex embajador estadounidense. Eran cálidas reacciones a la carta pública que Romero había enviado semanas antes al presidente Jimmy Carter, pidiéndole que suspendiera la ayuda militar a El Salvador que estaba siendo evaluada en el Congreso de su país.

Ese domingo 23 de marzo, Romero ofició la que sería su última misa dominical. Consciente de que la ceremonia era transmitida por la radio, llegado al punto de la homilía el arzobispo denunció el allanamiento a la UCA, y luego pronunció las palabras que marcarían su fin:

“Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego… ¡Les ordeno! En nombre de Dios: ¡Cese la represión!”

Aún se conservan grabaciones de esta homilía. En ellas se escucha el nutrido aplauso que siguió a las palabras del arzobispo. Ausente de la grabación están las reacciones de muchos, adentro y afuera de Catedral. En el Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, y en los círculos de la derecha salvadoreña, apretaron los dientes. En el resto del país los temores por la suerte del arzobispo se aceleraron.

Mario Inclán, un abogado sonsonateco, siguió atento la misa dominical por la radio de su carro. Al terminar la homilía, le dijo a su esposa: “Monseñor acaba de firmar su sentencia de muerte”. Inclán no tenía manera de saber que el siguiente día, a las seis y media de la tarde, sería testigo del asesinato del arzobispo.

Tras la homilía, Romero consagró y dio la comunión. Entre aquellos que aquel día hicieron fila para recibir la hostia se encontraba el nuevo embajador de Estados Unidos en El Salvador, Robert White.

Las agencias internacionales de prensa, desde San Salvador y San José, enviaron cables describiendo la homilía. Desde las oficinas centrales en Nueva York, los editores de la agencia de prensa United Press International localizaron a su fotógrafo en El Salvador, Eulalio Pérez, y le demandaron fotos de la misa. Pérez, que solo hacía trabajos eventuales para la agencia, se ganaba la vida como laboratorista en la sección fotográfica de El Diario de Hoy. No tenía fotos de la misa. Había pasado el fin de semana de turno, encerrado en el laboratorio del periódico. UPI le solicitó urgentemente fotos nuevas de Romero. Pérez las prometió para el siguiente día.

Después de la misa, Romero sostuvo en la basílica una reunión con otros sacerdotes y con periodistas. A la una de la tarde, partió hacia la casa de su amigo y conductor Salvador Barraza, que solía visitar cada domingo después de la misa para aislarse del mundo y descansar de sus obligaciones clericales. Barraza, aquel día, lo vio llorar. “Todos estábamos perplejos. De repente empezó a hablar sobre sus mejores amigos sacerdotes y laicos”, contaría después Barraza al sacerdote Jesús Delgado. “Como aquel almuerzo no ha habido nunca en nuestra casa. Fue un almuerzo triste y desconcertante para todos nosotros”.

A media tarde partió hacia una iglesia en Calle Real, donde celebró misa y llevó a cabo varias confirmaciones. Al volver al Hospitalito, se reunió con las hermanas carmelitas. La madre Luz propuso brindar por el retorno de las transmisiones por la YSAX y lo hicieron con vino. Cerca de las diez de la noche el arzobispo se retiró a dormir.

A las 6 de la mañana del lunes 24 de marzo sonó el teléfono en el Hospital de la Divina Providencia. Fue la primera llamada de siete u ocho que las hermanas Carmelitas recibirían aquella mañana de personas preocupadas por la seguridad del obispo. La edición de La Prensa Gráfica no mencionaba nada sobre la homilía del día anterior, pero en sus páginas interiores aparecía, entre las esquelas, una invitación a la misa del primer aniversario luctuoso de Sara Meardi de Pinto, que sería oficiada por monseñor Romero a las seis de la tarde en la capilla de la Divina Providencia. La primera llamada alertó a las religiosas del anuncio y ellas advirtieron también sus temores al arzobispo. Las amenazas de muerte contra Romero se habían intensificado y temían un atentado en cualquier momento. No era una buena idea andar anunciando en los periódicos su agenda pastoral. Las religiosas le pidieron cancelar su participación y que otro sacerdote oficiara en su lugar. “Ya me comprometí con Jorge y no le puedo fallar”, respondió el arzobispo. “Si no ha llegado mi hora no va a pasar nada”.

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Esquela publicada en La Prensa Gráfica, el lunes 24 de marzo de 1980, día en que monseñor Romero fue asesinado en la capilla del hospital La Divina Providencia. Foto: Archivo El Faro (Fuente: elfaro.net).

Aún era temprano por la mañana cuando Romero se fue a su oficina a revisar asuntos pendientes y después partió hacia un rancho de playa con Fernando Sáenz Lacalle, uno de los primeros clérigos del Opus Dei en El Salvador, para un encuentro de reflexión espiritual con otros sacerdotes. Sáenz Lacalle, un cura español que fue muchos años después arzobispo de San Salvador, había llamado la noche anterior a Romero para recordarle el retiro espiritual. Poco interesado en los vaivenes de la vida de los mortales, Lacalle ni siquiera mencionó, ni en esa llamada ni en las horas que estuvieron juntos en la playa, la homilía dominical. Pero notó, entre la agitación en que se había convertido la vida de Romero durante los últimos tres años, una consternación particular. “Le llamé por teléfono a monseñor el día anterior y le dije que teníamos reunión. Entonces me dijo ‘Sí, quiero ir porque estoy muy agobiado’ o algo así. Noté en la frase que estaba tenso, como con preocupaciones, como con dificultades”, recuerda Sáenz Lacalle.

La amistad de aquellos dos hombres, que se remontaba a los tiempos en los que Romero era sacerdote en San Miguel, se conservaba robusta, porque no hablaban de temas terrenales. Su espacio común era abarcado por las cosas del espíritu, la reflexión y la oración. Romero no necesitó decirle qué le agobiaba. Lo sabía todo el país.

En marzo de 1980 el ejército había intensificado sus operativos contra las organizaciones populares, mientras grupos paramilitares perpetraban impunemente desapariciones forzosas. La segunda Junta Revolucionaria de Gobierno había fracasado y buena parte del gabinete renunció a principios de mes, tras el asesinato del líder demócrata cristiano Mario Zamora. Cuando Sáenz Lacalle le telefoneó para invitarlo al mar, Romero acababa de celebrar la más peligrosa de sus homilías en Catedral. “No es como que ese día él hubiese sido un volcán en erupción, él ya venía cargando con eso”, dice Sáenz Lacalle.

Durante los últimos meses de su arzobispado, Romero había encontrado un justo equilibro entre su vida espiritual conservadora y su vida política volcada a la defensa de los pobres y las víctimas. Para sus homilías, que eran su palestra política, consultaba a los jeusitas. Pero sus retiros espirituales los hacía, desde que era cura en San Miguel, bajo la tutela del sacerdote del Opus Dei.

El 24 de marzo era un día perfecto para ir a la playa: caluroso, despejado. Una brisa que no llegaba a viento mecía las pocas nubes en el cielo. Se reunieron con otros sacerdotes a la entrada del rancho, pero no encontraron quién les abriera el portón. Bordearon y entraron por la playa brincando el muro. “Éramos todos sacerdotes amigos”, recuerda Sáenz Lacalle. “Uno dio una charla y después una plática. Allí estuvimos en el ranchón y ya vino el guardián todo apurado. Nadie le había avisado que iban a llegar unos curas. Dimos un paseo por la playa antes del almuerzo. Monseñor tenía prisa por volver porque tenía que dar una misa”. La última misa de su vida.

Regresaron a San Salvador poco después del almuerzo. Romero fue a visitar a un otorrino por una molestia en los oídos y después le pidió a Barraza que lo llevara a Santa Tecla para confesarse con el jesuita Segundo Azcue. “No le tocaba ir, pero ese día, de repente, me dijo que quería confesarse”, contó Barraza a la escritora María López Vigil. Romero volvió a su casa poco antes de las cinco de la tarde y se preparó para la misa in memoriam.

Jorge Pinto y su esposa llegaron a la capilla una hora después. El arzobispo ya estaba allí. “Estaba orando. Arrodillado, con el breviario en las manos y concentrado en tal forma que probablemente no se percató de nuestra presencia”, escribió Pinto en sus memorias. Minutos antes de iniciar el servicio llegaron algunos invitados.

Al costado izquierdo del altar se colocaron las monjas. Entre ellas la madre Luz Isabel Cueva, una religiosa mexicana que tenía ya varios años asistiendo a los enfermos en la Divina Providencia y muy cercana a Romero. En el ala derecha se ubicaron enfermos del hospital. Los invitados a la misa memorial ocuparon las bancas de la nave principal. En total, unas veinte personas.

Mario Inclán, el abogado, llevó a su papá a la misa. Llegaron tarde. Al ver tan poca gente decidió quedarse. Se sentaron en tercera fila. Más tarde aún llegó Eulalio Pérez, el fotógrafo, apenas a tiempo para hacer las fotos que la agencia le había exigido. Había visto también el anuncio de la misa en el periódico y avisó a su agencia. Entró a la capilla a las 6:20 de la tarde y se colocó atrás, en la segunda fila de la columna derecha. Sacó su equipo y comenzó a disparar fotos. Faltaban diez minutos para el disparo.

Romero leyó del Evangelio según San Juan: Si el grano de trigo no muere, queda solo. Pero si muere, puede dar fruto. Era una misa corta; y la homilía fue breve. Mientras la pronunciaba, un automóvil Volkswagen Passat cruzó frente a la capilla, dio la vuelta en el estacionamiento y se quedó en posición de salida, justo frente a la puerta principal de la capilla. Solo Romero pudo haberlo notado, porque los escasos asistentes a la misa estaban de espaldas a la puerta. Pero afuera algunas personas vieron el carro. Parecía tener un desperfecto mecánico porque el conductor forcejeaba la palanca de velocidades. En el asiento de atrás otro hombre esperaba. A exactamente treinta y un metros con diez centímetros de distancia, Romero pontificaba desde el altar. Dirigió la mirada hacia afuera. Nunca sabremos si logró ver al hombre barbado que, desde la ventanilla de atrás del Passat, sacó un rifle y le apuntó.

Imagen del retrato hablado reconstruido a partir de los testimonos de testigos durante la investigación del asesinato. Se trata de la descripción del hombre que disparó frente a la capilla del hospital La Divina Providencia y asesinó a monseñor Óscar Arnulfo Romero el 24 de marzo de 1980. Foto: Archivo El Faro (Fuente: elfaro.net).

Óscar Arnulfo Romero pronunció entonces sus últimas palabras:

Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor; como Cristo. No para sí, sino para dar conceptos de justicia y paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza, a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros.

 

 

El balazo viajó directo al tórax de Romero, pero su percusión parece haber rebotado en todas las paredes de la capilla, amplificándose. Existe una grabación de la homilía en la que se escucha el disparo. El estruendo es apabullante. No es un pum. Es un PUUUUUUUUMMMMM. Y así lo recuerdan los testigos.

Pinto escribió en sus memorias que “el disparo sonó como una bomba”. De igual manera lo recordarán tres décadas después el abogado Inclán, el fotógrafo Pérez y la madre Luz. Es cierto que la memoria es engañosa y que la peculiaridad de la grabación -que al menos Inclán escuchó después- o el trauma pueden haber amplificado el recuerdo del sonido. Pero así lo retienen en la memoria.

La madre Luz:

Cuando terminó la homilía, monseñor pasó al centro del altar a extender el corporal y dejó de ver hacia afuera. Se oyó el estruendo de una bomba, no sé por qué. Yo vi como una nube blanca que le cubrió el rostro. Monseñor se agarró del mantel y lo haló, y se dio vuelta el copón y se dispersaron las hostias sin consagrar. En ese momento cayó monseñor boca arriba, a los pies del Cristo.

Mario Inclán, el abogado:

En el momento del disparo se vio como un flash. Monseñor se fue para atrás. Nos tiramos al suelo. Oímos otros dos balazos y escuchamos un carro que se iba. Salieron las monjitas de las naves laterales a auxiliar a monseñor .

La Madre Luz fue la segunda persona en levantarse tras el disparo. Vio de pie a Eulalio Pérez, detrás del lente de su cámara y con el dedo en ráfaga dando clics al obturador. La monja corrió a auxiliar a Romero, que yacía inerte. La sangre comenzó a brotarle por la nariz y la boca. Otras religiosas se acercaron a ayudar, pero no había mucho que hacer. La madre Luz corrió al teléfono y llamó a un médico. En el altar, alrededor del arzobispo sangrante, los presentes decidieron que no podían esperar médicos ni ambulancias. Si quedaba alguna esperanza de salvarlo había que llevarlo de inmediato a un hospital. El coronel Antonio Núñez, uno de los asistentes a la misa, se ofreció a trasladarlo en su vehículo.

Pedro Lemus, un ayudante de sacristía con 13 años de edad, cenaba en el hospital contiguo a la capilla cuando escuchó el disparo. Se asomó por una de las ventanas solaire y alcanzó a ver cómo “un automóvil capota color rojo salía a toda velocidad” por la calle Toluca, según dijo después a un detective policial. Fue el primer testigo en aportar datos sobre el automóvil. Escuchó los gritos y salió a la calle. Con él salió también Rosa Hernández, una voluntaria que escuchó el disparo cuando cocinaba para los enfermos del hospital. Hernández es la mujer al extremo derecho de la foto de La Piedad. La que carga la mayor parte del peso de Romero. Huyó a Costa Rica unos meses después, tras recibir amenazas de desconocidos que la invitaban a reservarse para sí misma todo lo que vio. Pedro Lemus, el niño, no sale en la foto. Pero no estaba muy lejos de la escena, porque después dijo también que vio cuando subieron a monseñor Romero, sangrando, al vehículo del coronel Núñez.

Napoleón Martínez, un relojero y amigo de la familia Pinto que llegaba apenas a la misa, se encontró con el traslado del herido. El relojero impuntual (que desapareció algunos días después y nunca se volvió a saber de él) ayudó a cargar a Romero hasta el vehículo del coronel Núñez. Convinieron allí mismo en llevarlo a la Policlínica Nacional, entonces el mejor hospital de país. El militar conducía tan nervioso que tomó calles equivocadas.

Martínez contó después a Jorge Pinto que, cuando iba llegando a la capilla, vio varios radiopatrullas que protegían a los asesinos en su fuga. No he encontrado ningún otro testimonio que confirme esta versión. Tampoco se refirió a esto el chofer del asesino, Amado Garay, que en varias instancias declaró sobre las circunstancias del asesinato. Es posible que Martínez se refiriera al otro carro de los conspiradores. Porque hubo otro carro.

Secuencia fotográfica del traslado del cuerpo de monseñor Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980, en la capilla del hospital La Divina Providencia, en San Salvador. El archivo pertenece al fotógrafo Eulalio Pérez (Fuente: elfaro.net).

En la capilla, las monjas rodearon al fotógrafo de UPI. Lo increparon. ¿Era eso realmente una cámara? ¿O era el arma desde la que dispararon a Romero? ¿Era él un fotógrafo de verdad o un asesino? Eulalio Pérez mostró sus credenciales de prensa pero no las convenció. Alguien había disparado contra monseñor desde la parte posterior de la capilla y allí es donde estaba él, de pie, con su cámara en la mano. Lo retuvieron por algunas horas. Después lo trasladaron, en calidad de detención ciudadana, al arzobispado, donde fue interrogado por varios sacerdotes. Como muestra de buena fe, Eulalio Pérez les invitó a que lo acompañaran al laboratorio de El Diario de Hoy para revelar los negativos, y prometió darles impresiones de todos los cuadros. Eso hicieron. Esas son las fotos que se exhiben hoy en la casa-museo. Las únicas fotos del asesinato.

A cargo de la investigación quedó el subinspector de detectives Luis Ibáñez Retana, quien inició las pesquisas en la escena del crimen a las 21:30 de ese mismo día. Se hizo acompañar del sargento Julio Morales y dos detectives de la Policía Nacional. Fue a la capilla de la Divina Providencia, donde intentó hablar con algunas de las hermanas Carmelitas que continuaban allí. No quisieron hablar con él. Después fue a la Policlínica, donde se encontraba la víctima y mucha gente a la expectativa de su suerte.

Adentro, junto al cuerpo ya declarado muerto, el juez Atilio Ramírez Amaya iniciaba sus propias pesquisas. Algunos de los jóvenes abogados de la Oficina de Socorro Jurídico del Arzobispado ayudaron a los forenses a levantar el cuerpo de la víctima y colocarle una placa debajo del torso para radiografiar la trayectoria del proyectil. Tuvieron que repetir el procedimiento varias veces, porque el radiografista no podía obtener una imagen en foco. Algunos levantaban el tronco de Romero, otros colocaban la placa. Otra vez, a colocar el cuerpo despacio, sobre la placa. Tuvieron que repetir el procedimiento unas cinco veces. “Cada vez que levantaban el tronco de Romero, un chorrito de sangre salía por la herida”, recuerda Florentín Meléndez, uno de los abogados de Socorro Jurídico. Un chorrito de sangre le salía por la herida. Cuando la radiografía estuvo lista, todos los asistentes tenían ya las manos manchadas de sangre.

Cerca de la medianoche, el juez Amaya pidió a los abogados de Socorro Jurídico que lo acompañaran a recorrer la escena del crimen. No encontraron un solo vehículo en el camino. “Nunca vi San Salvador tan desolada”, me dirá tres décadas después Florentín Meléndez, quien también tuvo que irse al exilio después del crimen, porque las amenazas en su contra incluyeron disparos de ráfaga contra su casa.

En su primer reporte sobre el asesinato, el detective Ibáñez Retana escribió a sus superiores la misma noche del crimen: “No omito manifestar que debido a la falta de colaboración de las religiosas y el público no se pudo recabar más información relacionada a la muerte de dicho religioso”. El detective Ibáñez no se dio por vencido. Regresó el siguiente día.

En Washington, la mañana del 25 de marzo, el presidente Jimmy Carter fue informado del asesinato. Escribió en su diario: “Me angustió escuchar que el arzobispo Romero en El Salvador había sido asesinado. Es uno de los mejores activistas de derechos humanos en el mundo, muy efectivo usando su influencia como clérigo para lograr reformas en su conflictuado país”. Es la única referencia a Romero en su diario.

Los registros de los días anteriores y posteriores en el diario ilustran a cabalidad las prioridades de Carter en 1980: la carrera por la elección interna de su partido, disputada contra un Kennedy; la crisis de los rehenes estadounidenses en Irán y el conflicto entre israelíes y palestinos. La mente del presidente de los Estados Unidos estaba muy lejos de San Salvador.

A cuatro kilómetros de la Casa Blanca, en el cuarto H-308 del Capitolio estadounidense, los congresistas aprobaron esa misma tarde un nuevo paquete de ayuda militar para El Salvador. El mismo que, mediante una carta hecha pública en la homilía del 17 de febrero, Romero había pedido a Carter no aprobar.

Secuencia fotográfica del asesinato de monseñor Romero, el 24 de marzo de 1980, en la capilla del hospital La Divina Providencia, en San Salvador. El archivo pertenece al fotógrafo Eulalio Pérez, el único fotógrafo profesional que estuvo aquel día (Fuente: elfaro.net).

Puede leer la publicación original de este texto en Elfaro.net.

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Citan a declarar a exmilitares que participaron en la quema de microfilms de la dictadura

jueves 12 abril de 2018 | Publicado a las 04:00

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Abogado de familia Frei estudia sumarse a investigación por quema de archivos de la CNI

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Un supuesto atentado incendiario en 1989 y la quema de archivos en enero de 2000 por parte de la Dine, son la base de una investigación que lleva adelante el ministro Mario Carroza. Exmilitares involucrados en los hechos fueron citados a declarar el pasado 10 de abril. Y un careo de 2015 que se practicó entre dos de ellos, y que Radio Bío Bío publica íntegramente por primera vez, da cuenta de que el Alto Mando fue informado de la destrucción de microfilms de la CNI mientras se desarrollaba la Mesa de Diálogo.

El 14 de noviembre de 1989, cerca de las 2 de la madrugada, la Escuela de Educación Física del Ejército, ubicada en Valenzuela Llanos 40, comuna de la Reina, sufrió un atentando incendiario. En esas dependencias estaban los archivos de la subsecretaría de Guerra que contenían los expedientes de los Consejos de Guerra tras el golpe militar de 1973, una información clave en diversas causas de derechos humanos.

La investigación en la época, a cargo del Batallón de Inteligencia del Ejército (BIE), determinó que se trató del impacto de un cohete Low, lanzado desde unos 300 metros. Incluso se encontró un cartucho que habría tenido la sigla FMR, en alusión al Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR). Un testigo, el sargento Jorge Améstica, hoy fallecido, aseguró que cuatro sujetos con pasamontañas salieron arrancando tras la detonación.

29795827_264999630708558_1093477838675247104_n.jpgPero casi 30 años después, el caso podría tener un vuelco. El ministro de la Corte Suprema, Mario Carroza, tras un primer informe de la Brigada Investigadora de Derechos Humanos (BRIDEHU) de la PDI, al que tuvo acceso en exclusiva Radio Bío Bío, citó a declarar 13 exuniformados que se encontraban de guardia el día del supuesto ataque con el cohete Low, para indagar qué pasó efectivamente la madrugada de ese 14 de noviembre de 1989.

Además, ordenó interrogatorios para Eduardo Quiroga Cortés, que estaba a cargo del resguardo de los documentos, y Bernardo Castro Rojas, oficial que ocupaba el cargo de director de la Escuela de Educación Física del Ejército. A estos exuniformados se suma la citación para Aida Segovia Crisóstomo, archivera (S) de la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dine).

En la investigación de Carroza aparece como querellante la fundación Londres 38 (revisa acá la querella). Su vocera, Gloria Elgueta, llamó a las actuales autoridades a que ejerzan su mando sobre el Ejército para que identifiquen responsabilidades.

“Las Fuerzas Armadas deben responder respecto de su responsabilidad y de la información que nosotros positivamente sabemos que ellos poseen y de los archivos que nos consta que aún mantienen, a pesar de los archivos y documentos que también sabemos que han destruido”, dijo Elgueta.

Mario Carroza, ministro de la Corte Suprema.
Mario Carroza, ministro de la Corte Suprema.

Los microfilms de la CNI

Este primer informe elaborado por la Brigada Investigadora de Derechos Humanos de la PDI también aborda la quema de archivos en formato de microfilms de la CNI, en enero de 2000. Dicho acontecimiento también ha sido relatado por exmilitares en sus testimonios en el marco del llamado caso Frei, que investiga el ministro de la Corte Suprema, Alejandro Madrid.

En octubre de 2017, la periodista Pascale Bonnefoy escribió un artículo en The New York Timesrelatando cómo se realizó la quema de los microfilms. En dicho reportaje aparece una declaración ante el ministro Madrid de Mercedes del Carmen Rojas Kuschevich, exjefa de archivos en el Departamento II de contrainteligencia, dependiente de la Dine, y de otros exuniformados, en las que admiten la quema de antecedentes. Además, Rojas identificó al entonces director del organismo, el general Eduardo Jara Hallad, como el responsable de dar la orden para destruir el material, en el que, según las últimas investigaciones, se encontraban los seguimientos de la CNI al expresidente Eduardo Freí Montalva.

Jara también declaró ante Madrid. Pero negó haber dado la orden. En una segunda oportunidad, sin embargo, admitió los hechos. Se trató de un careo entre él y Rojas, registrado el 12 de junio de 2015 ante el ministro Madrid. La Unidad de Investigación de Radio Bío Bío da a conocer por primera vez el contenido íntegro de dicho careo, en el que se revela además que un oficial del Alto Mando del Ejército estaba al tanto de la situación. (revisa acá el documento con el careo completo).
.
En el careo Rojas ratificó que fue Jara quien le dio la orden de revisar los archivos de la CNI que heredó la Dine, tras la desaparición del organismo de persecución política que había creado la dictadura. Y que tras la revisión, le informó verbalmente que ninguno de ellos contenía datos relativos a casos de derechos humanos. Luego de esa información, Jara le ordenó quemar los microfilms en un horno de la Escuela de Inteligencia Nacional, ubicada en Nos.

Rojas quemó los archivos en enero de 2000, junto a los suboficiales Osvaldo Ramírez Lazcano y Luís Zúñiga Celis. Lo hicieron en tres viajes y en ninguno se levantó acta. Según Rojas, la información correspondía a la CNI, por lo tanto, a su juicio, no tenía carácter de militar y podía ser incinerada sin levantar un acta.

“No levanté acta respectiva pues la documentación no correspondía a archivos de la Dine, sino que a rollos de microfilms de archivos de la CNI. No era materia inherente del Ejército, sino que era de la Central (CNI), que nunca perteneció al Ejército”, dijo Rojas en el careo.

El 10 de abril pasado, el ministro Mario Carroza citó a declarar por este caso a Rojas, Lazcano, Zuñiga y Jara, quien, dada su condición de general en retiro, puede fijar el lugar de su interrogatorio.

El Alto Mando sabía

En el careo entre Jara y Rojas surgió un antecedente desconocido hasta ahora y que puede complicar al Ejército. En su primera declaración, Jara no aportó antecedentes. Es más, negó gran parte de los hechos. Pero en el careo lo reconoció todo y además dijo recordar que informó de la quema de microfilms a un miembro del Alto Mando.

“Hago presente que aparte de estos hechos con la mayor Rojas (archivera) y que se encuentran aclarados, también recordé que esta incineración se la comuniqué verbalmente al jefe del Estado Mayor, general del Ejército, el general de División, Patricio Chacón Guerrero”, dijo Jara.

El antecedente pone de manifiesto que al menos un miembro del Alto Mando del Ejército en la época se encontraba al tanto de la destrucción de los archivos, en circunstancias que se desarrollaba la Mesa de Diálogo, una instancia que creó el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle (hijo del expresidente Eduardo Frei Montalva) con el propósito de avanzar en la búsqueda de las víctimas de desaparición forzada de la dictadura.

La abogada de la fundación Londres 38, quien elaboró la querella por encubrimiento de secuestros y homicidios calificados en este caso, Magdalena Garcés, anunció que pedirá formalmente al ministro Carroza que cite a declarar al general en retiro Patricio Chacón.

 

Abogado de familia Frei estudia sumarse a investigación por quema de archivos de la CNI

El abogado de la familia Frei estudia hacerse parte de la investigación por la quema de archivos de la CNI, DINA y Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército, la cual es liderada por el ministro Mario Carroza.

Un reportaje del área de investigación de La Radio reveló la incineración de microfilms en el 2000, los cuales tendrían antecedentes sobre el seguimiento al expresidente Eduardo Frei Montalva, quien murió en 1982.

Nelson Caucoto, el abogado, indicó que es crucial investigar estos hechos, ya que podrían ser
considerados un encubrimiento de violaciones a los derechos humanos
.

El ministro Alejandro Madrid acusó a seis personas por la muerte del exmandatario en 2017, entre ellos, a su chofer y al médico a cargo de la operación.

La muerte de Frei se debió, según el ministro, a una septicemia generalizada, la que habría sido ocasionada por la inoculación de gas mostaza.

De esta forma, se ratifica la acusación señalada por el querellante de la Democracia Cristiana, el abogado Luciano Fouillioux, respecto al deceso del expresidente.

Los restos de Frei Montalva han sido exhumados en dos ocasiones para verificar si fue envenenado o no.

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