Porque es absolutamente necesario un Asamblea constituyente, para derogar la nefasta constitución fascista heredada de la dictadura. Los militares chilenos mantienen su “autoridad”

LA CONSTITUCION PINOCHETISTA EN LOS ARCHIVOS SECRETOS DE LA DICTADURA
Los militares chilenos mantienen su “autoridad”

Nota de la edición

El Titere Chileno

Los militares que participaron de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile planificaron un proceso de retorno a la democracia que les permitiera preservar un “principio de autoridad” sobre los civiles. Esto se desprende de un informe confidencial de enero de 1989 dirigido por la Armada a la Junta de Gobierno.

“Una actitud intransigente del Ejecutivo (ante la posibilidad de reformar la Constitución de 1980) podría desembocar en la proposición de un texto sustitutivo”, subraya el informe. El texto, firmado por el capitán de navío Rodolfo Camacho, propone aceptar reformas a la Carta Magna como pidió la oposición de centroizquierda, a cambio de que la Constitución de Pinochet mantuviera su “sustancia” y permaneciera en el tiempo, algo que sucedió hasta hoy. “Sobre la autoridad, por último, pesa la responsabilidad de proyectar la institucionalidad derivada de sus afanes fundacionales”, remarca el texto sobre la defensa del modelo neoliberal instaurado en Chile durante el régimen militar. De hecho, hasta el gobierno del socialista Ricardo Lagos (2000-2006) los presidentes no tenían la facultad de separar de sus cargos a los comandantes en jefe de los cuerpos castrenses y los militares podían nombrar a cuatro senadores, de un total de 37.
El análisis tiene un cuerpo central y anexos sobre “acción socioeconómica”, “acción política y subversiva” y “acción religiosa y educacional”. Los uniformados, cien días después de la derrota del dictador Pinochet en el plebiscito que buscaba ampliar ocho años su gobierno, temían una salida rupturista liderada por la izquierda. Además, creían que la posibilidad de “lograr la continuidad de una sociedad libre” dependía de la aparición de un candidato fuerte en el centroderecha y miraban positivamente a Renovación Nacional, el partido del actual presidente Sebastián Piñera. El informe de la Marina, de 42 páginas, valora además las acciones del nuncio de la época, el purpurado Angelo Sodano, como forma de restar poder a los sectores progresistas de la Iglesia Católica, liderados por el cardenal Raúl Silva Henríquez.

El texto demuestra que preocupaba a los militares el futuro de los grupos armados opositores a la dictadura, en especial el del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), dependiente del Partido Comunista. El capitán Camacho cita de hecho una Carta Confidencial Nº 34, aparentemente de un infiltrado en esa orgánica. “El Frente Patriótico (Manuel Rodríguez) intentaría, en un hipotético corto plazo, estructurar una amplia base de combate”, reza la misiva. Finalmente, el FPMR fue descabezado y sus propios hombres reconocieron la infiltración de los uniformados en su comandancia.

Esta información sobre la dictadura que se impuso en Chile entre 1973 y 1990 se conoce después de que el Ejecutivo chileno anunciara el viernes que entregaría a la Justicia archivos secretos del período de facto, revelados el jueves, que muestran una estrecha colaboración de ex funcionarios civiles con el régimen militar para coordinar acciones contra opositores, documentos en los que aparecen involucrados legisladores oficialistas. Esos archivos incluyen planes, memorandos, circulares y coordinaciones de los ministerios del Interior y de Relaciones Exteriores y textos emitidos por varios organismos de Defensa en el período 1978-1989, entre otra documentación. Los documentos encontrados escaneados y contenidos en tres CD detallan que las autoridades civiles coordinaron durante años acciones con la policía secreta, ordenaron seguir o pidieron información sobre opositores, periodistas, sacerdotes, académicos y diplomáticos.

A CONTINUACION PRESENTAMOS UN ARTICULO ANALISIS RELACIONADO CON EL TEMA DE LA CONSTRUCCIÓN DE LA LEGITIMACIÓN MILITAR. CHILE, 1973

Freddy Timmermann

Universidad Católica Silva Henríquez.

Resumen

El presente artículo analiza la forma en que los militares legi- timaron, cambiaría la expresión, sus acciones, más allá de las declaraciones oficiales de la Junta Militar. Por medio del aná- lisis historiográfico y crítico de discurso, vinculamos los ele- mentos textuales de dos expresiones de literatura testimonial con los diversos contextos de poder que se generan. Determi- namos la construcción de la legitimación desde las ideologías “formales” y “totales”, las a-racionalidades, los miedos, los instintos y la constitución de una biopolítica y de biopoderes individuales funcionales a la “guerra” por medio de la cual el Estado militar imponía su soberanía.

Palabras clave: legitimación, miedo, ideología formal, ideología total, instinto, racionalidad, biopoder, biopolítica, régimen cívico-militar.

INTRODUCCIÓN

La violencia ejercida el año 1973 por los militares chilenos era desconocida para la sociedad. Sus efectos desarticuladores aun afectan decisivamente al país en el desarrollo de su Historia Reciente, por ejemplo, al permitir instalar el desarrollo de las primeras fases del neoliberalismo. Por ello, es importante tra- bajarla historiográficamente atendiendo los hechos que establece la memoria individual, básicamente porque los parámetros que regían las acciones socia- les masivas en el tiempo en estudio se encontraban debilitados o superados y porque también, en una instancia límite de sobrevivencia, la mayoría de los militares debieron recurrir, especialmente los días iniciales, a sus propias cons- trucciones de resistencia –de legitimidad en este caso– para insertarse en una situación social de incertidumbre. La percepción de los miedos padecidos con antelación a estos hechos y la producción posterior de estos son elementos esenciales que deben ser considerados para la comprensión de este proceso.
El objetivo de este estudio es analizar las formas de legitimación2 desarrolla- das por los militares que ejercieron la violencia en Chile, las semanas inmedia- tamente posteriores al Golpe Cívico-Militar3.

El presente trabajo busca demostrar que existió una variedad de procesos le- gitimadores en los militares. Las legitimaciones provenientes desde antes del GCM como ideología formal en los sectores mayoritarios del mundo militar no se constituyen en plenamente funcionales para realizar una “guerra” contra enemigos civiles, pues, dado el carácter del contexto en que ejerce la violen- cia, el biopoder individual surge como el elemento central para establecerla, generándose inicialmente un contrapoder. Esta inclusión de la corporalidad humana en los mecanismos de los cálculos de poder del Estado no es pulcra en su manifestación y se desarrolla brevemente en el tiempo. Por todo ello es que la legitimación funcional a la “guerra” que se desarrollaba debe ser gene- rada y/o manipulada por quienes imponen una temprana hegemonía. A partir de los miedos anteriores, se proyectan otros4. En la elite militar planificadora del GCM y en otros grupos minoritarios esto es innecesario, lo que no signifi- ca que sus ideologías formales –más funcionales a las operaciones militares desarrolladas– no fueran afectadas por las a-racionalidades en juego o que no existieran disensos entre ellos.

Trabajamos dos fuentes de literatura testimonial5 con el Análisis Crítico de Discurso, porque nos permite vincular el lenguaje como práctica social con el contexto de su uso y, con ello, la relación entre lenguaje, poder, historia e ideología6. Analizamos principalmente las memorias individuales de las víctimas de la acción violenta que despliega el Estado militar, porque es en sus testimonios donde quedan evidenciados los gestos, palabras y actos de quie- nes la ejercen, los militares. Precisamos desde el discurso los “acontecimientos” históricos, un hecho notado en medio de la masa de esos hechos tal vez innumerables que, a cada instante, conforman la historia ideal y completa del mundo, que adquiere importancia por las consecuencias que se deriva o no de el7. Las tensiones entre las palabras y las realidades estudiadas, en términos de dispositivo de poder discursivo legitimador, se analizan, primero, en función de secuencias de oraciones y relaciones semánticas que permitan generalizar macroestructuras de fragmentos y párrafos para elaborar las formas de legitimación que construyen los militares, historizando el tema en función del contexto de situación, aquellas características pertinentes al discurso que se está produciendo y pueden ser concretas e inmediatas, aunque también abstractas y remotas8, proyectando estos datos sincrónica y asincrónicamente en función de los presupuestos de la Nouvelle Histoire9. La interrelación de los contextos internos del texto con su utilización pragmática se realiza en función de la teoría del poder de Michelle Foucault, ampliada por S. Jaeger10 desde el Análisis Crítico de Discurso.

MEMORIA TESTIMONIAL, MEMORIA HISTORIOGRÁFICA

Dentro de la escritura memorialística de Chile, la modalidad más usada o bus- cada después del golpe cívico-militar es la llamada literatura testimonial “que surge de manera más o menos espontánea o motivada por exigencias prácti- cas (como allegar a los foros internacionales relaciones escritas de los sucesos objeto de escrutinio legal), que carece de apoyo de una tradición canónica culturalmente avalada”. El testimonio es un modo de entenderse con las requi- sitorias del presente, y sobre todo con un presente que, desde la perspectiva del hablante, ha perdido o extraviado sus bases de sustentación, siendo su objetivo central no explicar comprensivamente toda la trayectoria del autor y su tiempo, sino dar cuenta de la experiencia crucial de la fractura o del cambio, documentar, así, lo inédito. Es un fenómeno que suele irrumpir con fuerza des- bordante en las coyunturas de crisis: cuando los parámetros tradicionales para entender la realidad han perdido su vigencia rectora y los nuevos no acaban de clasificarse satisfactoriamente operando desde una situación de orfandad epistemológica. A diferencia de la memoria y la autobiografía, que procuran entenderse con el pasado, el testimonio es un ajuste de cuentas con el pre- sente; como todo discurso, dialoga implícitamente con un código colectivo de sentidos, insertándose en una historia mayor, pero por sí solo no define una nueva legalidad histórica. Algunos de sus rasgos son la convicción que la voz se ejerce desde una coyuntura particular y dramática de la historia, que el dis- curso se organiza y afirma desde una postura personal, donde el emisor es a la vez testigo y actor de los hechos y que su verdad se alza ahora en conflicto no contra otro discurso difundido en el mismo plano, sino contra el silenciamien- to. Por ello, el criterio de veracidad opera como razón autosuficiente al situarse entre el silencio (negación de los hechos) y la palabra que nombra lo inédito (la impugnación de ese silencio) por lo que el registro puntual y minucioso busca precisar y rescatar esos contornos de lo inédito, darle una corporalidad (el “yo” que narra se presenta inicialmente como cuerpo sobre el que ha gra- vitado la experiencia innombrada) fundando una defensa personal contra el olvido. Es un corpus diversificado, tanto por las convicciones ideológicas que sostiene como por el espacio de vivencias que acota11.

Ricoeur afirma que la experiencia temporal y la operación narrativa se mues- tran activas en su expresión, pero a costa de estancar la memoria relegando no pocas veces al olvido niveles intermedios entre el tiempo y la narración. Se pregunta ¿qué sucede con el enigma de una imagen que se muestra como presencia de una cosa ausente marcada con el sello de lo anterior? Pienso que la proyección del conocimiento de la literatura testimonial responde en gran medida esta interrogante, pues es la construcción a partir de esta imagen de una legitimación la que le otorga su sentido último en el contexto estudiado, es decir, la proyección al presente y futuro de su significado más que hacia al pasado. En ese sentido, creo que el enigma aludido por Ricoeur desaparece, adquiriendo el testimonio una transferencia de la memoria a la historia, ne- gociando el olvido de una parte de su imagen en función de su utilidad para sostener determinada acción, en este caso, para la sobrevivencia. El enigma, por lo tanto, deja de ser tal sólo en función del contexto histórico en que opera. Es el mismo Ricoeur quien expresa que son las coyunturas y las estructuras las que marcan el ritmo del pasado histórico12. Pienso que también del presente y del futuro en no poca medida.

La memoria, el acto individual de recordar, articula olvido y recuerdo en un todo simultáneo, prescindiendo de las secuencias temporales, a diferencia de la historia, que busca en el orden cronológico el eje articulador de su relato13; sin embargo, ello no significa que el conocimiento histórico por ello necesaria- mente se acerque a un grado de verosimilitud más preciso y profundo respec- to a lo acontecido en el pasado, precisamente porque en su afán periodificador muchas veces unifica secuencias temporales cuya amplitud deja sin conside- ración analítica hechos cuyo proceso temporal es distinto. En este punto si- tuamos el valor, justamente, de la memoria individual, en su pretensión de no configurar historia, lo que permite introducir la subjetividad de los tiem- pos que articulan, por ejemplo, una legitimación individual, en medio del otro tiempo, más amplio, el tiempo social si se quiere. Precisar esta negociación de hegemonías, en cuanto al tiempo se refiere, acerca más a una comprensión de los efectos reales y no, por ejemplo, ideológicos del fenómeno de la violencia, que creo también posee varias dimensiones, una social y otra individual.

Las hegemonías, si bien en el plano militar general ya se encontraban estable- cidas, no lo estaban aún en cuanto a un control detallado de todos los escena- rios militares menores, puntualmente, en la elaboración de una técnica militar estricta en la aplicación de la violencia. Por ello, surgen elementos personales a-racionales modelando en gran medida los hechos ocurridos. Mientras más cercano al 11 de septiembre, más se acentúa lo mencionado. Podría afirmar, en función de una de las fuentes estudiadas, Prigue, que, en la medida que me alejo de esa fecha, dependiendo en todo caso del escenario donde se ejerce la violencia, el contexto ideológico anterior va adquiriendo más fuerza en el modelado del relato en estudio, al menos en la sociedad cerrada que surge, compuesta principalmente por detenidos de ideología cercana a la de quienes componían la Unidad Popular. A partir de El Estadio, no es posible sostenerlo.

Creemos que se debe estudiar todo hecho de violencia con fuentes cercanas a la ocurrencia de estos, porque son sus matices los que permiten establecer una influencia más profunda del contexto y, por lo tanto, percibirlo en torno a dimensiones distintas a las usualmente tratadas. Le Goff expresa que la me- moria remite ante todo a un complejo de funciones psíquicas, con el auxilio de las cuales el hombre está en condiciones de actualizar impresiones o informa- ciones pasadas, que él imagina como pasadas, lo que centra el concepto en el pasado, aunque resalta su proyección al presente al afirmar que el objetivo de semejante actividad mnésica es organizarse de modo nuevo dentro de una misma situación” o “adaptarse a situaciones nuevas14. Pues bien, la distancia temporal entre el acto de actualizar los hechos y la ocurrencia de estos es in- versamente proporcional a la potencia de retención de la memoria, más aun si en esta intervienen elementos psíquicos15 que, pasados los años, se restauran eliminando de esa inicial sensibilidad los detalles, dejando reducido el relato sólo a sus trazos gruesos16. Se produce una desaparición de una alarma de información de la memoria17. En este sentido, mientras más diferente sea la situación nueva a la que el individuo deba adaptar sus recuerdos, mayor será la deformación resultante.

Además, existe un sello individual al recordar y olvidar selectivamente, pues testigos diversos, presentes en el mismo acontecimiento, no lo recuerdan de la misma manera ni tampoco lo distorsionan de la misma forma. Por ello, es ne- cesario establecer la presencia de elementos constantes en esta diversidad, lo que ayuda a minimizar la dispersión mencionada y a distinguir, si es necesario, las distorsiones que pueda establecer la psíquis individual sobre el fenómeno histórico estudiado.

PARÁMETROS DE “GUERRA”

A pesar de la profundidad de la crisis que se experimentaba, para los criterios de la ley chilena no había justificación material para un “estado de guerra” interno18, ni tampoco para ninguna operación militar ni siquiera cercana en magnitud a las que ocurrieron en ese momento. Los militares realizaron rá- pidamente el GCM consiguiendo en Santiago su objetivo incluso antes que despegaran los aviones que bombardearon La Moneda. En Concepción no ne- cesitaron hacer uso de sus armas para ello. Valparaíso también fue controlado sin mayores dificultades por la Marina19.El contexto legal para el ejercicio de la violencia lo otorgan, desde el mismo 11 de septiembre, primero, el carácter mismo del instrumento jurídico utilizado, el bando, puesto que las órdenes militares ocuparon el lugar de las leyes civiles y penales ordinarias. Dichos bandos “eran edictos penales y administrativos excepcionales sin fundamento constitucional y, según el Código de Justicia Militar, podían ser utilizados en tiempos de guerra para gobernar a las tropas y a los habitantes de los territo- rios ocupados”20. Se debe imponer un orden de guerra más que un orden de paz. Los decretos iniciales terminan de estructurar el contexto legal. El Decreto ley N° 1, el Acta de Constitución de la Junta de Gobierno, publicada en el Diario Oficial N° 28.653, el 18 de septiembre de 1973, expresa que las FF.AA. y de Cara- bineros constituyen legalmente la “fuerza pública” “que el Estado se ha dado” para “el resguardo y defensa de su integridad física y moral y de su identidad histórico-cultural”, que deben asegurar la “supervivencia” de lo anterior, pues “Chile se encuentra en un proceso de destrucción sistemática e integral de estos elementos” “por efecto” de la ideología marxista-leninista. Los “restau- rarán”, constituyéndose en Junta de Gobierno, cuyo presidente será Augusto Pinochet. El Decreto ley N° 3, publicado el 18 de septiembre de 1973, declara el “estado de sitio”; el N° 4, publicado también el 18 de septiembre, declara el “estado de emergencia de las provincias y departamentos que indica”; el N° 5, publicado el 22 de septiembre, “declara que el estado de sitio decretado por conmoción interna debe entenderse “estado o tiempo de guerra”21.

Los militares no estaban plenamente preparados para enfrentar una situación semejante, o no son debidamente instruidos, o las lealtades previas no son rigurosamente verificadas con antelación, con la excepción de la Marina22. Si bien el GCM fue minuciosamente planificado sólo en acciones militares pro- pias de una “guerra” “irregular”, no lo fue precisamente en el quehacer que la diversidad de escenarios menores presentaría. También se podría afirmar que, si efectivamente se aplicaron técnicas para enfrentar esta “guerra”, la inexperiencia en su aplicación genera una dispersión en sus efectos no nece- sariamente concordante con la planificación inicial. Existe otra posibilidad de interpretación más cierta: que esta dispersión fue intencionalmente generada y permitida para infundir un terror generalizado en la población para, de esta forma, amedrentarla23 para facilitar el control de los futuros escenarios. Por todo lo anterior, hay no sólo diferencias en la legitimación generada entre los oficiales sino, especialmente, entre los oficiales y los restantes militares que son, de hecho, quienes realizan la mayoría de las acciones de violencia. Las fuentes estudiadas evidencian una menor dispersión en la relación técnica militar-legitimación en los oficiales que en quienes no lo son.

Los Altos Mandos estaban conscientes de este problema militar. Después del GCM, aplican métodos para imponer lo más rápido posible un parámetro fun- cional a las acciones militares. En algún instante, en el Regimiento Buin, los detenidos escucharon ecos de disparos. “Flotaron helicópteros y la balacera se acercóporalgunosmomentos”(P.39)24.UnprisioneroafirmaqueenelEstadio Nacional, “sorpresivamente”, se les ordena a los soldados “¡¡A las armas!!”. “Chisporroteo de bengalas enceguecedoras. Soldados trepando a saltos en- tre los asientos de las tribunas. Ametralladoras retumbando… cuando una se- mana después se repitió el espectáculo supimos que no existió el ataque” (P. 83). El uso de la prensa también es importante en este sentido. Cuando son trasladados los detenidos a Chacabuco, un diario sostiene que son los “qui- nientos más peligrosos de Chile” (P. 109), que eran “los Batallones suicidas de la Unidad Popular” (P. 114). Un testigo sostiene que en el Estadio Nacional los militares “[l]es creían a los diarios reaccionarios, los únicos que salían, a pie juntillas. Se tragaban las peores infamias publicitarias…”. “Si ustedes vieran los escándalos”, nos decían. “Lean. Hay que ver cómo robaban” (E 34, 35)25. Los jóvenes de la UniversidadTécnica del Estado (UTE) establecieron diálogos con los soldados de la ametralladora. Estos “preguntaban por las tropas extranje- ras”, pues “les habían dicho que venían a combatir con formaciones regulares de los ejércitos soviético y cubano” y, aun cuando “todavía no las habían to- pado”, “rechazaban las aclaraciones” que les formulaban los estudiantes (P. 66). Cuando los detenidos son trasladados, los guardias les dicen: “La gente quiere matarlos. Nosotros lo impediremos”(P. 41). Un oficial dice estar en una “guerra total” (P. 42). Los temas principales en las preguntas que los militares expresan en los interrogatorios son las armas, el MIR (P. 95) y el Plan Zeta (P. 75, 95, 105), este último un elemento central utilizado para acentuar el ejercicio de la violencia. En Arica, “…comenzaron a lanzar el “Plan Z” con fuerza, a inventar truculencias. Aparece una lista de “futuros muertos” confeccionada por la UP (E 140). “Cuando los carabineros y otros policías creían la historia, se ponían rabiosos y operaban en consecuencia, sin piedad de ningún tipo. A muchos presos se les torturó hasta la muerte” (E 80).

También se utiliza el menoscabo del “enemigo”. Los militares en el Estadio Na- cional le habían hecho una proposición al “cabro Carrera”, un narcotraficante, expresándole que la Junta “no quería guerra con ellos. Lo que quería era otra cosa y si el grupo aceptaba el asunto estaba arreglado”. “Nos propusieron –le dice a Samuel Riquelme, proclive a la Unidad Popular, el “cabro Carrera”– que dijéramos que efectivamente les entregábamos plata a ustedes y que a cambio de eso hacían la vista gorda” (E 99).

APETITOS PSÍQUICOS

En la mayoría de los hechos analizados, la violencia se inscribe, en cuanto a su legitimación, en más de un elemento, por lo que la sistematización explicativa que se presenta a continuación es a menudo sobrepasada. En muchos casos, los militares actúan movidos por una suerte de éxtasis propio del desarrollo de acciones de “guerra”, generado por el miedo, el instinto, la adrenalina, el odio y otros elementos a-racionales. Cuando golpean a los detenidos “revien- tan las carcajadas histéricas” (P. 31) y, en un interrogatorio que se realiza en el Ministerio de Defensa, les dan “cachuchazos”, escuchándose gritos, porque cualquier respuesta era insuficiente (P. 30, 31). Este “resultado”, la carencia de información, legitimaba un ejercicio de la violencia cuyo móvil, sin embargo, era otro, centrado en la satisfacción de apetitos psíquicos como la humillación, el control, el mando, el castigo físico. Es una perversión del sentido del deber militar. Otros elementos presentes son la venganza y crueldad. Los militares les dicen a los detenidos: “…que se paren los cubanos y formen a este lado. A este otro lado se me forman los rusos”. Sin duda, creen estar en una “guerra” ante un enemigo más peligroso que los partidarios de la Unidad Popular. En la medida que el oficial habla, los contenidos del discurso precisan hechos más concretos: que constituyen una banda de francotiradores capturados en los rascacielos del sector céntrico de la capital, causantes de muertes de va- rios soldados, que son dueños de un poderoso arsenal. Expone su deseo de venganza al afirmarles que “las pagarán caro” (P. 25). Aparece el odio, lo que exacerba el trato de los otros militares en su contra, adentrándolos en un pa- rámetro de “barbarie”26. Por ello, la violencia se va sustentando cada vez más en motivos impensados e inesperados, que carecen de toda lógica militar. Por ejemplo, el 13 de septiembre, de un camión militar sale un disparo que deja tirado en el suelo a un hombre que corre hacia él “agitando un brazo en alto, haciendo la “V” de la victoria con los dos dedos y gritando eufórico: ¡Gana- mos!”. “Iba a saludar a los uniformados”. El vehículo se detiene más allá, y un oficial se baja a preguntar una dirección sin preocuparse mayormente por lo sucedido (E 13). La violencia extrema se genera sin una provocación hostil y va dirigida hacia un partidario del régimen que se instaura. En el patio del Regimiento Tacna, un conscripto ebrio, con un fusil en la mano, amenazaba a los detenidos, con rabia (E 19). Más lógica, porque aquí se percibe la presencia de elementos como venganza, ambición, miedo, sentido del deber, perversión, ritual, es la violencia que se ejerce en el pasadizo oscuro en el mismo lugar, los primeros días después del GCM, donde golpean a los “peligrosos” todo el día, ensañándose con Coco Paredes, en función de un interrogatorio absurdo. Le dan culatazos en los testículos, en los pies, en las manos (cuando se hacen tiburones y saltos de cuatro pies como castigo); también golpean a un niño de 14 ó 15 años por ser hijo de un uniformado que se mantuvo leal a la UP. Según un testigo, “[n]o tuvieron compasión con él” (E 20, 21).

Hay hechos que no dejan otra posibilidad de interpretación en su motivación sino la venganza o la crueldad. En San Antonio, a un detenido socialista lo ha- bían “quebrado” y hecho “cortes en el estómago”, ensañándose también con su hija de 17 años, “pelándola al rape y torturándola, dejándola medio trastor- nada” (E 113). La violencia ejercida contra Pablo Neruda, Víctor Jara, Alejandro Lipschutz y Enrique París está inscrita en estas motivaciones27.También, el odio ideológico y, tal vez, perversión, es la que se desarrolla contra Sergio Chacón, comunista. Lo denuncian y detienen. Los militares, “[s]e habían equivocado de casa al principio. Golpearon al frente. El dueño de casa, un viejo que no tenía nada que ver con nada, les aclaró el error. De todas maneras, como no podían quedar de tontos, le hicieron correr alrededor de la manzana hasta que el hom- bre se agotó, hasta que no pudo más. Le seguían a la vuelta de la rueda, con las metralletas en posición de disparar. Cuando ya no dio para más el asunto, lo dejaron, cruzaron la calle y entraron en el domicilio que buscaban”. A Chacón lo golpean “delante de su mujer e hijos”. “Lo botaron al suelo de espaldas y lo patearon encima, en el pecho, en los brazos, en las manos. Saltaban como energúmenos, con rabia, sobre su cuerpo. Después lo pusieron boca abajo e hicieron lo mismo otra vez… Andaban enceguecidos”. Luego se lo llevaron “y a la semana le dijeron a la esposa que fuera a la morgue a retirar su cadáver” (E 50).

Cuando soldados allanan Chile Films, el 11 de septiembre, ametrallan la caja de fondos, destruyen la propaganda mural, incautan “cuanto papel o archivo… se encontró”. Interrogan para saber “dónde se esconden las armas”. El personal de la empresa “era mantenido bajo estricta custodia. La gente se pasó seis horas con las manos en la pared el primer día. No había posibilidad ni de tomarse una taza de café”. “Entraron rompiendo la puerta con el camión blindado, y prácticamente destruyeron el laboratorio buscando armas… destapando co- sas a patadas o rompiéndolas con la bayoneta”. La patrulla despide a las 227 personas que trabajaban allí, “personal que iba desde acomodadores de cine hasta gerentes” (E 151-153). La gratuidad del castigo y destrucción muestran que la venganza no está ausente. En el caso de la UTE, la violencia puede ser ejercida como un disuasivo militar para evitar futuras acciones en contra el ré- gimen, aunque también están involucradas las motivaciones ya mencionadas. Era percibida como una radicalizada universidad de Izquierda. El carácter de la violencia que aquí se ejerce es extremo28.

EL SENTIDO DEL DEBER

El sentido del deber legitima la violencia ejercida contra un joven detenido del Partido Nacional, al que llevan a una comisaría en la que había trabajado hasta hace poco. Lo torturan, lo encierran en calzoncillos, encadenado, con los pre- sos políticos, toda la noche. “Los carabineros de la comisaría, que eran todos amigos suyos, veían lo que pasaba, pero se limitaban a disculparse” diciéndo- le “[e]stamos cumpliendo órdenes” (E 55). El “sentido del deber” se mezclaba con el miedo. Patricio expresa: “Los “pelados” podían hacer cosas terribles que les mandaran sus oficiales, pero muchos –cual más cual menos– andaban con una procesión por dentro”. Al preguntarle a uno la razón de su comporta- miento responde: “Estamos obligados. Si no los golpeamos, nos arrestan por desobedecer instrucciones (E 45).

Dispersión ideológica

No existe una causalidad definida en el proceso de construcción de la legi- timidad en estos primeros meses, siendo la excepción, en cierta medida, lo referido a las ideologías29 previamente existentes. Los militares se expresan sin sistematicidad, mezclando elementos, abiertamente, en medio del vértigo de la acción. Se busca eliminar lo relacionado con Cuba, la Unión Soviética, los rusos, los detenidos, la UTE, los socialistas, INDUGAS, los comunistas, los curas, La Moneda, los sindicatos, los mítines y desfiles, las mezclas inferiores, los extranjeros, los judíos, los negros, los marxistas, la demagogia, el MIR, los allendistas. Posiblemente, el fuego aplicado a las cintas de Chile Films para destruirlas, se inscribe en la realización de una asepsia del imaginario social y un ritual de destrucción de los símbolos del poder de los vencidos.

Un elemento legitimador central es el constante menoscabo a la Unidad Popu- lar y al marxismo, aunque también se incluyen el racismo, el nacionalismo, el desprecio por la democracia y el sindicalismo. Un militar decía a los detenidos en el Estadio Chile que no aceptarán “nunca más a los extranjeros en nuestro territorio. Que se guarden sus inmundicias en sus países. ¿Escuchó la cloaca extranjera…? Nuestra raza chilena es noble y bella. Debemos limpiar nuestra sangre de las mezclas inferiores que la están degenerando. Fuera los judíos y los negros, ¡sí señores! Estamos sepultando para siempre el marxismo y a uds. Marxistas despreciables, óiganlo bien. No sé lo que van a hacer con uds., pero mientras permanezcan en mis manos, les daré lecciones que nunca olvidarán” (P. 48). El coronel Espinoza por su parte les expresa: “Ustedes son lo peor de Chile, la basura del país, así es que no vamos a tener muchos escrú- pulos” en usar la ametralladora (E 24). Otro militar, el 11 de septiembre, en el subterráneo del Ministerio de Defensa, afirma: “¡Empezó el bombardeo! ¡Que se hunda y reviente todo, carajo! ¡Y Uds. en primer lugar, cabrones! ¡Que se asen vivos los hijos de puta de La Moneda¡ ¡Que salte en pedazos toda esta porquería! (P. 23). Un oficial joven le tenía “particular inquina a un detenido… siempre se le acercaba para decirle que debía estar muerto, que todos los mar- xistas debían estarlo” (E 98). En el Liceo Manuel de Salas el oficial a cargo “ins- tó” “a los alumnos a que denuncien a los profesores que tengan desviaciones marxistas” (E 153, 154). El 11 de septiembre, en el Ministerio de Defensa, gol- peaban por su condición de tal a comunistas, socialistas o del MIR y eran mas duros con los que apoyaban a Allende como “independientes” (P. 32). En una Comisaría queman libros sospechosos de contener algo de marxismo (E 74). En Chile Films, por tres días estuvieron quemando “toda película que oliera a izquierdismo o progresismo” (E 151-153).
En Calera, el bien se sitúa en torno a la “patria”, a la que se “salva” de “crimi- nales”. Son “indeseables” de los que se “desconfía”, de los que hay que “sa- near” eliminando los “sindicatos” y la “demagogia”, enfatizando el “trabajo” y la “producción”. Les decían a los soldados que “muchas de las medidas que por desgracia había que tomar se tomaban porque se trataba de criminales. Lo que iban a hacer salvaba la vida de muchos inocentes”. “No piensen en esto sino en la obligación que como soldados de Chile tienen con su patria y sus compatriotas” (E 117-126).

El antisindicalismo es una noción ideológica también notoria. En el Estadio Chile un militar les dice a los detenidos: “Se acabaron los sindicatos, señores, y el desorden. Ahora habrá que trabajar y producir. No más mítines y desfiles (P. 48).En Calera, en la industria Cemento Melón, el coronel Rubén Rodríguez, respondiendo respecto a los sindicatos y a la participación de los trabajadores expresa: “Los sindicatos no tienen nada que ver aquí”, “los trabajadores están en una fábrica para trabajar y no para hacer reuniones. El gobierno se va a encargar de dar la pauta sobre estas cuestiones” (E 117).Cuando dirigentes sindicales van a una comisaría para ver el problema de los despedidos, les responde el Jefe de Plaza: “Si vienen a ver eso y no problemas de producción, les doy medio minuto para que se vayan. No vamos a permitir ningún tipo de demagogia. El problema para ustedes es producir y punto” (E 117, 118).
Otros elementos, en cambio, legitiman al nuevo régimen. Se valora al Partido Nacional, la raza chilena, la patria, Alessandri, la música de “Los Quincheros”, las bandas militares de la Alemania nazi (P. 86).

La ilegitimidad de la tortura

Sin embargo, la legitimación ideológica no es suficiente para justificar la apli- cación de la tortura. Existe una contradicción por cuanto, por un lado, los mi- litares dejan cadáveres acribillados en las calles, trasladan detenidos aparato- samente, etc., es decir, no ocultan ese ejercicio extremo de la violencia, y, por otro, se cuidan de no exhibir los efectos de la tortura. La protegida privacidad cuando se ejerce contra Víctor Jara (E 102 -104, 106-110) y Enrique París (E 145, 146) demuestra que la legitimación que se construye no está inscrita aún en la lógica aceptada para el ejercicio técnico de la violencia, salvo para el pará-metro de normalidad existente en estos recintos. En el Estadio Nacional, al ser interrogado, al detenido le hacen firmar dos papeles: su declaración y un do- cumento según el cual “no ha sido maltratado durante el interrogatorio, no ha sido torturado o presionado de cualquier manera”. “[L]o firman hasta los que salen en camilla” (E 39). En Valparaíso, al hijo del alcalde Sergio Vuskovic “lo torturaron tanto y tan bárbaramente que ahora lo tienen en el Hospital Naval y no permiten que su familia lo vea. Es un joven de 17 años…” (E 133, 134). En Calera, a un detenido le dan un “gran” culatazo en la frente por tratar de “tú” al teniente. “Un mayor lo reprende por ello diciéndole: “¡Cómo se le ocurre!”. “Ese hombre va a quedar marcado para todos los días de su vida. Hagan lo que quieran pero que no queden huellas. ¿Cómo vamos a justificar esto?” (E 121). En el Estadio Chile, los cadáveres muertos en torturas “iban a salir a botarlos a la calle”, según expresa un conscripto (E 31)30.

La unificación

El día del GCM, las calles de la ciudad muestran a los militares un contexto ma- terial de guerra. Se observan trabajadores “tendidos de vientre con las manos en la nuca en el pavimento frente a las fábricas de avenida Vicuña Mackenna. Gritería en una comisaría donde 18 pacos violaban a una muchacha. Un avión picando sobre el Palacio de La Moneda. Cristales cortados por una ráfaga de balas cayendo en cortina de hielo sin ruido encima de una grabadora en un estudio de la radio. Una mujer con un pie enyesado muerta boca abajo en calle Huérfanos. Las butacas verdes y azules del Estadio Chile ocupadas por hombres callados mirando fijo ante sí. Cuerpos semihundidos en el polvo de yeso dentro de vagones de ferrocarril en Puente Alto. Puertas derribadas en casas de un piso en San Miguel… Libros amontonados en Plaza Italia ardien- do y esparciendo cenizas. Columnas de hombres amarrados avanzando de noche por calle Bandera. Soldados pateando liceanas en Alameda. Multitud arrancando por San Diego de un jeep que les dispara por la espalda. Árbol de humo iluminado por el fuego desde abajo. Cadáveres en la escala central de la Intendencia de Santiago. Patadas de uniformados a prisioneros atados del cuello en el Ministerio de Defensa. Sangre coagulada en los adoquines del Regimiento Tacna. Camión militar botando muertos en la Panamericana Sur.Yataganes cortando cabelleras femeninas. Ciudad patrullada por el ejército ocupante: saqueo, robo, fuego, balacera” (P. 92). Ello, acentúa en los militares la percepción de encontrarse en medio de una guerra. Las categorías esta- ban claras: se está con el nuevo régimen o con el anterior. Así, sin posibilidad de instalar una razón más amplia, especialmente en la tropa, centrados en el miedo y en la sobrevivencia, se transita de una lealtad de un régimen extinto a uno nuevo que, si bien aún no fija sus contornos ideológicos plenamente, sí lo hace con aquellos de orden militar. Un mes más tarde, se ha construido una legitimidad que les permite temer menos al “enemigo” en la que ya era una “guerra” exitosa, así como disponer de una nueva técnica para aplicar violen- cia, legitimada por las elites. La diversidad de violencias ejercidas, la de las elites planificadoras y la de los restantes militares, se va unificando y, en parte, atenuando. Se estabilizan nuevos parámetros de violencia. Es posible que, a mediados de octubre, este umbral de extrema agresión, de “barbarie”, decre- ciera, entre otros motivos porque el supuesto enemigo jamás apareció, lo que deslegitimó el ejercicio de la violencia excesiva, o porque fue más controlado por los mandos, o por sus costos políticos internacionales. El relativo vacío de poder inicial había culminado. El Ejército comenzaba a imponer su hegemonía a las restantes ramas de las Fuerzas Armadas y también al interior de sus filas. Las tareas propiamente de gobierno se imponían.

Se iniciaba la otra “reconstrucción” del país, fundamentalmente económica e institucional, la etapa “fundacional”. El régimen se inscribía en el conflicto generado por el dilema de decidir entre imponer un sentido restaurador o uno fundacional. El primero exige como estrategia la “pacificación represiva” en un tiempo corto. El fundacional, la necesidad de una revolución, lo que lleva a generar dinámicas ideológicas de legitimación intensas. Esta opción no surgió con el GCM, lo que significa que “no logró los niveles de articulación práctica e ideológica del bloque golpista amplio y heterogéneo” porque, aun cuando en “el discurso que había caracterizado la lucha contra la Unidad Popular fueron los temas restauradores organizados en el haz democracia-libertad-legalidad” (por ejemplo, la necesidad de un gobierno fuerte), y éste constituía la aspira- ción ideológica de la mayor parte de los grupos de Derecha, esta propuesta carecía de eficacia cultural para enfrentarla porque no podía estar en el cen- tro de un discurso de masas. Por ello, el discurso, las primeras semanas del régimen, hizo referencia al pasado reciente, lo ocurrido en la Unidad Popular, predominando el sentido restaurador, reiterándolo en “todas las declaraciones y documentos oficiales, con gran despliegue publicitario. Los primeros bandos y discursos oficiales evidencian el carácter restaurador, planteando la perma- nencia transitoria de los militares en el poder, sin cuestionar el sistema político anterior a 1973. Sin embargo, el régimen naciente es percibido por grupos de Derecha no con un carácter transitorio sino fundacional, lo que será difundido a través de la revista “Qué Pasa” y el diario “El Mercurio”31. El gremialismo comenzaba a permear decisivamente al régimen.

CONCLUSIÓN

Si se percibe la existencia de una legitimación como “ideología formal” antes del GCM, en general, especialmente en la tropa, esta no genera elementos funcionales para realizar una “guerra” contra sus partidarios. Por ello, estos deben ser generados y/o manipulados, posiblemente por los mismos oficiales planificadores del GCM o por quienes imponen una temprana hegemonía. Al respecto, la producción de miedo es de central importancia, pues la existencia de restos de ideologías “formales” en los militares, al proyectarse a una situa- ción factual de poder donde intencionadamente se genera un descontrol, es afectada por una serie de elementos a-racionales como dolores, enojos, etc., que pueden afectarlas, transformándolas en “ideología total”, más inserta en el contexto de “guerra”, más inestable en el tiempo y, por lo mismo, susceptible de ser modificada. Es un “espacio ideológico” en que su contenido, “verdade- ro o falso”, es funcional respecto de alguna relación de dominación social de un modo no transparente32. Es el sino de la legitimación que se construye.

Para el militar individual, inicialmente, es posible que el tráfago de aconteci- mientos impida una racionalización con sosiego de cuanto ocurre. Por momen- tos, la racionalidad del instinto ha desplazado en gran medida a la de la “ideo- logía formal”. Actúa en el manejo del poder, en el momento mismo de una ne- cesidad límite. Es la presencia de un nivel racional más sutil, más rápido y más preciso, una suerte de in-sigh excepcional que incorpora, junto a los elementos racionales de cálculo, otros a-racionales como el miedo, el dolor o el enojo. No son proyectados necesariamente en base a un procedimiento técnico, pues no son razonados sistemáticamente, o lo son en función de otros factores que no constituyen una doctrina de pensamiento. Configuran otra racionalidad de poder, con grados distintos de inserción en el tiempo y, por lo tanto, de certi- dumbre en el manejo de determinadas situaciones. A ratos, irrumpen impen- sadamente perturbando los diseños más racionales de control, propios de las necesidades técnicas de la guerra contrasubversiva. Con lo mencionado, nos adentramos en el biopoder como elemento central para establecer la legitimación. Esta inclusión de la corporalidad humana en los mecanismos de los cálculos de poder individual no es pulcra en su mani- festación. Aquí, el carácter de este tipo de legitimación a-racional depende de las capacidades personales para absorber dolor psíquico y físico, del arraigo que en el individuo tengan los elementos de la “ideología formal” que porte y de la duración y del grado de la violencia ejercida o padecida para exteriori- zar la “ideología total”. Es, por lo tanto, variable, pero ocurre en un estado de “guerra” que, psíquicamente, permite la conformación concreta de un Estado militar que opera en función de ello. Inmerso en este contexto, en parte mani- pulado, el militar, especial, pero no únicamente, de tropa, en sus acciones de guerra, en medio de la rapidez de los acontecimientos, experimenta una sen- sualidad distinta y desconocida que impone el desarrollo de un biopoder le- gitimador para sobrevivir psíquica y físicamente al nuevo escenario de poder. Debe adaptarse y legitimar la nueva dimensión soberana del Estado militar en curso que, en su desplazamiento genocida, inmoviliza y cierra casi todas las posibilidades de disenso a sus tareas.

Percibimos la instrumentalización de un sentimiento, el miedo por parte del Estado militar sobre una determinada población, los militares, entre otros, es decir, la proyección de una biopolítica. Pero también nos parece que estamos en presencia de un desarrollo que va más allá de la dicotomía Estado-sociedad porque, con ella incluida –pues se procura imponer un orden y una disciplina–, lo que se genera en el caso en estudio es, además, una economía política pro- veniente de la vida misma en general, que actúa ante el Estado militar sobe- rano como un conjunto de biopoderes individuales –situados en el lenguaje, en los cuerpos, en los sentimientos, según vimos– que produciendo en cierta medida un contrapoder mínimo, especialmente el mismo 11 de septiembre y los días inmediatos, se inclina prontamente a favor de la biopolítica estatal. Esta inicial producción de subjetividad es posible principalmente porque las le- gitimaciones existentes operaban en no poca medida en una dirección distinta a la que el GCM requería, si bien factualmente los acontecimientos generados durante el gobierno de la Unidad Popular habían producido tensiones en las percepciones de no pocos militares, incluso de tropa.

Por supuesto, la elite militar planificadora del GCM, aunque no únicamente ella, escapa a este proceso, lo que no significa que sus ideologías formales no fueran afectadas por las a-racionalidades en juego o que no existieran di- sensos en este grupo33. Son, sin embargo, por el poder que poseían, quienes mayormente tuvieron la posibilidad de elegir con mayor libertad si aplicar o no el ejercicio de la violencia extrema como dispositivo de poder principal en sus tareas militares. A diferencia de los restantes militares, su proceso legitimador estaba con anterioridad total o parcialmente construido, pues los miedos fun- cionales para que ello ocurriera ya estaban conformados. Sustentado en una ideología formal menos dispersa, antes ya concretamente proyectada contra la Unidad Popular y sus escenarios, esta se constituyó en funcional para reali- zar la “guerra restauradora” del Golpe Cívico-Militar y, sobre todo, transcurri- dos unos días, a la que se transformaría en una “guerra fundacional”, vinculada en sus objetivos a la Derecha política y sustentada en la reinterpretación de la Doctrina de Seguridad Nacional que se va imponiendo.

FUENTES

100 Primeros Decretos Leyes Dictados por la Junta de Gobierno de la República de Chile. Editorial Jurídica, Santiago, 1973.
Carrasco, Rolando, Prigué. Moscú, 1977; Santiago, Ediciones Aquí y Ahora, 1991. Villegas, Sergio, El Estadio, Buenos Aires, 1974. Santiago, Editorial Periodística Emisión,
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BIBLIOGRAFÍA

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Bauman, Zygmunt, Miedo Líquido. Buenos Aires, Paidós, 2007. Biedermann, Niels, “El Sueño de la Memoria”. Zerán, Faride (ed.). Encuentros con la Me-
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Cristi, Renato. La Síntesis Conservadora de los años 70. Cristi, Renato y Ruiz,
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Epple, Juan, El Arte de Recordar. Santiago, Mosquito Editores, 1994.
Halliday, Michael, El Lenguaje como semiótica social. La interpretación del lenguaje y del significado. Bogotá, FCE, 1994.

1 La presente investigación forma parte del Proyecto Fondecyt N° 11110460, titulado “Miedo, Legitimación y Poder. Chile, 1973- 1980”.

2 La legitimación es la defensa para justificar acciones pasadas o presentes que podrían ser criticadas por otros; es decir, es un acto social que se lleva a cabo por medio de un texto en una dimensión interactiva, como una respuesta discursiva a un desafío a la propia legiti- midad. Van Dijk, Teun, Ideología. Una Aproximación Multidisciplinaria. Barcelona, Editorial Gedisa, 1999, pp. 318 – 327.

3 En adelante, GCM. La rápida ruptura del orden político que se produjo el 11 de septiembre de 1973, realizada por medio de una violencia extrema, lleva a visualizar la ejecución de un “golpe de fuerza”. Es cívico-militar porque, si bien la instancia final de ejecución fue ma- yormente militar, las condiciones previas de ingobernabilidad funcionales para ello fueron preparadas por civiles, principalmente de la Derecha política, apoyados por Estados Unidos y Brasil.

4 “Miedo es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia respecto a la amenaza y a lo que hay que hacer -a lo que puede y no puede hacerse- para detenerla en seco, o para combatirla, si pararla es algo que está más allá de nuestro alcance”. Bauman, Zygmunt, Miedo Líquido. Buenos Aires, Paidós, 2007, p. 10. Para G. Kessler, el entramado de representaciones, discursos, emociones, y acciones se traduce en la existencia de un “sentimiento de inseguridad”, del cual formaría parte el miedo. Kessler, Gabriel, El senti- miento de inseguridad. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2009, p. 35.

5 Carrasco, Rolando, Prigué. Moscú-Santiago, Ediciones Aquí y Ahora, 1977-1991. Será ci- tado en el texto como “P”. Villegas, Sergio, El Estadio. Buenos Aires-Santiago, Editorial Periodística Emisión, S.A., 1974-1991. Será citado en el texto como “E”.

6 Wodak, Ruth, Métodos de Análisis Crítico del Discurso. Barcelona. Editorial Gedisa, 2003, pp. 17-21.

7 Braudel, Fernand, Las Ambiciones de la Historia. Barcelona, Editorial Crítica, 2002, pp. 24- 27.

8 Halliday, Michael, El Lenguaje como semiótica social. La interpretación del lenguaje y del significado. Bogotá, FCE, 1994, pp. 42-43.
Le Goff, Jacques, Chartier, Roger y Revel, Jacques, La Nueva Historia. Bilbao, Editorial Mensajero, 1988.

9 Le Goff, Jacques, Chartier, Roger y Revel, Jacques, La Nueva Historia. Bilbao, Editorial Mensajero, 1988.

10 Jäger, Siegfried, “Discurso y conocimiento: aspectos teóricos y metodológicos de la crítica del discurso y del análisis de dispositivos”. Wodak, Ruth. Métodos de Análisis Crítico del Discurso. Barcelona. Editorial Gedisa. 2003.

11 Epple, Juan, El Arte de Recordar. Santiago, Mosquito Editores, 1994, pp. 15, 16, 43, 44 y 47.

12 Ricoeur, Paul, La Memoria, la Historia, el Olvido. Barcelona, Alianza Editorial, 1992, pp. 13 – 14.

13 Correa, Sofía, “Vivir con Memoria”. Zerán, Faride (ed.). Encuentros con la Memoria. Santia- go. LOM Ediciones. 2004. p. 60

14 Le Goff, Jacques, El Orden de la Memoria. Barcelona, Ediciones Paidós, 1991, pp. 131 – 32.

15 Elizabeth Lira expresa que la psicobiología de la memoria nos indica que el recordar y el ol- vidar es el resultado de una red de conexiones estructuralmente análoga en todos los seres humanos, pero diversa y diferenciada en cada uno, no solamente en la selección de lo que se recuerda sino también en como se recuerda (con imágenes, olores, impresiones, emo- ciones, detalles o sentimientos gruesos que apuntan al significado de la experiencia y que queda fijado como una condensación individual). La clave de estas miles de operaciones es la vida, es la sobrevivencia, especialmente en situaciones críticas, de amenaza de muerte y destrucción. Lira, Elizabeth, “Algunas Reflexiones Sobre Memoria y Psicología”. Zerán, Faride (ed.). Encuentros con la Memoria. Santiago. LOM Ediciones. 2004. pp. 74 y 76.

16 Se trata, en el fondo, de un proceso psíquico centrado en una economía del dolor, porque el recuerdo de eventos traumáticos puede ser aterrador, pero resulta mucho más aterrador si no se le da forma concreta en la memoria. Biedermann, Niels, “El Sueño de la Memoria”. Zerán, Faride (ed.). Encuentros con la Memoria. Santiago. LOM Ediciones. 2004. p. 98, más aun en el período estudiado, donde el miedo es directamente proporcional al horror de lo vivido. Verdugo, Patricia, “Para No Olvidar: (Re) leer la Memoria”. Zerán, Faride (ed.). En- cuentros con la Memoria. Santiago. LOM Ediciones. 2004. p. 51.

17 Le Goff, El Orden de la Memoria. p. 133. En una situación traumática como la estudiada me parece que ello se acentúa, pues aquí se reconocen memorias vívidas, intensas e imborra- bles, ligadas a la percepción de una amenaza de muerte, produciéndose alteraciones en los circuitos psicobiológicos, razón por la que la mayor parte de las funciones cerebrales al servicio de esta sobrevivencia tienen que ver con el presente y el futuro y no con el pasado. Lira, “Algunas Reflexiones Sobre Memoria y Psicología”. p. 75.

18 Al respecto, un análisis detallado se encuentra en Szczaranski, Clara, Culpabilidades y san- ciones en crímenes contra los derechos humanos. Otra clase de delitos. Santiago, F.C.E., 2004, pp. 93 – 104.

19 Huneeus, Carlos, El Régimen de Pinochet. Santiago, Editorial Sudamericana, 2000, pp. 117, 79, 82, 86, 87, 94 y 95.

20 Barros, Robert, La Junta Militar. Pinochet y la Constitución de 1980. Santiago, Editorial Sudamericana, 2005, p. 68.

21 100 Primeros Decretos Leyes Dictados por la Junta de Gobierno de la República de Chile. Santiago. Editorial Jurídica. 1973. pp. 6 – 21.

22 Ver: Magasich, Jorge, Los que dijeron “no”. Historia del movimiento de los marinos anti- golpistas de 1973. Tomos I y II. Santiago, LOM Ediciones, 2008.

23 Federico Willoughby, asesor de la Junta Militar, afirma: “Yo creo en la tesis del amedren- tamiento. Hay mentalidad constante en la acción de violencia del régimen militar chileno que no está apuntada al crimen idiota, al crimen por matar (creo que la mentalidad predo- minante es que, por vía del crimen, se pueden evitar muchos crímenes, porque atemorizas a otros). Eso es visible, es parte de la filosofía del golpe. Se le dice a la gente, “¡aquí, el que se resista va a recibir castigo aéreo y terrestre!”. Marras, Sergio, Confesiones. Santiago, Ediciones del Ornitorrinco, 1988, pp. 21 y 22.

24 Ver nota 5.

25 Ver nota 5.

26 Pienso en la palabra “barbarie” para describir, en el contexto de estudio, un hecho concre- to: cuando el militar profesional, experto en el uso sistemático y racional de la violencia, excede su uso en el cumplimiento de sus objetivos militares. Si bien las tareas que se ejer- cen en ese período son por ellos justificadas argumentando la existencia de un estado de guerra, los tratados internacionales que las regulan son vulnerados, lo que confirma que los excesos que van más allá de la técnica militar sobrepasan la ética militar de tiempos de guerra.

27 Ver los detalles en el Anexo I de nuestro estudio Violencia de texto, violencia de contexto. Historiografía y literatura testimonial. Chile, 1973. Santiago, Centro de Investigaciones Ba- rros Arana-Ediciones Universidad Católica Silva Henríquez, 2008, pp. 173 -178.

28 Ibíd., pp. 178 – 183.

29 Establezco dos distinciones. Una es la ideología que llamaré “formal”, aquella que denota un cuerpo sistematizado de conocimientos o teoría o doctrina acerca de la sociedad o his- toria. Al operar en una situación factual de poder, es afectada por una serie de elementos a- racionales como los miedos, dolores, etc., que pueden modificarla. Entonces, en la acción, ya hablo de “ideología total”.

30 En algunos casos, la tortura no se oculta. En la UTE fue prácticamente pública: los golpes, los cigarrillos que les apagaban en las manos, los dedos retorcidos con alambres (E 169, 170).

31 Vergara, Pilar, Auge y caída del neoliberalismo. Santiago, FLACSO, 1985, pp. 18 y 19. Tam- bién en Ruiz, Carlos, “El Conservantismo como Ideología.Corporativismo y Neoliberalismo en las Revistas Teóricas de la Derecha Chilena” y en Cristi, Renato “La Síntesis Conservado- ra de los años ‘70”. En: Cristi, Renato y Ruiz, Carlos. El Pensamiento Conservador en Chile. Santiago, Editorial Universitaria.1992. pp. 103 – 139.

32 Zizek, Slavoj, “El Espectro de la Ideología”. Zizek, Slavoj (comp.). Ideología. Un mapa de la cuestión. Buenos Aires. F.C.E. 2008. p. 15.

33 Ver nuestro trabajo El Factor Pinochet. Dispositivos de poder-legitimación-elites. Chile.

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