El rol secreto de EE.UU en el triunfo del NO. y los sucesivos gobiernos de la Concertación/ Nueva Mayoria

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Lo que se pierde en el artículo (y otros) es el gran cuadro. Chile era y continúa siendo una pieza central en el tablero de ajedrez latinoamericano desde el punto de vista de de la política exterior estadounidense. De hecho, una pieza en extremo importante en el cono sur latinoamericano.
Esto da para mucho, pero en breve, en los años 1960’s teníamos un cuadro de movimientos político-sociales que amenazaba la influencia e intereses de la política económica estadounidense en América Latina, algunos con fuerte preparación militar, como los Tupamaros y los Montoneros.
En este contexto se materializa el movimiento de la Unidad Popular con su vía pacífica hacia el socialismo. Nada de esto era tolerable para EE.UU. La respuesta son los golpes de estado y la instalación de las dictaduras militares que barren cruentamente con “el enemigo interno” según lo entiende la doctrina de la “seguridad nacional”, en la cual EE.UU. había entrenado debidamente a las FF.AA. latinoamericanas, convirtiéndolas en verdaderos ejércitos de ocupación interna –una doctrina que se remonta por lo menos a los años de Kennedy cuando la intervención militar y política directa ya no se hizo posible.
En este contexto global latinoamericano, la Operación o Plan Cóndor es una consecuencia lógica y natural. Nada extraño. Una vez hecha la “limpieza” necesaria, se procede a establecer el orden social y económico imperante en América Latina. Sin embargo, todo no está bajo control y a los militares argentinos se les ocurre tomarse Las Malvinas para embarcar a la ciudadanía –que de hecho se embarca transversalmente– en un proyecto de unidad nacional y como elemento distractor de la grave situación económica interna. Las consecuencias son conocidas y el papel solapado de ayuda a las fuerzas británicas por parte de la dictadura chilena no es casual.
Eventualmente, los militares argentinos caen en una derrota que no les permite levantar cabeza política y comienza la democratización argentina. Las FF.AA. argentinas están políticamente aniquiladas y resulta imposible para EE.UU. volver a recurrir a ellas en caso de ser necesario.
Mientras tanto, en Chile se instala exitosamente el modelo neoliberal (entre paréntesis, fuertemente subsidiado en todo lo social con los ingresos estatales del cobre, lo que no tiene nada de neoliberal) y se hace necesario evitar una caída de la dictadura. La razón es simple. Tal caída podría tener consecuencias de desprestigio político para la clase militar chilena similares a las que afectan a la argentina. Lo que importa es la preservación de lo construido y se promueve la transición a la democracia chilena en la cual EE.UU. juega el papel que aborda el artículo en comento.
Sin embargo, la historia no termina aquí pues continúa con el apoyo estadounidense a los gobiernos chilenos de post-dictadura que afincan y profundizan el modelo económico establecido por lo dictadura.
En paralelo, en otros países latinoamericanos surgen gobiernos que tienden a romper, o por lo menos a desafiar, el estatus quo de dependencia norteamericana, como el de los Kirchener en Argentina, el de Morales en Bolivia, el de Correa en Ecuador, el de Ortega (renovado) en Nicaragua, el de Chávez (y su actual sucesor) en Venezuela y el eterno problema del gobierno cubano para EE.UU.  Dado este cuadro, es necesario catapultar a Chile como el modelo a seguir para contrarrestar las políticas disidentes a la política global estadounidense de estos gobiernos. Nada mejor para ello que privilegiar a quien ha sido más obsecuente a dicha política global, la hoy ex-Presidenta Bachelet. Ver al respecto y como botón de muestra, el artículo relativo a Campiche publicado en la edición de El Mostrador que también publica el artículo en comento. Bachelet termina su gobierno y se la saca del país y de la política chilena contingente a un cargo de dedodesignación en la ONU, de modo que según como vaya todo con el gobierno de Piñera, pueda eventualmente regresar para servir de catalizadora en el marco de la geopolítica que propicia EE.UU.

Archivos secretos: el rol de Estados Unidos en el triunfo del NO

El Mostrador

por 

La administración Reagan tradujo su retórica en acción: aprobó el financiamiento por el Congreso de la National Endowment for Democracy de un millón de dólares para que, junto al National Democratic Institute for International Affairs, apoyase financieramente a la oposición chilena y enviase observadores para vigilar el plebiscito.

A 25 años de la victoria del NO contra la dictadura de Pinochet cabe recordar el papel que jugó Estados Unidos respecto al plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Sabemos que Estados Unidos estuvo metido en la política interna de Chile, especialmente a partir de los años 60, cuando intentó impedir que Salvador Allende llegara al poder. Después, Washington intervino para hacer fracasar la Presidencia de Allende. En 1973, los Estados Unidos apoyaron el Golpe militar, y luego la instalación de la dictadura en Chile.

Se ha escrito extensamente sobre la intervención estadounidense bajo la administración de Richard Nixon y su consejero Henry Kissinger. Esta injerencia ha sido ampliamente comprobada tras la desclasificación de decenas de miles de documentos. Peter Kornbluh fue el instigador de la campaña para desclasificar la documentación oficial. Su libro Pinochet: los archivos secretosentrega mayores luces sobre la historia secreta del apoyo del gobierno de los Estados Unidos a la dictadura de Pinochet.

Nos preguntamos si también ocurrió algo similar respecto al fin de la dictadura. ¿Intervino Estados Unidos, bajo la administración de Ronald Reagan, para poner fin a la dictadura e incentivar un retorno a la democracia en Chile? Se ha escrito poco sobre la materia, por lo que hemos recurrido a los documentos desclasificados para encontrar respuestas.

Se trata del mismo Reagan que en 1981 consideraba a Pinochet como un aliado contra el comunismo, con el cual había que tener relaciones cálidas. Hubo una evolución progresiva de la política de la administración Reagan, que en sus comienzos consistió en la utilización de la “diplomacia silenciosa” para incentivar a la dictadura chilena y a la oposición a dialogar. Esa política inicial se inscribía en el contexto de la Guerra Fría y estaba dominada por el temor que la dictadura de Pinochet desembocase en una revolución marxista. Heraldo Muñoz y Carlos Portales han escrito extensamente sobre el tema, cabe destacar su libroUna amistad esquiva: las relaciones de Estados Unidos y Chile.

Los informantes de los servicios de espionaje estadounidenses en los altos rangos del Ejército chileno dieron detalles adicionales sobre el tema. El gobierno de Reagan pudo así actuar de manera rápida y decisiva para enfrentar esas amenazas. Entre bastidores, el director de operaciones de la CIA recibió la instrucción de disuadir a los agentes de la CNI que emprendieran acciones violentas. A su vez, los oficiales del Comando Sur incitaron a sus contactos en el ejército chileno a permitir un desarrollo armónico del plebiscito y respetar el resultado (“Conversation with General Sinclair”, 1988-10-05).

Sin embargo, la política de acercamiento llevada a cabo durante los dos primeros años de la administración Reagan fue revisada posteriormente. Luego fue ajustada a partir de la reelección del presidente estadounidense en 1985. Finalmente se llegó a una táctica de presión sobre Pinochet, a objeto de apoyar los derechos humanos y de promover el retorno a la democracia en Chile.

Este cambio de enfoque se debió, en gran medida, al Secretario de Estado, George Shultz y al Secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, Elliott Abrams. Por su parte, el embajador Harry Barnes fue un defensor de los derechos humanos elocuente y visible desde su llegada a Chile. De hecho, cuando presentó sus cartas credenciales, le dijo a Pinochet:

“Me alegra saber que tendré la oportunidad de observar directamente el proceso de establecimiento de instituciones democráticas estables y permanentes en Chile, un proceso que el pueblo de mi país saluda y apoya cálidamente” (“Goals and Objectives”, For Ambassador Harry Barnes from the Secretary, Secret, 04 Dec 85).

No obstante, cabe mencionar la lentitud de la evolución hacia el apoyo a los derechos humanos y, particularmente, a la transición a la democracia en Chile. De hecho, ese apoyo era al comienzo más bien retórico, y sólo es a partir de 1987 que Estados Unidos ejerció una verdadera presión sobre la dictadura de Pinochet con el fin de que Chile volviese a la democracia en 1990.

Esa presión fue cada vez más fuerte a medida que el plebiscito se acercaba. Washington apoyó la condena de Chile en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, se abstuvo respecto a los créditos en las instituciones internacionales y emitió sanciones comerciales contra Santiago.

La administración Reagan tradujo su retórica en acción: aprobó el financiamiento por el Congreso de la National Endowment for Democracy de un millón de dólares para que, junto al National Democratic Institute for International Affairs, apoyase financieramente a la oposición chilena y enviase observadores para vigilar el plebiscito.

Las iniciativas más importantes desarrolladas por Washington durante los días previos al plebiscito fueron, sin duda, las operaciones diplomáticas y secretas. Éstas apuntaban a sacar a la luz los planes de Pinochet de anular el plebiscito o de manipular el resultado (“Situation Report”, From: CIA, 1988-10-05, Secret). De esa manera, Washington exhortó al general a que no intentara impedir la elección o interviniera en el recuento de votos.

“Sabemos, por informes serios de los servicios de inteligencia, que algunos miembros de la clase militar chilena pueden, sirviéndose del pretexto de la violencia, intentar anular el plebiscito que se desarrollará el miércoles, en el caso que pareciera que Pinochet estuviera perdiendo” (“Chile–Trying to Deter Possible Government Action to Suspend or Nullify Plebiscite”, From: State, 1988-10-01, Secret).

Para dar resonancia a su advertencia, Washington envió a sus propios observadores para vigilar el proceso electoral (“Chilean Plebiscite: SITREP Ten”, From: Santiago, 1988-10-03, Secret). Las investigaciones de la CIA y de la DIA (Defense Intelligence Agency) entregaron lo que el embajador Barnes describió como “indicios claros de la determinación de Pinochet a emplear la violencia necesaria para mantenerse en el poder” (“Pinochet Determination to Use Violence on Whatever Scale is Necessary”, From: Barnes, 1988-10-01, Secret).

La tarde del 3 de octubre, el presidente Reagan fue informado de las intenciones de Pinochet, así como de las acciones de Estados Unidos dirigidas a pararlo (“Presidential Evening Reading”, 1988-10-03). El Secretario de Estado interino, John Whitehead, convocó al embajador chileno para manifestarle su preocupación respecto a los rumores sobre la intención de perturbar y de anular el plebiscito. Whitehead le señaló a Hernán Felipe Errázuriz el fuerte deseo del gobierno de los Estados Unidos que “el plebiscito se desarrolle como previsto” (“Acting Secretary’s Meeting with Ambassador Errázuriz –10/2/88”, From: State, 1988-10-04, Secret). Asimismo, la Embajada de los Estados Unidos había recibido informaciones verosímiles sobre un plan que apuntaba a perturbar el proceso electoral y buscó, mediante una declaración pública, disuadir a la dictadura de ejecutar ese plan (“Chile Government Contingency Plans” [To Disrupt Plebiscite], From: Defense Intelligence Agency, 1988-10-04, Top Secret).

Por su parte, los informantes de los servicios de espionaje estadounidenses en los altos rangos del ejército chileno dieron detalles adicionales sobre el tema. El gobierno de Reagan pudo así actuar de manera rápida y decisiva para enfrentar esas amenazas. Entre bastidores, el director de operaciones de la CIA recibió la instrucción de disuadir a los agentes de la CNI que emprendieran acciones violentas. A su vez, los oficiales del Comando Sur incitaron a sus contactos en el ejército chileno a permitir un desarrollo armónico del plebiscito y respetar el resultado (“Conversation with General Sinclair”, 1988-10-05).

El 5 de octubre de 1988, 55 % de la población rechazó renovar el mandato de Pinochet. El general debió aceptar los resultados. En realidad, no tenía ninguna opción: algunos elementos al interior de las Fuerzas Armadas habían indicado que respetarían el voto popular, incluso si Pinochet no lo hacía. De hecho, el general Fernando Matthei anunció públicamente los resultados de la elección. Sin el apoyo de la junta para anular el voto a favor del NO, Pinochet estuvo obligado a aceptar el veredicto del plebiscito.

El 5 de octubre de 1988 fue un día histórico para los chilenos y para las relaciones entre Chile y Estados Unidos.

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