Hijos desaparecidos en dictadura: Algunos de esos niños no alcanzaron a ver la luz del día. Tres historias, una tragedia

foto_0420151002184723Por Mario López M.

 CMBIO 21

Una herida abierta la constituye la desaparición en dictadura de más de 1.200 compatriotas cuyo paradero aún se ignora. Pero donde esa llaga sangra con más fuerza es en el caso de aquellas mujeres que llevaban un hijo en sus vientres o en sus brazos al momento de ser secuestrados.

Un destino dispar

Esta es la historia de tres mujeres chilenas, con distintos resultados pero que encarnan un solo martirio. Lo que hoy se conoce de estos casos es producto de largas búsquedas de familiares, muchas veces en soledad o solo contando con el apoyo de otras víctimas, lo que lo ha transformado en un doloroso peregrinar que permanece entre sombras, como si nadie en este país lo quisiera ver… Hoy, en algunos casos, se ha determinado que por sus cortos meses de gestación y por la certeza de la muerte temprana de sus madres a manos de agentes de la dictadura, aquellos niños también murieron.

Otras, sin embargo, tenían avanzado estado de gravidez y se cree que aquellos niños sí nacieron y fueron secuestrados. Existe en Argentina un antecedente que une a Chile en casos concretos de niños recuperados luego de muchos años. Sin embargo, aún existen muchos que no han sido encontrados y cuyo destino se ignora. ¿Dónde están?

Reinalda Pereira: Ni la muerte los separó

Jorgelino Vergara, el “El Mocito”, quien fuera el muchacho que cuidara del jefe de la DINA Manuel Contreras y que luego se convirtiera en agente, confesó a Cambio21 el caso de una mujer que pasó por el cuartel secreto de calle Simón Bolívar: “Recuerdo a Reinalda Pereira, estaba embarazada, eso lo sabían los agentes y quienes la torturaron, tenía unos 6 meses de embarazo esa pobre mujer, la mataron a golpes, esos fueron Lawrence y Barriga, ellos siempre supieron que estaba embarazada y con más fuerza la pateaban”, confesó con la vista clavada al suelo.

Reinalda tenía 29 años al momento de su detención y estaba embarazada. Militante comunista, tecnóloga médico, fue secuestrada el 15 de diciembre de 1976. Los criminales a que se refiere el “Mocito”, son el entonces capitán de Ejército Jorge Barriga (se suicidó) y el teniente de Carabineros Ricardo Lawrence -fugado de la justicia-.

“A esa mujer la torturaron brutalmente, y ella clamaba para que pararan porque decía que estaba embarazada. La teniente Calderón chequeó que eso era efectivo, pero igual el capitán Barriga siguió con las torturas y la corriente. Estaba en muy mal estado y empezó a pedir que la mataran. Lawrence fue a buscar una sartén y la golpeó. Al mismo tiempo, Barriga efectuaba simulacros de ejecución con una pistola vacía sobre su sien. Murió unas tres horas después, en el gimnasio del cuartel. La teniente Calderón le inyectó cianuro en la vena para asegurar su muerte”, relató el mocito.

“Ellos veían como la bebe se movía en su vientre”…

“La molieron a golpes”, murmuró el Mocito. Reinalda había sido trasladada desde otro centro de detención, donde ya había sido cruelmente torturada. “Recuerde usted que a ese cuartel llegaban los detenidos que iban al último estruje y después chao –Jorgelino hace un rápido ademán con su mano pasándola sobre su cuello-, impactaba ver como dejaban los cuerpos destrozados en el suelo, desnudos, a veces todavía moribundos”. Así asesinaron a esta madre y a su hijo, que supo de la muerte antes de ver la vida.

El Ministerio del Interior de la época respondió que Reinalda había salido del país hacia Argentina en diciembre de 1976. Incluso falsificaron certificados de viaje, emanados del Departamento de Extranjería y Policía Internacional de Investigaciones. Así se consigna en el oficio No 354 del 3 de febrero de 1977, en que se consigna que existe constancia “que doña Reinalda Pereira Plaza, nacionalidad chilena, C.l. No 5.319.316 de Chile, registra el siguiente viaje a contar de diciembre de 1976. SALIDA: 21.1276 Los Libertadores – Argentina”. Ello nunca aconteció. Ya había sido asesinada junto a su hijo.

Lorena Pizarro, Presidenta de la Agrupación de Detenidos Desaparecidos ratifica lo asegurado por el mocito y otras declaraciones judiciales: “Alguna vez se dijo que su guagua había nacido y era un bebé rubio como ella pero hace un tiempo atrás nos enteramos a través de una declaración judicial que Reinalda murió producto de las torturas y minutos después pasó lo mismo con el bebé, el cual ellos podían ver como se movía en su vientre”. Ni su cónyuge, Max Santelices ni su madre Luzmira Plaza Medina, jamás han cesado en su búsqueda. “Tras su deceso, las huellas digitales de Reinalda fueron quemadas con un soplete para dificultar su identificación”, terminaría señalando Jorgelino a Cambio21.

Michelle Peña: Hijo, ¿dónde estás?…

Una bella joven de sólo 27 años, que se encontraba embarazada de 8 meses y medio al momento de su secuestro por la Dina, intentó más de una vez dejar un mensaje acerca de su terrible destino. Una muralla de una celda de Villa Grimaldi fue testigo de letras escritas con sangre que rezaba: “yo estuve aquí, Michelle Peña. Agosto de 1975”, faltaban solo 15 días para que diera a luz. También algunos testigos dieron cuenta de haberla visto o escuchado quejarse. El ejército dijo que la había lanzado al mar… pero nada se ha dicho aún sobre el destino del hijo que llevaba en el vientre…

Cursaba el tercer año de ingeniería en la Universidad Técnica al día 20 de junio de 1975, cuando fue plagiada por agentes de la DINA, en una casa de la calle Tiros 122 en el sector Las Rejas, aproximadamente a las 15.30 hrs. No mucho se supo de su detención ni de su paradero, a pesar del esfuerzo de los escasos familiares que tenía en nuestro país.

Distintos testigos que declararon judicialmente señalan que la vieron en Villa Grimaldi. Uno en especial, Héctor Eduardo Riffo, quien también se encontraba privado de libertad en ese centro clandestino, señaló el 1° de julio de 1975: “a una cabaña vecina ingresaron a dos mujeres detenidas. Escuché sus voces y reconocí la de Michelle, a la que conocía con anterioridad”. La voz de Michelle, como ella misma, era especial, dado su origen español.

De Villa Grimaldi a la eternidad

la última testigo la vio viva, Gladys Díaz Armijo, ex prisionera política, relata que en Villa Grimaldi habló con ella y le dio su nombre. Más tarde, “encontrándome ya en Tres Álamos, varios presos políticos fuimos interrogados por una persona del Comité por la Paz, no sé si era un abogado, quien había entrado en hora de visita y traía ocultas varias fotos de hombres y mujeres. Reconocí sin vacilar a las prisioneras que había visto en Villa Grimaldi. Le di sus nombres, él me dio sus apellidos. No supe que Michelle estaba embarazada al momento de su detención. Cuando la vi, indudablemente ese hijo (ya) había nacido”, remató.

Existe otro antecedente: el sargento 1° y ex enfermero del Ejército de la Brigada de Sanidad de la DINA, Vicente Álvarez, en declaración policial el 6 de junio del 2005, aseguró que “hacia fines de junio (1975) llegó a la Clínica Santa Lucía una mujer, en avanzado estado de gravidez, a punto de dar a luz. Recuerdo que fue atendida por Leyton, Fantuzzi, Bravo o Muñoz, los doctores de la Brigada de Sanidad de la DINA que estaban en la clínica ese día”. Michelle, después de esa visita a la clínica de la DINA habría sido devuelta a Villa Grimaldi. Sólo los secuestradores, torturadores y asesinos conocen toda la verdad. Pero lo único en que todos los testigos están claros, es que ese niño nació.

Su madre, Gregoria, quien tenía en aquella época un local frente a la Fiscalía Militar, indicó a Cambio21 que Michelle fue trasladada antes del parto al Hospital Militar y luego al Hospital de la Fuerza Aérea, en donde habría nacido su hijo: “Yo conocía a muchos de los que allí trabajaban (…) en mi desesperación solicité a uno de ellos (que) me ayudara a buscarla. Días después me informó que Michelle estaba bien y que me mandaba a pedir algunas prendas de vestir y libros, especialmente uno, “Les Fables de la Fontaine”, que solo ella conocía. Ese mismo hombre le informó que Michelle había sido trasladada al Hospital de la FACH porque en el militar no había maternidad.

Por los testimonios judiciales y familiares, es razonable concluir que el hijo de Michelle Peña Herreros nació. Más que eso, que debió nacer los primeros días de julio de 1975, a lo más dos semanas después del secuestro de su madre. Siguiendo lo informado por Gregoria, el niño habría nacido en la maternidad del Hospital de la Fuerza Aérea o de acuerdo a otros testigos, en una Clínica que se asocia a la DINA: Como sea, nunca se investigó acerca de eso.

Buscarita Roa un ejemplo a seguir

El periodista de Cambio21 Óscar Reyes le preguntó a esta abuela de la Plaza de Mayo si conocía el origen de su nombre, la respuesta lo sorprendió: “Nunca (mi padre) me dijo por qué. Con los años descubrí sin querer por qué me llamo así… Mi misión es buscar, buscar y buscar a mi hijo y a mi nuera. Hasta que tenga fuerzas y salud”, respondió.

Buscarita Roa es chilena y nació en Temuco y se ha transformado en uno de los máximos referentes de las Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina. Tiene 77 años y la mitad de su vida la ha dedicado a buscar a su hijo, a su nuera y a la hija de ambos. José Poblete Roa, chileno también y su primogénito, y Gertrudis, su mujer, de nacionalidad argentina. Ambos integran la lista de detenidos desaparecidos de la dictadura trasandina. Su caso remeció a la sociedad de ese país, pues fue la primera abuela que, después de 22 años, recuperó a su nieta.

En Argentina fueron cerca de treinta mil los que murieron o fueron hechos desaparecer a manos de uniformados durante la época de la dictadura trasandina. José, su hijo, había emigrado hacia ese país cuando aún allí existía democracia y en Chile gobernaba su líder, Allende. Deseaba estudiar y recuperarse de un accidente que le había cercenado las piernas. Al poco tiempo le siguió su madre y hermanos. Su espíritu social y político que ya había expresado en nuestro país, se acrecentó en Buenos Aires. Creó la Unión de Lisiados y Cristianos para la Liberación. Ahí, con su liderazgo, los discapacitados argentinos pudieron obtener sillas de ruedas, bastones especiales y tratamiento para sus dolencias.

Esta vez lloró… de emoción

José estudiaba sicología y ya tenía 24 años. Usaba dos prótesis en sus piernas. Su mujer, la argentina Gertrudis Hlaczik, tenía 21 años y cursaba la misma carrera. Tenían una pequeñita de nombre Claudia Victoria. El 28 de Diciembre de 1978 una patrulla de militares y civiles llegó a la casa del matrimonio Poblete-Klaczik y secuestró a José, a Gertrudis y a la guagua, que tenía ocho meses. Fueron llevados a un centro de torturas, El Olimpo, en la zona norte de Buenos Aires.

Los torturadores separaron al bebé de sus padres y pusieron a la pequeña Claudia a disposición de familias de militares argentinos que no podían tener hijos. Su pista se perdió. Allí comenzó el doloroso peregrinar de Buscarita junto a las Madres de Plaza de Mayo. Ese incansable quehacer tuvo sus frutos: un día del año 2000, llegó un dato a la sede de la agrupación: un conserje de un edificio dijo que conocía a un coronel retirado del Ejército que tenía una hija mayor, que él siempre supo que la esposa del militar nunca pudo tener hijos y tampoco la vio embarazada. Los números y fechas calzaban.

Comenzaron la investigación y entablaron acciones judiciales contra el coronel Ceferino Landa. Exigieron contrastar el ADN de la joven de 22 años. Luego de las muestras sanguíneas, le avisaron a Buscarita Roa que habían encontrado a su nieta desaparecida hacía 22 años, a los ocho meses de edad. Buscarita recuerda: “La vi llegar. Yo estaba con otras Abuelas. Y me emocioné. Inmediatamente mi intuición me dijo que era mi nieta, sin saber que era ella la hija de Pepito, mi hijo detenido desaparecido”. Por primera vez en la entrevista, Buscarita lloró emocionada.

“Gracias Abu por buscarme”…

“Fue dramático para ella, a los 22 años, darse cuenta que no era lo que le habían construido, encontrar su verdadera identidad. Que no era hija de esa gente. Que a sus verdaderos padres los habían asesinado y que, probablemente, ese mismo Coronel podría haber tenido participación en la muerte de sus papás…Te puedes imaginar el dolor de ella”, señala Buscarita y vuelve emocionarse y a llorar.

No fue fácil el reencuentro: “Ella no me conocía y obviamente desconfiaba. Con una tía por parte de su mamá, mi nuera, le entregamos un montón de fotos y un paquetito. Y le dije: yo soy tú abuela y lo que necesites, estoy a su disposición. Y me contestó secamente: No necesito nada”, recuerda. Pasaron algunos años, unos cuatro o cinco, para que Claudia y Buscarita se pudieran abrazar, “para que me dijera Abu y se sintiera protegida conmigo (…) “gracias Abu por buscarme y encontrarme”, coronaron en parte su esfuerzo, hoy destinado a saber de su hijo y nuera, una tarea pendiente.

¿Dónde están?

Tres miradas distintas de un mismo drama. Tres heridas abiertas que solo cicatrizarán cuando se conozca toda la verdad. En Chile, no hay conciencia acerca de éstos casos de torturas, desapariciones y los horrores vividos en dictadura. Tampoco se ha dado cobertura por los medios de comunicación a esta clase de situaciones, por lo que no todas las personas conocen la integridad e intensidad de estas tragedias.

Es muy posible que hoy existan jóvenes (mayores ya a estas alturas) que estén viviendo con otra identidad, con otra historia y con gente que no tiene que ver precisamente con sus familias de origen. Lo que es una realidad, es que muchos de sus familiares han partido sin saber del paradero de sus seres queridos.

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