AUDIO | El escalofriante relato de un “ex conscripto” de la dictadura en el Chacotero Sentimental

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SE DESCUBRE LA IDENTIDAD DEL MILITAR CONFESÓ DE CRÍMENES …EN DICTADURA QUE LLAMO AL RUMPY …SU NOMBRE ES GUILLERMO RODRIGO REYES RAMMSY…TAXISTA ..DE LA CIUDAD DE IQUIQUE …DE 62 AÑOS …HOY SE BUSCA SU PARADERO

AUDIO | El escalofriante relato de un “ex conscripto” de la dictadura en el Chacotero Sentimental El hombre, que actualmente trabaja como taxista, confesó asesinatos y algunos de los métodos que usó como ex conscripto de la dictadura de Pinochet para hacer desaparecer cuerpos.

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Desde antes que comenzara el programa, ya había expectación: Roberto Artiagoitía, el Rumpy, había dicho en Twitter que el capítulo de hoy del “Chacotero Sentimental” “dejaría cola”. Pero pocos imaginaban el tenor de la llamada que terminó convirtiéndose en trending topic y que de seguro angustió a muchos radioescuchas.

Se trató de un hombre que dice actualmente trabajar como colectivero y que no reveló su identidad, pero que si contó que durante la dictadura de Pinochet, especificamente los meses posteriores al golpe de 1973, fue conscripto. Y que tuvo que participar en más de una decena de asesinatos: “Participaba de una misión especial y llevábamos varios de estos tipos a la pampa (al desierto) y les pegábamos un tiro en la cabeza”.

“Los dinamitábamos. No están. Están desintegrados. No quedaba nada”, dijo refiriéndose al paradero de los cuerpos. Escucha acá el relato completo.

Desperdicio militar obligatorio
Reyes Rammsy, Guillermo Rodrigo
RUT: 6853915-3

ISBN: 978-956-8142-43-8
editorial:Editorial La Cáfila
categoría:Novelística chilena
año de edición: 2006-08-31
idioma: Español

escucha audio aqui Gentileza de Radio Corazon

DESPERDICIO MILITAR OBLIGATORIO

INTRODUCCION

Esta Historia es real, fue escrita en un lenguaje vulgar y grocero por un hippie marihuanero cuando fue un soldado conscripto de baja cultura y estirpe social donde pase a formar parte del mundo misterioso y desconocido de los militares, donde cumpliendo con mi SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO durante los años 1973 – 1974, durante el golpe militar, fui trasladado en misión de combate, desde Iquique a Santiago, y conocí la lujuria de la vida y lo afrodisiaco de la muerte.
Luego volví al norte, a las pampas salitreras y palpe la maldad humana, para terminar en una misión en el CAMPO DE PRISIONEROS POLÍTICOS del pueblo de PISAGUA, donde sentí toda la gama de emociones del ser humano y el desprecio por la vida humana, cuando los militares y políticos se odiaban a muerte, creyendo que a su manera ambos amaban a su pueblo.

Autor:
“Soldado Hippie Demian”

Hermano-de-ex-militar-asesinoCAFÉ CON LECHE Y PAN CON CHANCHO CHINO

Martes 11 de Septiembre de 1973.

En el Aeropuerto de Cavancha de Iquique, sentado en el avión Hércules de la FACH, escuché la orden del capitán Martus:
-¡Vamos a Santiago!
La orden nos dejó mudos, con una roca en la garganta. Sabíamos lo que estaba pasando en Santiago.
Llegamos a eso de la 01.00 hrs. a.m. a los Cerrillos, al grupo 10 de transporte aéreo. Bajamos cagados de frío y asustados.En esa época, hippies y políticos, iban por distinto camino. Los hippies y su revolución de las flores, querían sólo amor y paz. Los políticos de izquierda con la revolución armada, y los de derecha simplemente se odiaban.
Del aeropuerto, nos llevaron en micros al club de suboficiales, cerca del Parque Cousiño. (Parque O´higgins). En medio de sonidos de balas, en el aire se saboreaba la mala onda que reinaba en la capital, y nosotros, ahí estábamos sin siquiera pedirlo, menos desearlo, obligados a estar en esta situación, sin tener derecho ni a voz, ni voto, sólo les servíamos a los milicos.
Todos estábamos atrapados en la violencia, con el título de “Golpe Militar”.
Me sentía un civil, vestido de milico. ¡Qué mierda! ¡Qué tortura! Para los pelaos.
Fue también una tortura. Fui exiliado de mi ciudad, de mi familia, mis amigos y de mi pololita.
Lo único que me reconfortaba, era pensar en mi amorcito. Lo que me desesperaba, era pensar, que recién comenzaba este golpe, sin saber cuando terminaba, sabiendo lo cuático que son los milicos.
Yo, que siempre creí en el amor y la paz, como buen hippie, ahora la doctrina era “Por la razón o la fuerza”.
Esa noche, nos ordenaron dormir a eso de las 04:00 am, por supuesto, como buenos soldados dentro del saco. incomodos y cagaos de frío, sonidos de balas, más los rumores de que en Santiago, estaba la cagá. No sé si dormí, sólo recuerdo cuando ordenaron levantarse y formados, nos llevaron a Famae, donde entregaron desayuno y consistía en café con leche y pan con chancho chino.
Esa mañana, Santiago estaba nublado, se veía una ciudad aturdida. ¡Claro! Con el medio golpe que había recibido de parte de los milicos, no se podía esperar otra cosa. Era cerca de las 08:00 hrs am. En la calle se veían algunos civiles. Nos miraban sorprendidos.
Los milicos, se invitaron solos a esa cuática, y yo, más que nadie, tenía que hacer el papel de ir a ordenar ese gallinero, cuando toda mi vida he sido terrible de desordenado, en circunstancias, que el año 1972, me habían expulsado de la Escuela Industrial de Iquique, por desordenado y atrevido. Ahora, me prestaba para ordenar el desorden de los señores políticos, los que se habían engrupido a los jóvenes de esa época, con el cuento de la revolución de la lucha armada del pueblo, para luchar contra tu propia gente.
La salvedad de los políticos, era que cualquiera se podía dejar engrupir. Era una volá voluntaria. Los milicos nos utilizaron en forma obligatoria. Para ellos, era una guerra y actuaban como tal.
Para mí, era una re mala onda. No quería estar de esa manera visitando la capital. Ni pensar en desertar, si lo hacía, lo más seguro que me fusilaban. En una guerra a los desertores los matan sin honor. Estaba totalmente anulado, sólo debería actuar como soldado, sintiéndome un hippie.
¡Qué mierda de situación! Todo era una mala onda. Una espesa y repugnante mala onda, simplemente, torturado de día y de noche.
Una vez que tomamos desayuno, ordenaron subir a las micros, acarreándonos a la escuela de Telecomunicaciones. Ahí, nos acomodaron en los dormitorios y también pudimos asearnos, porque andábamos hediondos y patilludos.
Antes de viajar a Santiago, habíamos estado en la Quebrada de Huantajaya (al interior de Iquique). Estábamos resguardando a los camioneros en paro , según ellos, los comunistas les habían prometido que les quemarían los camiones y de pasaíta, los harían cagar con camión y todo, por traidores a la Unidad Popular.

Nosotros, estábamos en ésa, cuando escuchamos la orden de un cabo radio operador, comunicándole al oficial que había caído Roma. Era la clave del golpe militar. El teniente, al recibir la noticia, se transformó. Se puso eufórico, enseguida nos informó, a todos los soldados, la situación que en esos momentos vivía el país. Después se dirigió a los camioneros, comunicándoles, que ahora el gobierno estaba en poder de las F.F. A.A. y les ordenó que deberían bajar inmediatamente a Iquique. Lo dijo de tal forma, que a ningún camionero se le escuchó reclamar. Ellos, en sus radios, ya habían escuchado la cagá que estaba pasando en Santiago y que los milicos no estaban güeviando.Escoltamos los camiones de vuelta a Iquique. Llegamos alrededor de las 16 hrs. En la ciudad no se veía a nadie, empezaba a debutar el toque de queda. Se percibía el miedo, el susto. Se notaba que entre los visillos de las ventanas atisbaba la gente asustada.
Todos, civiles y militares, estábamos inmersos en la mala onda, sin saber cómo y cuándo, iba a terminar la tortura para justos y pecadores.
Pa´ los pelaos, fue más que una tortura, exponiendo la vida en forma obligatoria, y sin fines de lucro. Nunca jamás, quise estar en un golpe militar. Sólo quería salvar mi pellejo.
No pertenecía a esa situación, pero en forma obligatoria, tendría que soportarla para tratar de sobrevivir.

Cuando los camioneros cumplieron la orden, a nosotros nos llevaron a nuestro regimiento de infantería N°5 Carampangue de la VI división de Ejército de Iquique.
Entramos formados, como buenos milicos en el cuartel. Cuando esperábamos irnos a descansar, apareció el capitán Martus, ordenando a los soldados formar. Tendrían otra misión. Para mí fue sorpresa ser elegido, lo cual me hizo sentir bien, sin saber, que ese segundo duraría años torturándome, haciéndome sentir mal.
Después, por las circunstancias, supe que la misión era ir a dejar la cagá a Santiago. Así llegué a Santiago golpeado, sin pedirlo, sin quererlo, sin desearlo, sin ser invitado.Fuimos a cagarle la onda a muchos y también buena onda para muchos, los anti Unidad Popular.
Después que nos aseamos, y con todos nuestros pertrechos de guerra en la Escuela de Telecomunicaciones, inmediatamente nos llevaron a la calle, de a dos soldados de guardia en cada esquina, cubriendo el perímetro de la Escuela de Telecomunicaciones y de la Escuela de Carabineros.
Estaba en la calle Pocuro con Bilbao, cuando un cabo ordenó dirigirme al medio de la calle y desviar el tránsito. Advirtiéndonos que, si alguien no acataba mis órdenes, disparara a matar. Quedé engrupido y asustado, yo era un hippie vestido de milico, casi imploré a Dios, que eso no llegara a pasar. Me reconforté, sabiendo que estaba en el Santiago lindo y casi todos esos güeones, eran anti U.P. Parecía paco vestido de milico. Los automovilistas se sorprendían viendo a los milicos dirigiendo el tráfico.
Pasaron varios minutos y todo seguía muy bien. En una de esas paró un auto con dos mujeres rubias, y una sacó el brazo pasándome una cajetilla de cigarrillos y a la vez, casi gritando dijo:
– Gracias soldados, por habernos salvado de los upelientos. Las dos mujeres se veían super paltonas. Una le dijo a la otra:
– Mira, y tiene los ojitos verdes. Yo no cabía en mi orgullo.
-¿Y de dónde salieron estos militares tan buenos mozos?
Yo, casi al tiro le respondí:
-Somos de Iquique. — Y a la vez le pedí, si por favor, podían llamar a mi familia por teléfono, contándole que estaba en Santiago; en forma inmediata, anotaron el número. Estaba en eso, cuando escuché el grito del cabo, diciendo:
– Haga avanzar ese auto, porque tenis la cagá pa´tras pelao.
Quedé negro delante de las rubias, y no sabía donde meterme. Con el tiempo supe que esas señoras, sí habían llamado a Iquique.
La situación de haber desviado el tránsito, el gesto de las rubias y de muchas personas que pasaban y nos agradecían, y saludaban en buena onda me hacía sentir bien; también pasaban algunos que nos miraban y no decían nada para afuera, y era por su bien; siempre pensé que esos güeones no nos querían ni ver, pero estaban obligados, al igual que yo, a hacerse los güeones.
Varias horas estuve en la calle, desviando el tránsito. Estaba feliz, me creía paco-milico. ¡Qué autoridad la que tenía! Cuando se juntaba mucha gente en la esquina, detenía los vehículos para dar paso a los peatones y, a la vez, mirando especialmente, a las lolitas capitalinas con sus minis y pantalones pata de elefante. ¡Qué ricas las santiaguinas! Casi puras rubiecitas; estaba loco mirando potos que iban y venían. Sin saber como, ni porqué, al hacer avanzar a los autos, uno de ellos, se abalanzó en forma amenazadora y veo, que desde la ventana derecha, sale un brazo con una pistola disparando. No sé como, por instinto, me tiré al suelo, entre asustado y sorprendido; no sé cuántos disparos hizo, pasando a escasos centímetros de mi, cuando quise reaccionar, ya no había auto ni nada. Estaba petrificado en el suelo, sólo sentí la voz del oficial preguntándome, si estaba herido; quise responderle, pero sólo lloriqueaba; no podía hablar de aterrorizado y de miedo.
El oficial revisó mi fusil y dijo:
-¡Viste, pelao, güeón! ¡Más encima tenís el fusil con seguro!. – Llegaron un montón de milicos, quedó la media cuática, llegó el comandante de la Escuela de Telecomunicaciones, preguntándome:
-¿Porqué no disparaste? — No le contesté, sólo lloriqueaba asustado. El güeón, enojado, me insistió que esta era una guerra y teníamos que estar preparados para lo peor, y a la vez, pasándome una cantimplora con agua:
-Toma hasta el último sorbo. – Me dijo. Era casi un litro de agua, ya no quería más agua. Insistió:
-¡Bébela. Es una orden! – A duras penas la tragué toda. Fue increíble, se me pasó todo el llanterío; a todo esto, ya había comenzado el toque de queda.
Solos con el otro guardia, y cagado de onda, no sabía qué pensar, naciendo en mí, el más puro odio. Me recriminaba por no haber reaccionado y haber disparado, como soldado. Al haberme disparado, los güeones, mataron al hippie de amor y paz, y nació el odio de muerte.
Sin que hubiera nada en ese momento que me reconfortara, apareció doblando en la esquina, un auto mini 1000; venía bien lento. Con mi compañero de guardia, miramos sorprendidos y asustados, como a cincuenta metros de nosotros, se detienen y bajan tres lolos hippies, gritando:
-¡Por favor, no nos disparen! — Estaban con las manos arriba; yo, y mi compañero, los teníamos en la mira. Al mínimo movimiento sospechoso, sólo había que disparar. Les grité:
-¡Avancen sin bajar los brazos! — Caminaron hacia nosotros. Uno de ellos, habló diciendo:
– ¡Señores militares, el auto quedó en panne, y nosotros vivimos justo ahí, detrás de esa casa donde están ustedes. Por favor, déjenos entrar. — Yo le dije a mi compañero:
-No lo dejes de apuntar, yo los voy a revisar. Los lolos tenían hasta la pinta de paltones: rubiecitos, parecían gringos. Yo me sentí casi avergonzado, con la pinta de milico, ante esos lolos hippies. Reaccionando les pedí su identificación, acercándome al que hablaba, le tomé su morral y empecé a urguetiarlo. Al abrir una billetera salieron tres pititos de marihuana; el lolo puso una cara de culpabilidad, yo mirándolo con cara de güeón, le dije:
-Regálame un pito y te dejo ir.
-Bueno. — Contestó más relajado. — Yo respondí:
-Dame los tres pitos y se van los tres.
-Claro. –Dijeron los otros.
– ¡Gracias soldado! — Decían felices a la vez que cruzaban por el ante jardín de su casa, mostrando la señal de la paz.
La marihuana para los hippies, sella el pacto que dice : Haz el amor, no la guerra. Es su señal física, es el ritual para liberar esa alma rodeada del espíritu, para volar la ilusión de soñar, imaginar, jugar con tus buenos pensamientos; ese placer vanal te aleja del placer material, aunque también despierta la sana estupidez.
Las armas, para los militares, son el sello del pacto que dice: Vencer o morir. Un arma te da poder, orgullo, agresión, te protege, te defiende la vida. Un arma mata la vida, otras vidas, elimina el amor y la paz; un arma elimina una mala vida, una buena vida, la vida entera.
Nuevamente nos encontrábamos con mi compañero de guardia, solos en la calle. Solos en Santiago con millones de habitantes. Nosotros representábamos un signo de violencia, un signo de agresión y mala onda.
Mirando a todos lados, le dije a mi compañero:
-¿Fumémonos un pito, güeón? — Este respondió:
-¡Ya, dale! Yo tengo fósforos. — Sin vacilar, ni un segundo, nos arrinconamos en un árbol y lo encendí. ¡Qué olor! ¡Qué aroma! ¡Qué satisfacción! Le pegué la media pitiá, sentí que aspiraba a Santiago golpeado, a Santiago castigado, a Santiago agresivo, a Santiago volado. Que tranquilidad espantosa en esa esquina. Volado, me imaginaba volando sobre Santiago, disparando balas de pitos, para poder darles tranquilidad paz y amor a sus habitantes, pero era imposible. Era otra la realidad, el golpe militar era la realidad.
Mi compañero de guardia, reaccionó de su volá, haciéndome aterrizar, preguntándome y mostrando una portada de un diario en que mencionaba que habría un partido de fútbol por las eliminatorias de no sé qué, y debería jugar la Selección de Chile, con la Selección de Rusia. Este partido se haría en el estadio Nacional; y peguntándome quién creía que ganaría, yo contesté:
-No creo que sean tan güeones los rusos con venir a jugar a Chile, y si vienen y nos ganan los cagamos igual por ser de izquierda. — No terminaba de hablar sin poder aguantar la risa; risa de volado. Fue ataque de risa.
Cuando al rato aparece un jeep militar, trayendo el rancho que consistía en café con leche y pan con chancho chino. Agradeciendo a los militares por la comida, le comenté a mi compañero:
– ¡Oye, güeón! Que extraño son los milicos. Si están en guerra contra la izquierda, como chucha nos alimentan con chancho chino, si también proviene de la China comunista que es de izquierda. — Mi compañero se atoró riéndose, al igual que yo; nos reímos un buen rato, todavía medio volados. No sé en qué momento se acabó la ración de alimentos. De ahí seguimos de guardia. Era cerca de las 22.00 hrs., las calles vacías: sin vida, sin perros, sin gatos, sin autos, sin gente, sin calor. Más frío que la cresta. Para entrar en calor, le dije a mi compañero:
– Prendamos otro pito. — Ahí estábamos volaos y botados en una esquina de guardia. Desde la casa de los lolos hippies se empezó a escuchar la canción de Nino Bravo “Libre como el aire que respiro, yo soy libre”, esa era la letra. El güeón cantaba libre. Comenté en voz alta:
– Claro, siempre fue libre y con cueva, porque había triunfado y ganado.
No sé que cara habré puesto porque el güeón se puso a reir.
Acercándome a la ventana de donde salía la música, ví a través de un visillo, a una estupenda mujer sentada en un gran sillón a media luz, con la mini y botas, y en su diestra una copa; era un imán, no podía dejarla de mirar.
Levantó la copa dejándola seca y se paró; se veía más rica exquisita, excitante, caminando hacia un costado, se perdió de mi vista. Cuando, de repente, se corre la cortina y me encuentro a boca de jarro detrás de su ventana, mirándome con su hermoso rostro, esbozaba una sonrisa de compasión hacia mí. Sentí un fuego en mi cara, bajando mi rostro con vergüenza, retirándome de la ventana haciéndome el güeón, era lo menos que podía hacer; y a la vez escuché que mi compañero me gritaba:
– ¡Te pillaron indio sapo! Ja, ja, ja.
La risa fue un escape al desagradable momento que, por sapo, me pasó. Luego de un rato, nos dimos cuenta que la luz de la ventana se apagó y la música ya no se escuchó.
Que penca, que fome. Cagaos de frío, con sueño y aburridos, nos sentamos, detrás del antejardín, bien juntos con mi compañero abrazados del fusil.
Ahí quedamos, soñolientos, cansados y bostezando, entre dormitando y despiertos; entre cabezazos y pestañeos. Ví que se abrió la puerta, saliendo la estupenda mujer, indicando que la siguiera; me llamaba. Embobado fui donde ella; tomándome la mano, nos dirigimos al living, ofreciéndome una copa, no dejaba de mirarla. Se veía angelical; no lo podía creer. Sírvete, dijo con una sensual voz. Bebí sin dejar de observarla; al retirar el vaso de mi boca, ella lo cogió dejándolo sobre una mesita. Ella mirándome y sonriendo provocadora, se acercó a mis labios, besándome, introduciendo su lengua en mi boca. Simplemente, yo me entregué: la besé y agarré por todos lados. Necesitaba dar amor; ya no la necesitaba, sólo la deseaba, estaba totalmente caliente. Ella no hablaba; yo escuchaba su respiración entrecortada. Sin saber como, estábamos completamente desnudos, acariciándonos, deseándonos; mis manos recorrían sus enormes senos, su húmedo sexo, su precioso culo. Ella indicando que me acostara en el sillón, me miraba y acariciaba; acariciaba mi arma del amor, besándolo y succionándolo. Después subiéndose arriba y con solo mirarme, supe que ella deseaba ser penetrada. Se lo di, se lo metí, la penetré con todo mi sexo, con mi alma. Ahora era un hippie, haciendo el amor, no un milico jugando a la guerra.
No lo podía creer, pensaba que era un sueño, y no pensaba mal. Claro, desperté y tenía todo parado y mojado. Me había quedado dormido en la guardia, soñando con esa estupenda mujer. Al pararme rápidamente, desperté a mi compañero. El güeón, también Dormía, entre enojado y extrañado miraba. Yo, le conté el sueñito cagándonos de la risa, sin poder seguir durmiendo.
Que fácil es soñar. Soñar no cuesta nada, estar despierto cuesta todo.
No era lujuria ni deseos, era sólo un buen sueño.
Empezó a amanecer en Santiago. El sometido, el indiferente, el pasado a llevar; este había pasado muchas veces por esta situación. Otra vez Santiago ensangrentado, era una rutina; algunas veces la capital se revolucionaba.
Sólo esperaba el relevo de mi guardia, era lo más cercano y real, para irme a la Escuela de Telecomunicaciones. Al acercarse el cabo de guardia, nos presentamos:
-¡Sin novedad la guardia, mi cabo! — Contestó:
-¿Durmieron bien, pelaos? — Le respondimos:
-¡No, mi cabo! — Nunca nos creyó.
Al llegar al cuartel, dirigiéndonos al rancho, se sintieron unos balazos. El soldado que estaba delante, se esfumó. Yo, reaccionando, descubro que los disparos venían de un edificio que da al costado de la Escuela de Telecomunicaciones. Disparaban desde un séptimo piso; no sé como apunté hacia la ventana y comencé a disparar. Dos balas dieron de lleno en el ventanal. Fueron unos segundos de pánico y coraje. Escuché:
-¡Alto al fuego! — El oficial de guardia se acercó, preguntando si estaba herido. Yo estaba bien, no tenía nada. Ordenó:
-¡Sígueme! — Al igual que a otros soldados. Salimos a la calle ingresando al edificio, subiendo por las escalas, jadeando y excitados, llegamos al departamento desde el cual habían disparado. Nos encontramos con un hombre armado y herido en su hombro, casi colgando su brazo; ahí mismo, el oficial, le disparó una ráfaga. Esperando unos segundos, ingresamos al departamento. En el interior había dos muertos con impactos de balas en la cabeza y hombros, también había fusiles AKG rusos y municiones. Registramos todo el departamento; encontramos armas, literatura marxista. Los muertos tenían identificación cubana.
-¡Bien soldado! ¡Te felicito! — Me dijo el oficial, fuiste el único que reaccionó. Los otros pelaos güeones, sólo atinaron a esconderse– Excelente puntería — Acotó.
Por primera vez, saborie la muerte; la muerte que sabe amarga. Porque, para el que mata, nace un sentimiento de angustia y temor, ante una horrible realidad. Para mí, era hiel y veneno. Sentía en ese momento una especie de locura interna. Algo en mí, también había muerto; y algo en mí también había nacido. Me vanagloriaban de un delito, como un acto heroico, en una hora dolorosa y amarga, sintiendo sobre mí, un secreto y una culpa. Las dudas me atormentaban. Sentía mi sangre bullir y alborotarse, sintiéndome solo con mi dolor. Rara vez en mi vida, he vivido y sufrido tan profundamente como entonces. Sentía cosas que, nunca habría creído posibles; era rebelión, orgía de vida y muerte.
Si, en ese momento, me hubiesen arrastrado al pelotón de fusileros por sacrilegio, no habría opuesto resistencia. Sentía que la vida no sabía a nada; sólo me reconforta pensar, que ellos no evitaron lo inevitable.
Al rato llegaron varios soldados y oficiales, los cuales bajaron a los muertos. Yo, con otros soldados, nos fuimos a la Escuela de Telecomunicaciones; pasamos al rancho, y nos dieron café con leche y pan con chancho chino. Había vuelto a la realidad, de ahí a mi camarote, a dormir y soñar. Entré a la cama sonámbulo. En ese lugar, soñando, podía escapar de esa situación, soñando con todo lo que quería y no lo tenía.
Como a eso de las 15.00 hrs., desperté con unas risotadas; ví que miraban la tele. Veían Sábados Gigantes. En el programa hacían chistes y bromas. Parece que a Don Francisco, no lo había tocado el Golpe Militar. Ese programa era una pausa para toda la mala onda de Santiago.
El programa duró hasta cuando nos ordenaron alistarnos para la guardia:
-¡De frente mar,… izquierda, derecha, izquierda! …– Salimos a la calle. No había nadie, nada, parecíamos nazis desfilando por las calles vacías, mirando hacia las ventanas, balcones, azoteas, por si alguien disparaba. Los milicos se metían en esa volá y nos
contagiaban; creo que o más que tiraría algún extremista, sería un escupo. Sería suicida, el güeón, que tratara de dispararnos.
Llegué a mi puesto de guardia; se efectuó el relevo y ahí estaba otra vez, cuidando al Santiago bueno, del Santiago malo, en circunstancias que yo era de Iquique.
Por esa calle pasaban a esa hora, después del toque de queda, varias patrullas militares. Teníamos que detenerlos y preguntarles el santo y seña. Ahora no me acuerdo de ninguno, pero sería alguna volá que inventan los milicos, como: orden y patria, vencer o morir. Jamás sería uno como: chao pescao, si te visto no me acuerdo, voy y vuelvo; préstamelo, mañana te lo devuelvo.
Estuve toda la guardia en esa situación. No sé de donde salían tantas patrullas militares, ni adonde iban.
Alrededor de las 05.00 hrs. a. m. Paró una micro y un oficial nos ordenó subir. Había varios soldados de mi compañía. Nos alejamos del Santiago lindo, y nos llevaron al Santiago miseria. Llegamos al campamento Santa Rosa; lo acordonamos por completo, nadie podía salir, todos podían entrar. En eso entró un grupo de militares con unas listas, al rato salieron con varios detenidos del interior del campamento con las manos en alto y el rostro ensangrentado: les habían pateado hasta la sombra.
Detrás de ellos venían mujeres llorando, implorando, suplicando, insultando, gritando, maldiciendo. Se llevaban a sus seres queridos. Era una visión espantosa.
Yo, milico hippie, había visto esta escena sólo en las películas de los nazis. Ahora participaba en tiempo real; hasta me daban miedo los milicos. Era de espanto, de terror, era la cruel realidad, era el detalle de la realidad, era el Golpe Militar, que golpeaba a pausa.
El oficial, vio como una mujer abrazaba a su esposo, para no dejarlo ir. El teniente, con su pistola, la golpeó en la cabeza y efectuó varios disparos al aire. Los detenidos, las mujeres, los pelaos, quedamos petrificados con el hocico abierto. El oficial, con entereza y convicción, me ordenó, que al que intentara acercarse a los detenidos les disparar a matar. Yo y otro soldado, nos colocamos entre los detenidos y la muchedumbre, y el oficial, volvió al interior del campamento.
Nuevamente el montón de gente, se vino encima. Yo disparé al aire, para poder alejar al gentío. Rápidamente, cambié el cargador al ver que mujeres y niños, nuevamente, se acercaban de manera desafiante. Enfurecidos, emputecidos, estaban fuera de sí. Se iban encima de nosotros, con las únicas armas que ellos tenían: palabrotas e insultos. Esperando lo peor, los apunté a medio cuerpo, sin saber, que más podría hacer; cuando salieron de un callejón del campamento, dos hombres armados con pistolas, gritando consignas políticas y chuchás contra los milicos; estaban casi a diez metros, levantaron sus armas disparando. Creo que ellos no me vieron, sólo ví que al disparar, cayeron dos mujeres heridas. Preso de pánico, enfrentándolos con mi fusil a medio cuerpo, disparé. Los barrí, vaciando mi cargador; alcanzaron a dar unos pasos, cayendo mortalmente
heridos. Arrodillándome, cargué mi arma nuevamente, avancé hacia ellos, y con unas patadas les arrebaté las armas. A todo esto, la muchedumbre se había parapetado cerca de las murallas. Corrí hacia el pasaje viendo y encontrándome de lleno con dos hombres armados, sin titubear, les disparé casi a un metro de distancia. Casi los partí con las 20 balas: estaba eufórico. Los hombres murieron en el acto; cargando mi fusil, siento un palmoteo en la espalda. Era un oficial, diciendo:
– ¡Bien soldado! Evitaste una masacre. ¡Sígueme! — ordenó. Avanzamos por el pasaje, cuando en una vivienda siento unos pasos; el oficial ordena ingresar. La puerta estaba entre abierta. Entré asustado, cuando detrás, en mi nuca, sentí un frio cañón, diciendo:
– ¡Suelta el arma, concha de tu madre! — Sorprendido y mudo, siento una ráfaga tras de mí, y el ruido de dos cuerpos cayendo y revolcándose de dolor. El oficial había disparado a través de la puerta. No terminaba de sorprenderme, cuando desde una habitación se corre una cortina con un hombre armado, inmediatamente disparé, le di de lleno. Al cae, en su otra mano, tenía un trapo blanco. El oficial se adelantó, tomando el signo de rendición, diciendo:
– Nadie se rinde apuntando un arma. — Avanzamos, llegando a un patio y encontramos a dos mujeres y tres hombres tendidos en el suelo con las manos en la nuca gritando:
– ¡Nos rendimos!, ¡Nos rendimos, por favor, no nos maten! — El oficial, acercándose les disparó a cada uno un balazo en la pierna izquierda, diciéndoles: Ustedes son heridos en acto de combate, güeones maricones. Mujeres y hombres, gritaban como locos. Presenciando ese feo panorama, el oficial ordenó que los registrara; para sorpresa, todos eran guerrilleros extranjeros. Entre tanto, llegaron otros soldados y oficiales, ordenando sacar a los muertos y heridos. A los heridos los tiraron como saco de papal dentro de una camioneta, otros soldados arrastraban a los muertos, tirándolos a un camión con tolva. El oficial y yo, subimos al camión. Había quince cadáveres. Subieron unos enfermeros, los cuales parcharon los orificios de balas; en eso empezó a avanzar el camión. Ya eran cerca de las 12.00 hrs. por el Santiago miseria, no se veía nadie en las calle. Me sentía totalmente angustiado, sentía un nudo en mi garganta. En eso llegamos al aeropuerto Los
Cerrillos, ingresando casi por un camino al costado de la pista de aterrizaje. Llegamos a unos hangares y el camión, retrocediendo, ingresó justo debajo de la rampla del avión Hércules. Bajamos y, a la vez, subieron varios uniformados de la FACH; dentro del piso del avión había varios cadáveres. Bajaron los muertos del camión tolva, y, en perfecto orden los introdujeron al avión. El oficial y yo, mientras mirábamos esta escena, me ofreció un cigarro diciendo:
-¿Tiene fósforos, soldado?
– ¡No, mi teniente! Pero consigo. — Me acerqué a un uniformado, que fumaba y sostenía una tablilla en sus manos. Le pedí fuego. Este contestó:
– Enseguida, soldado. — Urguetiándose los bolsillos y yo, curioseando la tablilla, leí: Misión Titánic. Una vez encendido mi cigarro y agradeciendo fui donde mi teniente, comentando lo que había leído. Este respondió:
– Todos estos guerrilleros, dados de baja, son extranjeros infiltrados; murieron en acto de servicio. Ahora, soldado, vamos a la Escuela de Telecomunicaciones y sacas tus pertrechos, porque te designan a otra unidad.
En el camino sentí ataque de melancolía y desesperación. Me desalentaba, pasando del miedo al asombro. El oficial, mirándome dijo:
-¡Soldado, eres un guerrero innato, nos tienes sorprendido! –Yo, entredientes, le contesté:
– Gracias, mi teniente.
Después, sólo se escuchaba el ruido del vehículo. Pensaba y sentía desprecio por el mundo y de mí mismo. Desconcertado, sentía miedo a la liberación que la sentía, como una liberación a mi maldad.
Llegando a la Escuela de Telecomunicaciones, rápidamente agarré todos mis pertrechos de guerra. De ahí, nos dirigimos a la Escuela Militar; adentro fui presentado a un comandante. Éste, preguntando mi rango y nombre, y, a la vez, indicándome que ahora, integraría la Escuadra de Servicios Especiales.
– ¡A su orden, mi comandante! — Contesté. Inmediatamente me llevaron a un campo de tiro, instruyéndome en el uso de una sub- ametralladora; en una hora sabía dispararla y desarmarla. De ahí fui al rancho, donde fui presentado a otros soldados; en total éramos diez pelaos, que integrábamos la escuadra de Servicios Especiales. Después a dormir, sin antes ordenarnos, que deberíamos dormir con ropa, sólo podíamos sacarnos los bototos, y , para cualquier misión, no usaríamos casco. Deberíamos salir rápidamente, cuando se nos ordenara.
Acostados, y casi ajenos unos de otros, se percibía una onda extraña en esos soldados. Yo, preguntándole al pelao, que estaba al lado de mi cama, le dije:
-¿Desde cuándo están en esta Escuadra Especial? — Respondió:
– Tres días con este. — Nuevamente le pregunté:
-¿Desde cuándo que no salen en alguna misión? — Él respondió:
– Todos los días salimos en misión especial.
– Pero, faltaba uno. — Le dije. Se demoró en responder:
-Éramos diez, sólo que antenoche murió, en un enfrentamiento, el pelao donde tú ahora ocupái su lugar. —Quedé loco. ¡Rechuchas de mi madre!, milicos culiaos, quizás, que güeá me esperaba. Mentalmente me fui despidiendo de mi familia; al final reflexionando y dándome ánimo, invocando a Dios o al demonio, no sabía que chucha pensar. Así, con la mente trastornada, le pregunté nuevamente al soldado:
-¿Y, cómo murió el pelao? — Respondiendo dijo:
-El güeón, al ingresar a la casa, no le sacó el seguro a su arma, y se lo pitiaron al tiro, los güeones; pero detrás, entramos nosotros y los hicimos cagar a balas. ¿Sabís? Lo más extraño, todos los güeones, cinco en total, eran extranjeros y re jóvenes, engrupidos con la onda de guerrilleros. Bueno compadre, trate de dormir, seguro que nos van a llevar a güeviar esta noche.
– Ya. Bueno compadre. Chao. Buenas noches. — Le respondí. Ahí quedé, pensando puras güeás. Luego, me dormí hasta eso de las 05.00 a. m.
Ordenan levantarse rápidamente, ponerse los bototos y la parka; salimos fuera del dormitorio, hacía más frío que la cresta. Ingresamos a un vehículo civil, era un furgón cerrado y oscuro; no tenía ninguna ventana, sólo una pequeña luz, toda cagona y amarillenta. Sentí, cuando el vehículo se puso en movimiento. Entre dormitando y cagaos de frío, seguíamos viajando en dirección de no sé donde. Después de casi una hora, se detuvo el vehículo, apagando el motor y las luces; el oficial, ordenó el más absoluto silencio. Esperamos un corto rato; nos ordenaron bajar, estaba casi amaneciendo. Nos encontrábamos en una zona rural, casi campo; hacía más frío que la cresta, tiritaba diente con diente, de frío y miedo. Nos alejamos, cautelosamente del vehículo. Tras caminar varios minutos, ingresamos entre unas alambradas, en dirección a una rústica casa; casi arrastrándonos entre la vegetación y la tierra. La casa daba la impresión de estar deshabitada; ocultos entre la maleza, observando y estudiando la situación, cuando se abre una puerta, saliendo una mujer en dirección a una letrina. Quedamos estáticos, a los pocos
segundos, salió ésta del W.C. primero caminando y después corrió rápidamente hacia la casa. Escuchamos voces y ruidos de movimientos; el oficial dijo:
-Nos vieron. Rodeen la casa, ahora avancen; corrimos todos, quedando pegados a las murallas de la vivienda. El oficial, cerca de la puerta gritó:
– ¡Están rodeados, salgan con las manos arriba! ¡Ahora! ¡Es una orden! — De adentro gritaron.
-¡No disparen, somos cinco mujeres!
-¡Salgan! — Gritó el oficial. Lentamente se abría la puerta, saliendo una tras otra las mujeres con caras desafiantes o resignadas, se notaba una expresión extraña en sus rostros. El oficial ordenó a un soldado:
– ¡Regístrelas! — Al acercarse el soldado, éstas se abalanzaron sobre él, y corrieron en todas direcciones. Yo seguí a una; ésta en su loca carrera, casi no la alcanzaba; sentí unos disparos, la mujer y yo, seguíamos corriendo. Escuchaba unos gritos:
– ¡Dispara, soldado, dispara! ¡Dispara, concha e tu madre, güeón, dispara! — Y escuchaba nuevamente balazos. En plena carrera, casi a tres metros de distancia, la mujer que yo perseguía, se detiene sorpresivamente, dándose vuelta y con un arma en su mano, apuntándome. Le disparé. Los impactos de mi arma le dieron en la cara. Al caer hacia atrás, disparó su arma al aire; yo, en la loca carrera, sin poder detenerme, tropecé con ella,
Cayendo encima de ésta, dando vueltas quedé tirado en el suelo boca arriba, jadeando con la respiración entre cortada. Casi se reventaron mis pulmones. Cansado, no podía ni sostener mi cabeza inclinándola a un costado, cuando casi al lado mío, me encontré con el rostro de la mujer, desfigurado por los impactos de bala. Un torbellino de sensaciones recorrió mi mente, mi cuerpo, mi alma. No sabía si transpiraba o eran lágrimas que mojaban mi cara; acongojado, sin saber por quien llorar: por esa mujer o por mí. El diablo y Dios, todos juntos, matar para vivir.¡ Porqué yo, porqué….! Siempre quise ser un hippie de amor y paz; mi instinto innato era matar para vivir…¡Porqué, porqué!….
Escuché voces acercándose a mí. El oficial vociferaba:
-¡La güeona lo mató! ¡Este pelao, güeón, disparó a última hora, güeón porfiado! ¡Cómo chucha! — Y desde el suelo, me encontré mirándolo. Él igual, con sus ojos desorbitados preguntándome:
-¿Está herido, soldado? — Apenas yo podía hablar, jadeaba:
-¡No, mi teniente! Sólo quedé super cansado. Por favor, un segundo para descansar.
– Bien soldado, después registra a la mujer cadáver. Nosotros registraremos la casa. –Dieron la media vuelta y salieron corriendo. Al rato, me senté apoyando mis brazos en la tierra, mirando hacia la casa; y se escucha una explosión y sale un soldado gritando agarrándose lo que le quedaba de su brazo, el rostro ensangrentado, corriendo como loco de dolor. El oficial gritando:
– ¡Abandonen la casa, soldados! ¡No toquen nada, salgan rápido! — Alcanzó al soldado herido, junto con otros pelaos. Yo, asustado, corrí donde el oficial; éste sacó desde su mochila, vendas, una jeringa, ampolla, preparó la inyección. Ordenó:
– Afirmen al soldado. — El oficial, en el cuello, le puso la inyección, después aplicó un torniquete en el chongo de brazo, y una pomada en el rostro quemado por la explosión. Una vez estabilizado el herido grave, lo cubrimos con nuestras parkas. El pelao herido tiritaba, lloraba, consciente o inconsciente, llamaba a su mamita:
-¡Mamita, mamita, no me quiero morir! ¡Mamita! — Gritaba.
-¡Tranquilo soldado! — Le decía el oficial–. Ya estarás con tu mamita, por favor, cálmate. Contrólate. — El herido más gritaba y suplicaba por su mamita. En eso hizo unos extraños movimientos, llevándose su mano y chongo al pecho. El oficial dijo:
– ¡Chucha! Paro cardiaco. — Trató de reanimarlo, reanimarlo, reanimarlo, reanimarlo… Nada. Había fallecido, muerto de dolor.
El oficial puso su mano en el rostro del soldado muerto, diciendo:
– ¡Descansa en paz, en el reino de los cielos, amén! –Sellando todos esta muerte, con la señal de la cruz.
No sé cuanto rato estuvimos allí, babeando con el hocico abierto, trastornados, desfigurados de dolor. El oficial, rompió el silencio, diciendo:
– Estas mujeres, culiás, tenían trampas caza bobos ¿Se dan cuenta, soldados? Estos son nuestros enemigos. Esta es una guerra: el enemigo es el enemigo, hombre o mujer; todas estas mujeres dadas de baja, eran guerrilleras extranjeras, entrenadas para combatir. Son ellos o nosotros.
Bueno soldados, ahora tenemos que incendiar la casa. Prendamos fuego a esa güeá y alejémonos. Juntamos hojas secas y paja y rápidamente, comenzó a arder la casa. Cuando ardía por completo, se ecucharon una tras otra, tres explosiones, que terminaron por derrumbar, lo que había sido una casa.
El oficial ordenó llevar y meter a las mujeres cadáveres, al interior del vehículo y, sobre éstas, al soldado muerto. Ingresamos todos al vehículo, vivos y muertos viajamos. Al rato, se detuvo el vehículo; bajamos y estábamos en unos hangares. Se acercaron unos uniformados de la FACH, los que a cierta distancia conversaron con mi teniente. Después de un momento, ordenaron bajar a las mujeres cadáveres, y … chao. Seguimos con nuestro soldado muerto, sintiendo sólo el ruido del vehículo. Nadie hablaba, no había ninguna palabra que describiera esa situación.
Se detuvo el vehículo, paró el motor, se abrió la puerta, bajamos. Estábamos en la Escuela Militar. Bajamos a nuestro muerto, el oficial nos ordenó:
-¡Alinear! ¡Vista al frente! ¡Firmes! ¡Honores al soldado muerto en acción! ¡Presenten armas! — Se escuchó un solo manotazo. Tiesos, petrificados, momificados, rindiendo honores. Después de unos segundos, el oficial ordenó:
-¡Descansen armas! ¡A la derecha, mar! — Marchando salimos en dirección al rancho. Con esa cagá de honores te glorificaban tu cagá de muerte. Los milicos culiaos, güeón. Ahí quedó, en el suelo, el soldado muerto en acto de desperdicio. Uno no moría en acto de servicio, como dicen los milicos, muere en acto de desperdicio por la vida.
Santiago reculiao, Santiago trastornado, Santiago y la concha de tu madre. ¡No! ¡No moriría, ni cagando en Santiago! Haría lo imposible por salir vivo de la cagá del Santiago odiado.
Llegando al rancho, nos atendieron en el casino: una buena cazuela, más porotos con rienda con un buen jarro de café… Eran las 14.00 hrs. aproximadamente. De ahí nos ordenaron ir a una sala, donde limpiamos nuestras armas y reponer municiones. Cada soldado, se esmeraba en asear su instrumento de muerte; esa era el paréntesis de la vida o la muerte. Esa arma podía prolongar mi vida, dando muerte. Entre nosotros, no hablábamos, nos sentíamos ajenos uno de otro soldado; había un aire de angustia y depresión entre los soldados.
Terminado y relucientes nuestros juguetitos, ordenaron llevar nuestras armas a nuestras camas y dirigirnos a la capilla de la Escuela Militar. Una vez dentro del recinto religioso, apareció un sacerdote iniciando el ritual religioso, dando a entender, que todo era maravilloso y puro, repitiendo los productos de la religión católica. El cura irradiaba paz, tranquilidad y amor a Dios. Por supuesto, el güeón del cura, escondido detrás de su religión y el púlpito, jamás le entrarían balas; repetía, como de memoria el cuento de su Dios que era tan re bueno y quería puro amor hacia la humanidad, pero parece que Dios estaba bien lejos de Santiago, o no salía de la iglesia, porque afuera estábamos como
Poseídos por el demonio. Durante la misa, casi todos los únicos pelaos que estábamos ahí, escuchando las güeás del cura, creo y estoy seguro, que esperábamos que se tomara su copete en nombre de Dios y chao. Llegado ese momento, cuando el cura alzó el cáliz, mirando para el cielo y poniendo cara de sed y de santo, porque había hablado como una hora, con la excusa de no sé que cosa, se tomó el medio copete. Yo le dije:
-¡Salud! — El cura, mirando con ojos sorprendidos, sin dejar de chupar, mientras los pelaos se cagaban de la risa. Luego de la eucaristía, se acercó a mí, con la cara desfigurada de ira, con voz de no tan santo y casi amenazante dijo:
– ¡Soldado, repita lo que acaba de decir! — Yo, parándome y con ironía, le contesté:
-¡Amén! — El cura desgraciado, al escuchar, lo que le contesté, quedó con el hocico abierto y dirigiéndose a los soldados les ordenó retirarse.
El cura mirando con cara de resignación dijo:
-¡Sentémonos! –Yo sentía, como su cercanía repelía; le irradiaba toda mi maldad. Él se sentía con misericordia. Y, el mal; el cura, el bien. Juntos, estábamos a años luz de distancia. Su santidad, hacía brotar mi maldad, su aureola de santo, se opacaba con mis cuernos de demonio, me sentía poseído por la locura de la guerra y la muerte. El cura no dijo ninguna palabra. No encontraba palabras; no había razón a la sin razón, sólo resignación a lo inevitable. El sacerdote, mirándome y sacando una voz, casi de ultratumba dijo:
-¡Retírese! — Parándome enérgicamente, me hice la señal de la cruz, así como al lote y, para adentro pensando: Chao, cura culiao. Corriendo fuera de la habitación religiosa. Al cruzar la puerta, una brisa de viento helado, inundó mi cuerpo, mis ojos llenos de lágrimas enceguecían mi caminar. Parado, bien lejos del templo, y limpiando mis lágrimas, exhalando un suspiro de lamento, miré al cielo buscando una respuesta a mi actitud, tratando de encontrar la verdad en el cielo gris por las nubes. No había nada espiritual, nada religioso. Afuera en Santiago lindo, en Santiago miseria, ahí estaba la iglesia; nuestra
religión era llamada guerra, nuestros mandamientos eran como usar correctamente nuestras armas, nuestros pecados eran dejar vivos a nuestros enemigos, nuestro sacrificio por la religión, era morir en acto de servicio, nuestros sermones eran disparar a matar. Chao, cura culiao, ándate a correr la paja en el confesionario; ahí, bien escondido, güeón. Pensando caminaba, un torbellino de ondas trastornaba mi mente; pedía a Dios: ¡Cómo chucha no se aparece en Santiago, junto con todos sus angelitos y ordena que cortemos el güeveo! ¡Hasta cuando chucha, íbamos a seguir matándonos por güevás políticas! ¡Hasta cuando re chucha el odio nos dividía! ¡Dónde chucha se metió Dios! ¡Chao, no había nada! La locura de guerra, nos había poseído junto con el demonio. Mi religión era la de un hippie. Mi mandamiento: amor y paz; mi pecado: no hacer el amor y la paz; mi sermón
era: lanzar semen con mi arma del amor; mi cáliz: un pito de marihuana. Sí, esa güeá quería, fumar un pito en esa güeá de Escuela Militar, llena de güeones deambulando de allá para acá. No conocía ninguna caleta para fumarme un pito. Sí. ¡Qué bueno! Se me pasó toda la güeá. Eso iba a hacer. Registrándome la parka, envuelto en un papel confort, tenía mi pitito, y me dirigí a las letrinas que estaban limpiecitas, pero como que el olor a mierda y demases seguía impregnado en el aire, era el lugar ideal. Dentro del W. C. encendí del pito. ¡Qué rico! ¡Que alivio! Era en ese momento, como si estuviera rezando mi religión; me sentía orando al supremo marihuana.
Practicando mi religión, volando al Paraíso, escapando de la vida, alucinandocon los olores de la mierda o de la yerba, porque mi realidad se confundía con la mierda.
Salí del W.C., casi volando. Volado como piojo, embriagado de olores.Tenía los ojos como sapo, raja de volao . Me fui en dirección a mi dormitorio. Acostado, sin bototos, alucinaba con la yerbita. Los recuerdos y añoranzas. Pensaba puras güeás, y , a la vez, prometiendo al supremo marihuana, que haría oraciones con un pito, junto a mi rosario de pepas de marihuana, buscaría una lolita para darle mi sermón, con mi arma del amor y agarrándome el hueso o arma del amor, le rejuré al supremo marihuana que trataría de cumplir el mandamiento que dice: “haz el amor y no la guerra”, porque hacía tiempo que no pasaba nada, desde que había llegado a “Santiago Vietnam”, que no hacía el amor. Ocupaba mi cagá de pene sólo para mear. Como un rayo llegaron los recuerdos de mi ex pololita, sólo eso bastó para que se parara mi hueso del amor. Casi la veía, casi la sentía, casi la tocaba. Estaba super caliente, sentía una calentura loca, casi se me arrancaba la gueá del uniforme, pensé en correrme la paja. Lo deseaba. El solo hecho de pensar en mi ex pololita y esas cositas ricas que nos hacíamos, me trastornaba. Miré alrededor, estaba lleno de pelaos uniformados. No había la más mínima privacidad. Luché contra mis ganas, distraí mis calientes pensamientos. Resignado, calmé mis impulsos eróticos, relajando mi músculo del placer. Redimido, cansado, mitigado, dormí, dormí, dormí….
– – – –
– ¡Soldados, despierten! ¡Escuadra servicios especiales, tienen una misión!
– ¡Levantarse! ¡Despierten! En tres tiempos los quiero a todos los soldados formados juntos al vehículo … y van dos tiempos soldados.-
Son las 4.00 de la mañana, viajamos en el furgón. Después de una hora se detuvo. En silencio, abandonamos el vehículo cerca de un letrero que indicaba el preciso lugar donde nos encontrábamos: “El Arrayán”.
Caminamos fuera del camino principal, internándonos entre matorrales, árboles, malezas y rocas, hasta llegar a la orilla de un río caudaloso, torrentoso y bullicioso. Nos dirigimos río arriba, cubiertos por la penumbra. El ruido de las turbulentas aguas y peñascos, grandes peñascos, en medio de lo escabroso del terreno, avanzamos un largo trecho, llegando a nuestro destino donde cumpliríamos la misión.
Divisamos una pequeña casa-refugio en una explanada cerca de la orilla del río. Junto a la pared y la reja un hombre se delató por el destelló que emitió al encender un cigarro, de seguro, era un vigía o guardia, el que no se percató de nuestra presencia.
El oficial, mirando sigiloso, estudió la situación y concluyó que habría que eliminar al hombre de guardia, de manera silenciosa, para tomar por sorpresa a los que se encontraban al interior de la vivienda.
Dirigiéndose a mí dijo:
– ¡Soldado Damián! Elimina al guardia, pero antes sácate la parka de la fornitura y deja tu arma. Atácalo con tu puñal de asalto.-
– – ¡A su orden mi teniente!- contesté y a la vez retiré mi fornitura, mi parka y dejé mi arma. La idea era no producir ningún ruido que delatara mi presencia, cuando fuera a cumplir la orden de mi superior. Desenvainé mi puñal de asalto. Lo tomé fuerte con mi diestra, y a la vez, me sentía transportado, me invadía la metamorfosis. Mi pulso a mil palpitaciones, mi corazón a punto de estallar. Sentía toda la gama de emociones que produce el cuerpo, el alma… mi alma, mi ser, mi maldad, mi placer, mi lujuria morbosa, mi vicio paradisíaco hacía bullir mi sangre. Empecé a avanzar camuflado de coraje y terror, pegado al pasto, a la tierra, los matorrales, el miedo, el espanto, el deber, entre mi vida y la muerte. Respiraba, exhalaba, avanzaba. Mi rostro húmedo de sudor, lágrimas, rocío. Luchaba con mi cuerpo. Luchaba con mis deseos, tratando de controlar mis tiritones, mis espasmos de puro espanto de miedo, de horror y satisfacción. El enemigo, totalmente despreocupado de su deber, facilitaba aún más mi cometido. Llegué a una distancia prudente por la espalda de mi víctima, incorporándome en forma rápida, eficaz, precisa, exacta, letal y a la vez cubriendo su boca con mi mano izquierda, con una puñalada mortal en su cervical, entre la nuca y el comienzo de su cuello, dando un pequeño giro al puñal, cuando lo sentí totalmente introducido en su ser, respondiendo la víctima con el desplome de su cuerpo, sin emitir el más mínimo e insignificante ruido de dolor. Sin soltarlo, apretando su cuerpo inerte contre el mío, lo bajé hasta el suelo, en total silencio. Retiré mi puñal de su herida letal, volviendo a poner otra puñalada por su ojo izquierdo, para que no quedara la más mínima duda de su muerte, y a la vez, sintiendo la satisfacción del deber cumplido.
Cuando ví la cara de satisfacción de mi teniente, el que de inmediato ordenó a los otros soldados, ingresar a la casa a sangre y fuego. Pienso, que, quizás, esas personas que dormían plácidas y tranquilas creyeron que era una pesadilla, o un mal sueño. Murieron, yo creo, en la incertidumbre, tras ser casi destrozados sus cuerpos por los impactos de balas, cuando su lecho para descansar, se convirtió en su lecho de muerte.
Luego fueron retirados los tres cuerpos acribillados de la casa y el centinela que murió apuñalado. Registramos sus documentos, para sorpresa de todos, estos muertos eran franceses. Que extraño, no podríamos entender su adicción a la política, sus ideales los había llevado a encontrar la muerte, cuando nuestra escuadra de servicios especiales irrumpió en su casa-refugio, con estampidos y alaridos de muerte. Luego, los soldados, arrastraron de los pies a los cadáveres, totalmente inertes, inactivos, lacios, muertos y … con esto estaba la misión cumplida.
Llegó el furgón, los cuatro muertos, civiles franceses, fueron puestos arriba del vehículo y nos fuimos de regreso a la Escuela Militar. No emitíamos ningúncomentario, parecíamos bajoneados, mustios, parecía que sabíamos que teníamos el placer total: la maldad de la muerte. Era como una droga, una adicción mortal. Nos sentíamos culpables, pero sabía que daba estricto cumplimiento a mi juramento a la bandera, cuando grité: “juro por Dios y por esta bandera, servir fielmente a mi patria, obedecer las órdenes de mis superiores”… Obedecer para matar… que locura, casi mejor, lejos mejor, que la marihuana…
Al llegar a la Escuela Militar nos dirigimos al sector designado para asear el armamento y reponer municiones. Luego, al rancho, donde nos sirvieron café con leche y pan con chancho chino. Después a descansar. Fui derecho a las duchas, después a mi cama, tratando de dormir luchando con los malos recuerdos de mis actos al enfrentarlos con la realidad. Ajeno a todo, dormí, dormí…
-¡Soldados, despierten! ¡Escuadra servicios especiales, arriba! Tenemos una misión ahora…
Son las 3.00 a.m., en al furgón a cumplir otra misión. Listos y dispuestos. Pensaba que todos los soldados que viajábamos en ese momento, disfrutábamos con el clima de extrema violencia, y es mas, cumplíamos con nuestro juramento a la bandera, cuando juramos a grito pelado: “rendir la vida, si fuera necesario y ser un soldado valiente, honrado y amante de mi patria”…
Esas palabras que grité, desgarrando mi garganta, convencido o engrupido. Ese juramento invisible, se transformó en algo visible. Para mí fue como una volá más de la onda militar. Jamás de los jamases pensé que se haría realidad, porque antes de formar para la ceremonia y desfile de nuestro juramento a la bandera, con algunos huasos e indios de mi compañía en Iquique, nos habíamos fumado unos buenos pitos de yerba. Juré bien volado, voladito, pero dando aspecto de estar lúcido. Sólo sentí en ese imborrable momento una inquietud: ¿Rendir la vida, si fuese necesario?… ¡Ni cagando rendiría mi vida!… También pensé que era algo irreal enfrentarme o llegar a un caso tan extremo. Pero ahora, era la más cruda y real verdad.
Mientras divagaba mi mente, concluí que estaba cagao, al igual que todos los soldados que habíamos jurado a la bandera el día de la infantería. Mi regimiento tenía como emblema el parche rojo. Como infante, nos tildaban de perros, si es o era un perro infante, de parche rojo, igual que los comunistas. El mismo color. Pero ahora, yo era un soldado, un guerrero de la muerte. Me invadía la lujuria de la acción mortuoria, mis sentidos al límite. Decidido hasta la muerte. La muerte de otros. Ni cagando rendiría mi vida. Cada misión era un duelo de vida o muerte.
El furgón se detuvo. Bajamos en silencio, confundidos entre las sombras de las mal iluminadas calles, pegados a las murallas, avanzamos. Al doblar la esquina, el ruido de las aguas del río Mapocho, me recordó el sonido de las playas de Iquique, pero la brisa fétida me devolvió a la realidad. Nos encontrábamos en el Santiago miseria.
Caminamos unas cuadras, frente al río Mapocho, ingresamos a un viejo y sucio edificio, sigilosos, silenciosos. El oficial ordenó detenernos, inspeccionó la habitación, luego seguros y confiados, llegamos a un segundo piso, pegados a ambos lados de la puerta del departamento. El oficial golpeó con fuertes y cortos golpes, como si fuera una clave y después de unos segundos, para sorpresa de todos, se abre la puerta y confiado salió un hombre joven, y al ver a nosotros, los militares, su rostro se transformó en terror y alcanzó a gritar: ¡No!,… ¡No!, ¡No! Son militares… ¡No!
El oficial lo agarró del pelo y a quemarropa disparó en su pecho, mientras otro soldado ingresó al departamento por un costado, disparando a discreción, luego, mi turno. Ingresé tiritando, babeaba, respiraba, exhalaba, miedo asombro. Ya en el interior esperando lo inesperado, donde el tiempo y el espacio no existen, buscaba mi enemigo, buscaba a mi víctima. Necesitaba mi enemigo. Necesitaba a mi enemigo para darle muerte. Al disparar sentía la coronación a mi maldad. Sólo necesitaba disparar, sólo quería sentir el clímax de la muerte. Ese placer morboso, ese placer paradisíaco al traspasar la frontera de la muerte. Todo se convertía en susto y gusto…, pero nada, un segundo y …nada.
-¡Mi teniente, no hay más enemigos!- Balbuceé casi decepcionado.
Ingresó el resto de los soldados, el oficial soltó al hombre cadáver, bañado en sangre. Revisamos el departamento, donde encontramos literatura marxista y fusiles AK-G rusos, más municiones y explosivos.
Luego el oficial ordenó revisar el cadáver a uno de los soldados.
– A su orden mi teniente- De inmediato, prosiguió a urguetiar al muerto. Para sorpresa de los que mirábamos, vimos como el soldado retiró de la cintura del cadáver, una reluciente pistola, y con una autoridad que sólo él se la había dado, se la guardó entre su parka. Luego, siguió revisando desde uno de los bolsillos, sacó algo increíble, un fajo de billetes de dólares. Se veía una cantidad apreciable, y, nuevamente, cara de palo, se los guardó en su parka. Continuó revisando y sacó una libreta, que era un pasaporte, se dirigió al oficial diciendo:
-¡ Tome, mi teniente!- El oficial recibió el pasaporte y certificó que el occiso era de nacionalidad cubana y preguntó al soldado:
-¿Sólo esto encontró? ¿Y la pistola y los dólares?
El soldado con voz clara y convincente le respondió al oficial:
– Mi teniente, los dólares y la pistola ahora son míos, son mis trofeos de guerra.
A lo que el oficial, totalmente sorprendido y molesto, contestó con tono amenazador:
– ¡Soldado, eso es un acto de pillaje!. En estado de guerra es un acto de rebeldía a la disciplina militar, por lo tanto, le repito por última vez:
-¡Entrégueme los dólares y la pistola!-
El teniente al terminar esas palabras, retiró el seguro de su arma automática y, como respuesta, el soldado ladrón, para sorpresa de todos, sacó la pistola , y en un acto descabellado, demencial, apuntó a quemarropa y disparó una mortal descarga en el pecho del oficial.
Quedamos petrificados. Atónitos, estupefactos, momificados, trastornados.
-¡ No!, ¡No! ¡Huevón! ¿Porqué, güeón?. Mira la cagá güeón. Gritamos aterrorizados.
-Ustedes, no se metan, pelaos güeones, la mala onda fue con mi teniente, el güeón me iba a disparar, güeón. ¿O no cacharon güeón?. Me iba a disparar güeón. ¡Oh, no, no!…¡ Maldición!… ¡No! ¡Concha de tu madre! No, no quería hacerlo, pero él me iba a disparar. Me voy, chao, me voy.- Concluyó el soldado que ahora se había convertido en un soldado ladrón y homicida, sin dar cumplimiento a su juramento a la bandera, cuando gritó, en forma ilusa, en ser “un soldado valiente, honrado y amante de mi patria y rendir la vida, si fuese necesario. Obedecer las órdenes de mis superiores y bla, bla, bla”.
El soldado ladrón, homicida, tiró al suelo la fornitura, el arma automática y aún con la pistola en su mano derecha dijo con un tono de voz pavoroso:
-¡Chao! ¡ Me voy, ja, ja, ja! – y abandonó el departamento.
-¡Oye, Demián! Murió el teniente, güeón. Cacha está muerto. La mensa cagá güeón, que mala onda.
Todos los que aún permanecíamos en la habitación, no sabíamos que actitud tomar. Esa situación nos había desequilibrado. Nos mirábamos unos a ótros, sin saber que hacer. Ese momento de total incertidumbre fue roto por una demencial voz y risas que se oían desde el exterior del departamento:
-¡Hey, soldados! ¡Hey, escuadra de servicios especiales! ¡Hey, pelaos, me voy, ja, ja, ja!
Nos acercamos al balcón del 2do. Piso del departamento y divisando al soldado ladrón homicida, que se encontraba en medio de la calle, donde nos miraba y se reía, en total estado de locura, y desgarrando sus pulmones, con un grito mortal, quizás, recordando su juramento a la Bandera, sólo se limitó a pronunciar: ¡Chaooo!- llevando la pistola a su cabeza, disparándose una mortal descarga con su pistola y chao-.
-¡No!, ¡No!, ¡No! Güeón. ¡No!, ¡No! … – No hizo caso. No escuchó nada. No quiso vivir. Y, en algo cumplió su juramento a la bandera, cuando llevó a su realidad esas palabras que dicen “rendir la vida, si fuese necesario”. Pero se había convertido en ese preciso instante en un soldado ladrón, homicida y suicida.
Bajamos más que corriendo del departamento. Llegué al lado de él. Estaba convulsionado y, cuan largo, tendido en el frío pavimento. El impacto de bala, tan cerca de su cabeza, sin detallar el calibre de la pistola. Esa arma era letal, mortal… Tenía un forado, como un puño, por su ojo izquierdo salió el proyectil. De seguro que a la bala le fue alterada su trayectoria natural al encontrar un obstáculo y fue desviada en forma grosera y salió por la cuenca del ojo. Sólo se veía una mancha oscura y deformada por restos de carne o partes del globo ocular. Estaba todo cubierto y bañado por la sangre que salía a borbotones.
El soldado ladrón, homicida y suicida, tiritaba, cerraba y abría un solo ojo, sin saber, sin sentir, sin ver que hora tenía un solo ojo, y a la vez, balbuceaba o hablaba algo incoherente o en otra lengua, cuando le fue presentada su propia muerte. No alcanzó ni a disfrutar ese momento y murió…
-¡Alto!, ¡No se muevan! ¡Manos arriba!– ¡Patrulla Militar!
Esos gritos nos distrajeron del rito mortuorio. Era una patrulla…
-¡No disparen somos militares!.¡No disparen!…-Gritamos desesperados y angustiados-.
-Dejen sus armas en el suelo y avancen con las manos en alto. Al primer movimiento sospechoso disparo a matar. ¡Con cuidado! ¡Es una orden!
Avanzamos como la patrulla ordenó, y, cuando estuvieron seguros de nuestra situación, le relatamos esa increíble, demencial y real situación al oficial a cargo. Luego de enterarse de lo acontecido fue con un soldado de mi escuadra de servicios especiales, a buscar un furgón. Subimos al cubano muerto, al soldado ladrón, homicida y suicida, y arriba de todos ellos, al teniente muerto al tratar de dar cumplimiento al reglamento de disciplina militar.
Sin hablar nada, sin hacer ningún comentario, nos balanceábamos al compás del movimiento del furgón. Cansados, lánguidos, mustios, casi bajoneados, después de haber casi alucinado con esa dosis de la más cruda realidad.
Y como broche de oro, vimos con asombro que con el movimiento del furgón, desde uno de los bolsillos del soldado ladrón, homicida y suicida, cayeron, dando tumbo entre los muertos, el fajo de billetes de dólares, casi en la mano del dueño inicial de ese dinero, que ahora yacía muerto…
Llegamos a la escuela militar. Bajamos a los muertos amigos y al muerto enemigo. Al rato llegó un mayor. Le explicaron con lujo de detalles lo acontecido. Mientras al oficial le relataban esa macabra realidad, éste se tocaba y rascaba la cabeza, quizás, no queriendo creer lo ocurrido. Luego, el comandante ordenó formar…
-¡Atención! ¡Escuadra de servicios especiales! ¡Honores a nuestros camaradas caídos en acto de servicio militar!-¡Atención, firmes! ¡Alinear, vista al frente! ¡Al hombro ar…! -¡Atención, presenten armas!…
Presentando armas, firmes ,estáticos, gélidos, mudos, sentíamos como la brisa helada y cubiertos por la luz gris de ese día, totalmente nublado, servía como marco perfecto para este cuadro patético.
-¡Soldados!.. ¡Descansen armas! ¡Giro a la derecha! Mar…
Un solo movimiento. Al unísono, obedecimos y, nos dirigimos a limpiar nuestras armas y reponer municiones. Cuando nos dirigíamos al sector indicado, cruzó en sentido contrario el capellán. Fue algo instintivo, mi mirada se mezcló con la del cura, y con todo desparpajo e ironía le mostré mi rostro, esgrimiendo una sonrisa, con mi cara plena de felicidad y, para mis adentros, pensé: “Anda a sapear la mensa cagaíta güeón, cura culiao”.
Mientras limpiaba mi arma, me invadía un torbellino de dudas. Sumido en un mar de confusiones, sintiendo que todo lo que, hasta ahora, había vivido, transformó mi estado mental en una demencial locura, no queriendo aceptar que esas sensaciones me transportaban a lo apasionado y terrible, cayendo en un vértigo de sensaciones que podrían hacer de mí lo que quisiera, cuando entregaba mi adicción a ella.
Ese sentimiento descubrí en mi servicio militar obligatorio, cuando, ahora, yo era parte del mundo desconocido y tenebroso de los militares.
Después, nos dirigimos al rancho, donde recibimos nuestro habitual desayuno: un jarro de café con leche y pan con chancho chino. Durante el desayuno, llegó un oficial y ordenó que todos los soldados que formábamos la escuadra de servicios especiales, seríamos devueltos a nuestras unidades.
Sentado en mi cama, esperando a quien vendría a buscarme, sentía como me invadía el sueño, pero una orden me despertó.
-¡Soldado Demian!
-¡¡¡Ordene mi teniente!!!- Contesté.
– ¡Diríjase a la entrada principal. Mi capitán Martus lo espera!
– ¡¡¡A su orden, mi teniente!!! – contesté, mientras tomaba mis pertrechos de guerra y con una insignificante despedida hacia los soldados, dirigí mis pasos a la salida de los dormitorios. Pero, al llegar a la puerta detrás de mí, escuché:
-¡Soldado Demián! –
Dí la media vuelta, y vi al resto de los soldados de la escuadra de servicios especiales con una actitud de estar rezando; y, uno de ellos, haciendo la señal de la cruz, con la cara llena de risa, gritó:
-¡Salud! Ja, ja, ja, ja.
A lo que contesté feliz
-¡Amén, soldados! Ja, ja, ja. — Y salí en dirección al jeep donde esperaba mi capitán Martus. Hice los saludos de rigor, subí al jeep y abandonamos la escuela militar. Luego de una pausa, mi capitán curioso preguntó:
– Soldado Demián, me llamaron urgente, para que te viniera a buscar. ¿Te mandaste alguna cagá, güeón?
-No, mi capitán. Sucede que un soldado mató a un teniente.
Durante el trayecto relaté lo acontecido a mi capitán Martus. Este, impresionado, casi no lo podía creer.
Llegamos a la escuela de telecomunicaciones, donde me encontré con los soldados de mi unidad.
-¡Hola, indio Demián!. ¿Dónde chucha te tenían los milicos güeón?. Cuenta po´ indio.
-¿Sabís, guaso culiao?.. te cuento. Lo pasé flor. Estaba de guardia en una casa de putas, tenía que cuidarles el choro y como yo soy super rico, me las caché a todas y el sargento…
-¡Sale indio culiao! Estai güeviando, chao güeón…
Así pasó la tarde, entre risas y bromas, evitando cualquier comentario de todo lo vivido durante mi estadía en la escuela militar, donde formé parte de la escuadra de servicios especiales.
Después ordenaron formar en línea, hacia un escritorio, donde un sub-oficial nos ordenaba dar nuestra dirección y nombre de mis padres, ciudad de origen y escribir un telegrama que decía:
Queridos padres: Me encuentro sin novedad punto cumpliendo obligaciones militares punto saludos punto. Fecha 29 Septiembre 1973 Hora 17 P.M. Santiago.
Terminado este trámite alistarse y formar para el rancho, donde sirvieron lechugas y chancho chino, cazuela de vacuno, mote guisado con unas diminutas y miserables partículas de carne remolida, un jarro de té y chao.
Un pequeño descanso, y, nuevamente, a formar para el relevo de la guardia.
Ahora, estaba de guardia por el perímetro de la escuela de telecomunicaciones y la escuela de carabineros. Relevamos a mis compañeros en un pasaje de casas relindas, pero con más frío que la cresta. Frío y soledad. En la esquina sapeando y mirando nada. Mi mente observa. Se vé al observarse a si mismo. Mis ojos, mi vista, no me pertenecían. El frío de mis ojos, saben más del hombre que soy.
El frío está en mi cuerpo. Decaído y desanimado, lloro, sollozo, triste y deprimido. Me siento helado, relajado, que casi caigo dormido… camino, simplemente camino… sin ningún pito. Tengo una horrible sensación de miedo… fué una sensación pavorosa… Sintiendo frío y viendo las casas super bonitas, pero rodeadas del gélido frío capitalino, tiritaba mi compañero y yo. Nos mirábamos. Nuestros ojos y nuestras vistas, no nos pertenecen, casi inconscientes por el hielo de la noche del Santiago insoportable.
El frío dio paso a mi impulso irracional, y dejo nacer un mal pensamiento, dejo jugar a mi maldad. Camino,… simplemente… camino… por el pasaje de casas lindas, tratando de esquivar el frío, escuchaba los ronquidos que salían a través de las ventanas, parecía un concierto de ronquidos. Los ciudadanos dormían plácidamente, mientras, que nosotros, luchábamos contra el frío, el sueño y la cordura. Viendo a mis compañeros, sintiéndonos con una profunda tristeza interior, sintiéndonos humillados y usados, explotó en mí un acto demencial e histérico a lo que comenté…
-¡Cuando yo no duermo, nadie duerme güeón!.. Retiré el seguro de mi fusil, apunté al aire y grité enloquecido a la vez que disparaba una ráfaga.
-¡Alto, alto ahí!. Y ordené a mi compañero de guardia.
-¡Dispara güeón, dispara!…- corrí junto a mi compañero ordenándole nuevamente.
-¡Dispara, concha de tu madre! ¡Dispara o te cago, guaso culiao!
-¡Dispara, concha de tu madre…!
Este con sus ojos desorbitados, obedeció y descargó su fusil automático con una ráfaga al aire.
-¡Bien, guaso culiao! ¡Ven sígueme, güeón!.
Corrimos, simplemente corrimos… fuera del pasaje, dando la vuelta, bien lejos, nos detuvimos entre unos árboles, jadeando, perturbados, pero sin frío, sin nada de frío… El guaso totalmente furioso y confundido gritó:
-¡Indio culiao, estay loco, güeón!… ¿Pa´qué chucha disparamos, güeón?
¡Por qué chucha! ¡Estay rayao indio culiao, güeón!
A lo que le respondí con total tranquilidad, casi feliz…
-¡Pa´güeviar, po´s, guaso, ja, ja, ja.
El guaso, mirándome sorprendido y cauteloso ante mi desequilibrada actitud dijo:
-¡Indio Demián, seguro que ahora vá a venir la patrulla! Qué güeá le vamos a decir?
-Déjame a mí, yo le cuento al cabo de la patrulla, que salieron unos
civiles, por la pared del pasaje y les gritamos alto y no obedecieron, por eso disparamos, po´s güeón…
-¡Indio culiao! ¡Estái loco güeón!
-¡Y qué querís, guaso culiao, los güeones están durmiendo tranquilitos en sus casas y nosotros, en la calle cagaos de frío y sueño!. ¿No cachái que estamos pa´l güeveo de los milicos y los civiles? O no cachái que estos güeones nos metieron en su volá. Son todos unos satisfechos, son unos patuos, si alguien me güevea, los agarro a balazos, no me importa ninguna güeá, cachái. Se nos pasó el frío y el sueño, ja, ja, ja.
-Tenís razón, indio culiao, ja, ja, ja.
Estábamos locos, eufóricos de risa, sin frío, nada de frío, nada de sueño, nada de aburridos, sólo sabía que el frío desequilibró mi mente.
Las luces de la patrulla nos distrajeron. Cambiamos de actitud, de felices a cara de haber disparado sin motivo. Debía justificar con una mentira convincente mi actitud morbosa, que nació al sentir ese frío desequilibrante, mi maldad prevaleció y debía seguir el juego, cuando me presenté a la patrulla.
-Mi cabo, al fondo del callejón saltaron cinco hombres armados, disparé y grité alto, luego los dos abrimos fuego, pero no le dimos a ninguno.
El cabo al mando de la patrulla, casi incrédulo por mi explicación, y para aclarar sus dudas preguntó al guaso
-¿Y usted, soldado, qué hizo?
-Es verdad, mi cabo- respondió con una voz, que no se la creyó nadie. Su cagá de voz, dejó en total duda mi increíble versión.
A lo que el cabo intuyó que todo era una farsa y amenazó:
-¡¡¡Parece que están puro güeviando, pelaos!!!- En el regimiento vamos a hablar… ¡Buenas Noches!
Se retiró la patrulla, sabiendo que aún no terminaba mi juego..
-¡Oye Demián! ¿Por qué hiciste esa güeá? ¿Estái loco, güeón?
-¡Oye guaso, quería disparar, quería disparar, eso quería, disparar, güeón,… ja, ja.
Después sentí mi cuerpo lánguido, deshuesado, sobre la forma perfecta del tronco de un árbol, que servía para cobijar toda la gama de sensaciones que recorría mi alma, mis sentidos, por lo irracional.
Mi actitud reflejaba lo inconsciente de los militares al traernos a esta situación, o ellos, simplemente, nos miraban como soldados, sabiendo que todos los soldados somos hijos del pueblo. Los hijos de papito no cumplen el servicio militar obligatorio. La clase menos que media, está propensa a cumplir con el servicio militar obligatorio.
Todos intuíamos que más de alguno de nuestros familiares queridos, correría el peligro de las fuerzas armadas, porque los militares estaban poseídos por el embrujo de la guerra, su agresividad sobrepasó los límites. Actuábamos brutales, groseros, violentos, letales, eficaces y mortales.
La instrucción que aprendí, mucho antes del “golpe militar”, sin pensar jamás que eso ayudó a coronar mi maldad. Recibí esa instrucción como algo mío. Disfrutaba con esa forma agresiva, que ahí en el ejército, uno descubre, o te gusta, o no sé que chucha, a mí me volaba. Fue una droga límite, un vicio donde me creía “la muerte” y en “Santiago-vietnám” la usé.
Me sentía caer bajo los hechizos de esta situación, pues la experiencia de gozo o placer estaba sobre la razón y la voluntad. Aquello que simboliza el deseo de lo prohibido, aquello que debo experimentar sin importar el costo, es la necesidad de caminar al borde del abismo. Ese latido de muerte y vida, de control y descontrol, de amor y odio, era la necesidad de la intensidad de experimentar mi vida.
Empieza a amanecer en la capital, los pájaros trinan, dándonos ánimo. De las casas re lindas, salen señoras, señores, estudiantes. Nos miran tímidos o molestos por la balacera de esa noche, sin saber que esos disparos, fueron ocasionados por una razón de seguridad o simplemente fue por una estupidez, o era el deseo demencial de calmar mi equilibrado o desequilibrado ímpetu de verme inmerso en el clima de violencia armada, siendo esta clase de hombre que está al límite de la vida y la muerte. Ese sentir naturalmente morboso, te descontrola.
Con mi fusil al pecho, caminando en forma ridículo, sentí toda mi estupidez aflorada por el uniforme, con cara y aspecto de estúpido, caminaba por la acera.
-¡¡¡Hey, Demián!!! ¡¡¡Soy ridículo, güeón!!! – comentó mi compañero.
-¡¡¡Qué te pasa, guaso!!!- soy ridículo, soy milico ridículo. ¿Qué cara pongo con la cagá de anoche, güeón?
-Calma, indio Demián. ¡Cacha… las viejas pa´ricas!
-Las dos mujeres, señoras, rubiecitas, exquisitas, se dirigieron a nosotros.
-¡Señores soldados! ¿Le puedo preguntar algo?
A lo que respondí con ironía y coqueto:
– ¡Pregunte todo lo que quiera, es lo más que deseo!- respondí a la rubia exquisita mujer, y a la vez, con los ojos fijos en sus pronunciados senos. Ella inquieta preguntó:
-¿Acá fue donde anoche se escucharon unos disparos?
– Yo voy a contarles lo que pasó: Resulta señoras, que anoche, yo quería prender un pito de marihuana, y no tenía fósforos (esa es la panne del hippie) y, resulta que golpeé en una puerta. Salió una mujer estupenda, como ustedes, en bata, le pedí fósforos y al saber que era para encender un pito, nos invitó a fumar en su dormitorio, y cuando estábamos fumando, la señora dijo que cuando fumaba yerba, junto con volarse, se excitaba y empezamos a revolcarnos con esa señora, pero llegó de repente su marido, el que se enojó y como nos insultó…. ¡lo matamos!..
Terminé diciendo esa brutalidad, más aún abriendo mis ojos, mirando descaradamente y con cara de caliente recorrí todo el cuerpo de esas ricas santiaguinas. Ellas rojas de vergüenza por mi desfachatez, dieron la media vuelta y salieron despavoridas desde nuestro lado, molestas, avergonzadas o quizás, creyendo cualquier güeá.
-¡Oye, indio Demián!. ¡Que soy ordinario, güeón! ¡Como fuiste capaz de contar esa güeá!- a lo que respondí a grito pelao y con rabia.
-¡Oye, guaso culiao! Es que estoy caliente, acá en Santiago no he podido hacer nada. Estoy caliente… ja, ja, ja.
Algunos peatones miraban, dudando o queriendo dar a entender que escucharon mal.
-¡Demián!… ¡Cállate, cállate, cállate, güeón…!- Gritaba mi compañero.
-¡Estoy caliente! Ja, ja. ¿Chao? – repetía histéricamente, repetía casi descontrolado, luego de mi arranque de estupidez.
Miré al cielo, sentí unas gruesas gotas en mi cara. Que nostalgia de tiempos idos. La lluvia, las lágrimas, eran un barniz para el alma.
Sintiendo una profunda tristeza interior, había estado pagando el precio de la negación de mis auténticos sentimientos. Simplemente, lloré, simplemente, sin importar nada, sentado en la cuneta, mirando al cielo, lluvia y lágrimas. Odio y amor, cordura y locura, ja, ja, ja. Sentía que en Santiago-Vietnám, tenía una locura total.
-¡Hey, Demián! Párate, puede venir el relevo.
Al verlo, sus ojos se veían húmedos y agregó…
-¡Estái llorando, indio culiao!
-¡No, guaso culiao! No son lágrimas, de dolor. Son lágrimas de puro semen. Boto semen hasta por los ojos güeón, ja, ja, ja.
-¡Ándate a la chucha, indio culiao! Ja, ja, ja.
Terminaron en risas, nuestras angustias y chao. Apareció el jeep con el relevo, entregamos la guardia, y nos transportaron a la escuela de telecomunicaciones.
Al entrar a la escuela, estaba esperándonos el cabo incrédulo, y apenas nos vió ordenó:
-¡Ustedes dos, vengan… acompáñenme!
El cabo nos llevó a un lugar apartado y nuevamente interrogó sobre el motivo de los disparos de esa noche.
Le repetí el mismo cuento, palabra por palabra, pero necesitaba algo para convencerse y preguntó al otro guardia:
-¿Por qué disparaste tú? ¿Dónde estabas? ¿Al lado? ¿Juntos? ¿Separados?.
El guaso culiao, tratando de emitir una actitud y voz convincente, con su cagá de vos, delató nuestro juego, a lo que el cabo ordenó furioso.
-¡Ya pelaos! ¡Tronco incline! El cabo pensaba castigarnos, pegándonos patadas en la raja, pero yo no lo acepté y levanté mi fusil y apuntándole a su cuerpo lo enfrenté decidido a todo, gritando
-¡Mi cabo, si cree, cree! Pero a mí no me va a castigar como a un vulgar pelao conscripto…
El cabo incrédulo, furioso y sorprendido, dió la vuelta y partió en dirección de no sé dónde, pero lo más seguro, sería que daría a conocer mi acto de total rebeldía, a la disciplina militar, con el comandante de mi compañía.
-¡Oye, indio Demián! ¡Güeón, estái loco! ¡Cómo se te ocurre apuntar al cabo. El güeón, quedó loco.
-¡Vos, guaso!. Nunca viste esta situación. Si el cabo viene con mi capitán Martus, yo explico mi actitud, pero tenís que afirmar que nunca lo apunté con el fusil.
-No sé, indio Damián, estoi loco con vos, que tenís cada arranque de locura, güeón.
De inmediato apareció ante nuestras miradas el cabo incrédulo, junto con mi capitán Martus y ordenó:
-Usted soldado, tú Demián, ven de inmediato. El otro que se retire.
El capitán ordenó que lo siguiera, mientras el cabo incrédulo y el otro guardia salieron en distintas direcciones.
-¡Soldado Demián!. Su cabo lo acusó de una grave falta. Quiero escuchar su versión. No quiero perder el tiempo. Sea preciso y breve.
-Mi capitán, anoche, cuando estaba de guardia, casi inconsciente por el frío, creí ver unas personas en actitud sospechosa. Les ordené alto o disparo, pero no obedecieron y abrí fuego, junto con ordenar al otro guardia que disparara. Después de ese momento crítico, no se veía nada, ningún civil o algo sospechoso. Al rato llegó la patrulla, le expliqué a mi cabo, y él, simplemente, no nos creyó. Quería castigarnos con patadas en la raja… Yo, no acepto ese vulgar castigo. Yo, ahora soy un soldado, un guerrero, un perro infante. Es cierto que insinué algo con mi fusil en contra de mi cabo, pero él no tuvo el valor para enfrentarme y salió directo a acusarme.
-Mi capitán, yo soy un soldado. Esa no es manera de castigar a un soldado guerrero, y seguía explicando a mi capitán.
-Me he visto en situaciones de extrema violencia, pero la verdad, mi capitán, a mí se me ocurrió disparar. Estaba trastornado de frío, esa es la verdad.
-¡Soldado Demián!-¿Le habría disparado al cabo?.
-Mi capitán Martus, si el cabo hubiera tratado de sacar su pistola, y me hubiera enfrentado, ceo que para él o para mí hubiera sido fatal, esa situación extrema me transforma, no la rehuyó, al contrario, me atrae, siento un susto y un gusto morboso. Eso lo descubrí ahora, mientras cumplo mi servicio militar. Estoy casi loco. Descubrí que la violencia extrema, o alguna situación extrema, no me desagrada, casi podría decir que la disfruto a cualquier precio. Esa es mi situación, capitán Martus.
. – ¿Soldado Demián, antes del ejército, aparte de estudiar, cuál era su actividad?
-Mi capitán, yo me creía hippie, sólo era paz y amor. No a la guerra, sí, al amor, sí, a la vida por la naturaleza y mi arma era un pito de marihuana, ja, ja, ja – contesté riendo, casi molesto al darle a conocer mi vida pasada y vicios presentes.
-Es para no creerlo, soldado Demián, tu cambio de actitud. Siempre te has destacado por tu forma de aprender la instrucción militar. Más aún, tu forma temeraria y letal que has demostrado acá en Santiago.
-Mi capitán, desde que me vi enfrentado a situaciones límites, parece que estuviera hechizado, embrujado.
-¡Cálmate, soldado Demián!. Nuestros enemigos son los de la izquierda, no los militares. Entiendo tu estado pero, controla tus impulsos, quiero llevarte vivo a Iquique. ¡Es una orden!.
-Sí, mi capitán- El capitán ordenó que fuera a descansar y chao.
El capitán Martus, sabía que le conté la verdad, porque la verdad se siente, la verdad no se sabe. La verdad se siente.
Fui al dormitorio, guardé mi fusil casco y fornitura. Tomé mi jarro y fui al rancho.
Desayuno: café con leche y pan con chancho chino. En el comedor divisé a mi compañero de guardia. Este levantó las cejas, esperando mi respuesta. Levanté mi brazo derecho y le mostré el signo de la paz. Acá y allá, no había pasado nada. Asunto terminado.
Después al dormitorio. Fuera el uniforme, ducha y aseo corporal. A la cama, dormir, dormir y chao.
A las 12.30 a.m. , levantarse la guardia saliente. Al rancho. Formados, lavados, al rancho mar…: cazuela de vacuno, porotos con rienda y un jarro de té y chao.
Durante el rancho ordenaron que todos los soldados en descanso, deberían estar a las 15 hrs. en aula de la Escuela de telecomunicaciones, porque venían unos artistas a entretener a la tropa.
Estaba ubicado en la segunda corrida de asientos, después del escenario. Sobre éste se veían guitarras eléctricas, teclados, baterías y equipos de sonidos. Muy bonito y moderno todo. A la hora prevista, apareció un animador anunciando..
-Soldados, nuestra misión es entretener a la tropa y ahora, dejo con ustedes al conjunto “Panal” con su vocalista Dennis.
Salieron los músicos al escenario, afiataron sus instrumentos, 1,2,3 y la música a todo chancho, a todo volumen, junto a la aparición de la cantante Dennis. Ella vestía mini, botas y una sensual polera escotada. Cantaba y se movía casi insinuante o, al menos, a nosotros nos parecía un baile casi sensual y se nos transformaba en algo super erótico, sexual. Cuando cantaba y se movía, los alaridos de nosotros, los pelaos calientes, parece que provocaba algún efecto en la cantante. Ella cada vez parecía que se movía más rica y sexy.
Cantó y bailó varios temas, y se fue entre aplausos, besos, suspiros y lamentos de ese público de pelaos calientes.
Luego, salieron las hermosas lolitas del conjunto “Frecuencia Mod”. Eran tres lolitas, cual de todas más, más rica. Fue peor para nosotros los pobres pelaos calientes.
Ya no gritábamos, rugíamos de deseos entre mezclados con aplausos y piropos. Les hacíamos sentir a cada una de las integrantes del conjunto “Frecuencia Mod”, las intenciones de cada pelao, que quería con cada una de esas ricas lolitas.
Al final, salió un cantante pelucón, chascón y barbudo. Este no calentó a nadie. Como llegó, se fue y chao. El show ha terminado..
Llegó la hora del rancho, a comer. Luego a formar para la guardia.
Son las 21,00 hrs. estamos formados para el relevo de guardia.
-Guardias, por columnas, en línea, a la derecha, mar…
De nuevo estaba de guardia en el perímetro de la escuela de telecomunicaciones y la escuela de carabineros.
-¡Indio Demián! ¿Te gustó el show?
-¡Sí, guaso! Las lolitas ricas, a esa Dennis, le chupará hasta los lentecitos, y a la frecuencia Mod, las amarraría una por una, hasta morir de hacer tanto el amor. ¡Estos milicos que son güeones! Cómo chucha se les ocurre traer a esas mujeres. ¡Quedó toda la tropa super caliente, ¿O no, güeón?. Vos no te calentaste viendo a las lolas tan ricas, güeón, porque yo tenía el hueso del amor super parado de puro caliente…
-¡Sí, indio Demián!…Güeón. Quedé super caliente con esas locas, güeón.
-¿Viste, güeón? Ja, ja, ja. – – Nos apretábamos la guata de tanto reírnos. Los ojos se nos llenaron de lágrimas por nuestro comentario.
Yo, estaba apoyado en el tronco del árbol, pero sin saber cómo y de dónde, a media cuadra de nuestra posición, un auto arrancó el motor, aceleró y en actitud sospechosa se dirigió rápido a nosotros. Encendieron sus luces altas.
-¡Oye, indio Demián! ¿Serán militares?
-Apúntalos y pregúntales el santo y seña! ¡Yo te cubro!
-El guardia apuntando casi tímido y algo enceguecido por los focos del vehículo, no mostraba ninguna actitud intimidante, es más, su postura confusa y poco desafiante, dió pié para, que desde el auto, le dispararan a mansalva. Viendo como voló el casco de mi compañero de guardia y a la vez caía al suelo, sin saber, si estaba herido o muerto, disparé, disparé, disparé. Vacié el cargador. Volví a carga mi fusil, viendo que el auto se incrustaba en las rejas de un ante jardín.
Un segundo, un tiempo interminable, igual que una burbuja, sin principio ni fin, acabo con el palpitante silencio. Casi se podía empujar la tensión de ese momento.
-¿Guaso, estái herido?-grité desesperado sin dejar de apuntar al auto.
-¡No, Demián! – éste respondió con tono convincente, pero histérico, poniéndose de pié y dirigiéndose con su fusil, apuntando al auto con la cara desencajada de furia
-¡Cálmate, guaso culiao! ¡Pa´dónde vai güeón! ¡Cálmate, güeón!
El guaso sin querer oir, ni obedecer, seguía enceguecido hacia el auto, llegando a la puerta del conductor, y junto con gritar:
-¡¡Por qué concha de tu madre!! ¡¡ Ah, ah, ah, ah, ah!!
Descargó las 20 balas de su cargador contra sus agresores. Y volvió a cargar munición, vaciando otra descarga a escasos centímetros del enemigo. Los que quedaron totalmente destrozados por los impactos de esos proyectiles de grueso calibre.
-¡Cálmate, guaso!- le gritaba yo, para tranquilizarlo- ¡Córtala, güeón! ¡No!, ¡No! ¡Para, para, guaso!.
Los dos nos miramos, con una orden inaudible. Como un rito, una ceremonia, el ocaso, el relax, lo indeseado, deseado, la lujuria, la vida de la muerte, nos llevó a quedarnos afirmados en el tronco del árbol, esperando lo inesperado, rogando o suplicando por algo más, por nada menos. Tiritábamos, babeábamos, miedo, espanto, susto, gusto y terror.
Luego fui a revisar el vehículo. Los que ocupaban el auto, ahora estaban muertos, los dos cuerpos destrozados.
-¿Ven, están muertos!, ¡Ven, guaso! ¡Ven, güeón, mira!
El compañero de guardia llegó nervioso a mi lado, luego intruseamos el auto, había fusiles AKG, municiones y uniformes verde oliva. Los muertos tenían armas automáticas y sus pasaportes eran cubanos.
Nos encontrábamos revisando el auto, cuando llegó el jeep con la patrulla militar. Bajó mi capitán Martus, y ordenó:
-¿Cuál es la situación, guardias?
-Mi capitán, los dimos de baja. Nos agredieron a mansalva, por poco nos liquidan.
-¡Bien la guardia! -comentó, mi capitán Martus, acercándose al vehículo y al llegar, vimos con asombro, como se desfiguraba su rostro, al ver a esos cuerpos destrozados por nuestras balas. Los otros integrantes también curioseaban al interior del vehículo, y daban vuelta la cara, mirándonos a nosotros, tratando de encontrar alguna explicación o algún consuelo de tanta crueldad.
Mi capitán Martus, se volvió a nosotros y, casi incrédulo, o quizás, no queriendo creer lo que veía preguntó:
-¡Soldado, Demián! ¿Ustedes, dos soldados, repelieron el ataque?
Respondí rápido y seguro -¡Sí, mi capitán!
-¿Y era necesario rematarlos?- el guaso contestó, totalmente descontrolado.
-Mi capitán, ellos dispararon primero. Una bala rebotó en mi casco, ellos querían matarme, pero Demián los aseguró, y …yo, los rematé. Ellos querían matarme, sí, mi capitán. Ellos querían matarme, mi capitán. Ellos querían matarme, ja, ja, ja, y yo los rematé, mi capitán ja, ja, ja. Ellos querían matarme, mi capitán, ja, ja, y yo los rematé, mi capitán ja, ja, ja.
Su risa demencial, desquiciada, increíble, desequilibrada y maldita, dió a entender, a mi capitán, que ahora, nos habíamos convertidos en unos perros infantes rabiosos… El capitán, sorprendido por nuestra actitud, ordenó volver a nuestro puesto de guardia.
El capitán volvió con nuevos cargadores de balas y ordenó
-¡Soldados, entréguenme sus cargadores vacíos!
-Gracias, mi capitán.
Luego, vino un vehículo grúa y una ambulancia llevándose los cuerpos masacrados y el auto baleado y chocado, quizás donde nunca se supo.
Nuevamente solos en nuestro puesto de guardia.
-¡Oye, indio Demián! ¡La salvá que nos pegamos, güeón!¡Esos culiaos querían matarnos, güeón. La media volá…
-¡Vos te salvaste, guaso culiao!. ¡Estabai regalao con esos güeones!. ¡Cómo chucha no cachaste cuando dispararon! .Vos tenís que estar en el filo, en la cúspide, en el clímax. Listo a disparar, a disparar de manera letal, mortífera, o tú. Primero, tú; segundo, tú. Eso es este clima de violencia… y seguí vociferando, casi en trance.
-¡Oye, guaso! Todos estos güeones, que se enfrentan a los militares, son políticos idealistas, son suicidad, sin criterio, mueren por su ideal y matan por su ideal, después se van al paraíso o al infierno de los mártires, pero muertos ja, ja, ja, ja…
-¡Oye, indio Demián! ¡Dime la firme! (la verdad). Si te matan, güeón, ¿qué onda pensái?…
-¡Mala raja! ¡Si me matan! Pero, que sea con mil balas, para quedar fragmentado en mil partes, y lo que quede de mi cagá de cuerpo, lo tiren a los potreros, bien cerca de Los Andes, para que las aves carroñeras se alimenten de mis piltrajas humanas, y cuando vuelen y defequen, que esas fechas caigan sobre las matas de marihuana y así poder seguir volando por los siglos de los siglos, amén, guaso culiao, ja, ja, ja.
Terminé mi respuesta a su mortuoria pregunta. El guaso al escuchar esa actitud tan volada de mi vida, puso una cara como de espanto y se escondió en su silencio. Después ningún comentario.
El frío cubrió todo, helaba, congelaba, casi todo, pero todo normal. Después de ese momento macabro, donde sentía mis extrañas vibrar con mi demencial violencia, sintiendo relajada mi maldad, como bajoneado y envuelto en una total depresión y angustia, en medio de un mar de confusiones, necesitaba llorar. Las lágrimas se arrancaban de mis ojos. Luchaba con ese sentimiento imbécil, casi infantil. Me distraje y grité suavemente…
-¡Santiago-vietnam! ¡Santiago-vietnam! Ja, ja, ja. – hablaba solo y reía. Ja, ja, ja. – ¡¡¡Santiago loco, Santiago-vietnam!!!. ¡Ja, ja, ja!
-¿Qué te pasa, indio Demián? ¿Te volviste loco, güeón?
-¡Sí, guaso culiao! ¡Estoy loco, acá en Santiago-vietnam! Ja, ja, chao.
Me voy, ja, ja …— sin instinto, sin asombro, sin asco, sin cordura, llevé la punta de mi fusil a mi boca, reflejando clara y convincente mi actitud, y cuando me disponía a dispararme
-¡¡¡No!!! ¡No, indio culiao! ¡¡¡No, no, güeón!!!
Sentí un empujón, caí al suelo, viendo como el guaso tomaba mi fusil. Sacando el cargador, me gritó asustado.
-¡Cálmate, indio Demián! ¡Que el Diablo no te gane, güeón! ¡Cálmate, indio Demián!
-Ya, guaso, pásame el fusil.
El guaso, pasó mi fusil, pero sin el cargador, sin decir absolutamente nada.
Tomé mi arma, caminé varios pasos, controlándome de mi arranque suicida o enloquecido… Solo… en un costado, sin comentar nada con el guaso, llegó el relevo.
Cuando nos dirigíamos a la escuela de telecomunicaciones, el guaso poniendo cara de buena onda, comento:-
-¡Indio, Demián! ¿Se te pasó la güeá?
Mirándolo con mi cara de loco le respondí:
-¡¡¡No, guaso, culiao!!! ¡Esta güeá no se me va a pasar nunca, güeón sapo! ¡¡¡¡chao…!!! – Me adelanté al caminar.
Así llegamos a nuestro cuartel, sin ningún otro comentario.
Al rancho: Desayuno, café con leche y pan con chancho chino.
En la escuela de telecomunicaciones, se acercaron unos pelaos con mi compañero de guardia, preguntando si era verdad lo que había pasado. El pelao para ratificar dijo:
-Sí, güeón, este güeón se volvió loco y quería pegarse un balazo, güeón.- El otro soldado, prar confirmar dijo:
-¿Demián, es en serio, güeón?. Dije
– Sí, güeón, sapo y al pelao que me güevee, le voy apegar una balazo en las güeas, para que se convierta en maraco, y cuando salga a la guardia, vaya con los labios pintados para que parezca milico hueco…Ahí, se acabó la charla, cagándonos de la risa.
Dormir, ¡que rico!. Después de la mejor orden: a dormir. Mi cama, mi símbolo de escape a la realidad. Tratando de dormir acompañado con mi depresión, se vino la nostalgia de mi mamá Helen, el pelao René, mi abuelita Ada, mis hermanos: Gregorio, Alfredo, Alejandro y Rebeca, mi hermanastra, hija de mi padrastro, el pelao René. Era muy rica. La había amado desde que mi mamá se juntó con el pelao René. ¿Que me gustaba? Esa cabra güeona, me tenía loco. Era un amor insólito. Sólo la quería a ella, pero no podía pololear. Vivíamos en la misma casa. Ella era hija del primer matrimonio del pelao René. Yo era hijo de mi madre viuda. René la cuidaba como hueso santo. En mi casa, nadie cachaba esa onda. Ella igual, algunas veces, estando solos, escondidos, nos pegábamos los medios atraques, y sufríamos por nuestro amor prohibido. Los dos sabíamos que nuestros padres jamás aceptarían nuestro más puro e increíble amor. Obviando, todo eso, igual nos hacíamos chupete. Fue mi primer amor. Mi desgarrado, inaceptable, incomprensible amor. Pero, gracias a las circunstancias, se enfrió esa pasión, tomando ambos distintos caminos, en muy buena onda. Así, reconfortado y feliz, pensando en ese bonito amor de mi niñez, dormí super rico.
-¡Despierten soldados! ¡Alistarse para el rancho!
Bañado y formado con el plato, jarro y cuchara fuimos a almorzar: entrada de lechuga con una torreja de chancho chino, cazuela de vacuno, porotos con rienda y un aguachento jugo yupi… Después nos enviaron a hacer el aseo a toda la cagá de escuela de telecomunicaciones. Tres pelaos recogiendo basuritas con la mano. Uno de ellos, se encontró un fulminante de granada (es como una pila larga y chica, que activa la granada de mano), mirándolo y pensando que no servía, lo tiró al montón de basura y después el cabo ordenó quemar esos desperdicios. Obedeciendo la orden prendimos fuego, lo que agarró rápidamente. Y… sorpresa, güeón, nos acordamos del fulminante. Yo dije:
-Capaz que explote la güeá. – El otro pelao dijo:
-No pasa ná, güeón.
Salí corriendo, como presintiendo algo, y los otros imitaron mi onda. En la carrera nos cruzamos con el cabo que había tenido esa mala onda conmigo, y ordenó detenernos, preguntando adónde íbamos. Respondimos que habíamos terminado el aseo.
-Bien soldados, continuar.- Respondió.
Yo le dije a los pelaos:- Oye, güeón, vamos a ver la tele.- Para allá partimos. Al prender la tele, apareció en la imagen el programa de “Música Libre”, y una de las más ricas de las lolas, cantando e imitando el tema “Salta, salta, pequeña langosta”. Ahí quedamos pegaos, con cara de calientes y felices, viendo a la mina con su mini y zapatos suecos. Era toda rica y, en eso, se escuchó una explosión… Los tres nos miramos espantados. No cabía ninguna duda. Había explotado el fulminante de granada. En esos aparece un oficial corriendo y gritando con cara de loco, ordenando a las armas, están atacando a la escuela, a repeler el ataque soldado, y se perdió gritando. Pero nosotros, por instinto, porque la verdad se siente. No se sabe. Cachamos la mala onda en que estábamos metidos. Caminando hacia no sé donde… aparece el mismo cabo que antes nos había visto salir corriendo de donde salió la explosión y con voz amenazante preguntó:
-¿Pelaos, culiaos, qué güeá tiraron a la basura?
Casi al unísono respondimos:-¡Nada, mi cabo!
(Nunca explicaron porqué a los milicos había que decirles: mi cabo, mi sargento, mi teniente, mi capitán, mi mayor, mi comandante. Con el tiempo caché que es una forma de sumisión y anulación personal hacia ellos, los lindos milicos culiaos).
El cabo sapo ordenó: -¡Síganme, güeones! – En dirección, no sé pa´donde. Nos encontramos con el capitán Martus y el cabo sapo, le contó casi en colores nuestra cagaíta. Para colmo, aparece el comandante, director de la Escuela de Telecomunicaciones. El capitán informó a éste. El comandante se acercó a nosotros. El güeón, tenía una pinta que intimidaba a cualquiera, dirigiéndose al pelao lo interrogó. Éste, contando y como haciéndose el güeón, dijo que se había encontrado ese artefacto en el suelo, y, sin saber, que estaba bueno, lo tiró a la basura.
El comandante respondió:-¿Usted soldado, no sabe que las armas las carga el diablo y la disparan los güeones?- Y detrás de esas palabras, le pegó el menso combo en pleno rostro gritándole- ¡Retírese pelao!
Enseguida, parado frente a mí preguntó: -¿Usted soldado, no vió lo que hizo ese güeón?- Respondí atemorizado:
-¡No lo vi, mi comandante! – Éste dijo: ¿Y para qué tiene esas cagás de ojos?, pegándome un gran combo en el estómago, y detrás del golpe, solté el medio peo. Creo que llegó a retumbar Santiago entero. Sentí un fuego en mi cara. Rojo de vergüenza, no quería ni abrir los ojos. Chucha, trágame tierra. No sentía dolor, sólo sentía la fetidez de mi gran peo… y también las carcajadas, risas y más risas. El comandante, el capitán, el cabo, el pelao cagaos de la risa.
El comandante, casi conteniendo la risa, se dirigió al último pelao, diciéndole:- Te salvaste, por el peo güeón.- ¡Retírense!- Ordenó. Cagados de la risa, salimos corriendo. Se me volvió el alma al cuerpo.
En el dormitorio, comentando con los pelaos, la gracia mía, nos reíamos hasta cuando llegó el capitán Martus y delante de todos, se dirigió a mí, diciendo:
-Oiga soldado, a usted lo tengo cachado, andái haciendo puras güeás. ¡Ah! Y si querías matarte, avíseme, yo mismo te pego un balazo cuando querái.
Miré al oficial, casi atrevido dije: – Lo que pasó fue verdad, mi capitán, y si se ofrece a pegar un balazo, hágalo, pero esta es otra situación y cargué el fusil pasando bala, listo y dispuesto a disparar. El oficial tomó la empuñadura de su pistola con actitud sorprendido. Hubo unos segundos interminables, y rompiendo esa densa situación dijo: ¡Vamos, soldado! ¡Sígame. – Caminó delante de mí, rápido y seguro. Llegamos a un gimnasio, dirigiéndose a un ring, dejó a un lado su arma, sacó unos guantes de box y dijo: Ahora ponte los guantes, descarga tu furia conmigo. Olvida mi grado. Sintiendo ira y rabia, subí al ring. Empezamos a tirarnos golpes. Creo, que parece, alcancé a pegarle un combo. El güeón me pegó hasta debajo de la lengua. Sólo recuerdo, cuando un montón de agua aclaró mi mente. Incorporándome, tratando de sentarme, miré al capitán, diciéndole como extrañado: ¡Mi capitán, esa no era la idea!. Riéndome como loco, al igual que el capitán, teníamos ataque de risa.
El oficial, bueno pá los combos, parándose y acercándose estiró su mano ayudando a levantarme, dijo en tono compasivo: –
-Vos, soldado, soy bueno para disparar, pero en el ring, no viste ni una. Demián, te voy a decir que la vida te va a dar muchos golpes, pero siempre tienes que salir adelante. Tu actitud me sorprendió. Jamás pensé que reaccionarías riendo como loco. Eso demuestra que sabes perder, y con eso, vas a ganar mucho en tu larga vida. Anda y dúchate. Borrón y cuenta nueva.
Yo, mirándolo reconfortado, sin rencor, le contesté:
-Mi capitán, usted debería ser boxeador. Tiene un buen gancho de izquierda, y bien cargado a la izquierda. Sonreí burlonamente…
Éste, sonriéndose de mi ironía respondió:
-Ya empezaste a güeviar, no podís estar serio.- Salté del ring, gritando:
-Chao, mi capitán. Gracias.
Al llegar al dormitorio, apenas ingresé, los pelaos se acercaron a curiosear acerca de lo que había pasado con el capitán. Les dije la verdad: Que el capitán era bueno con los combos y me había vencido en el ring y después borrón y cuenta nueva. Uno de los pelaos dijo:
-Vos estái loco, Damián, parece que fumaste yerba fumigá, güeón.
-Sí. – respondí – parece que estaba fumigada con los desperdicios de tu Pinochet, pelao sapo,… ja,ja,ja, se rieron todos.
Después nos ordenaron rápidamente formar con el armamento listo a una misión. El capitán nos informó que saldríamos a revisar cierto sector del Santiago lindo, a buscar a un tal Tohá, Ministro de Allende, nos mostró en una cartulina la foto de un “gallo” flaco, largo y barbudo. Nos llevaron en unas micros (buses) y luego, cerca de nuestra escuela de telecomunicaciones en unas casas de un barrio elegante, bajamos de a dos pelaos por cuadra. La orden era revisar casa por casa, si alguien se resistía, simplemente habría que hacerlo a balazo y punto.
Al escuchar esta orden, me transformé: la locura de guerra, la violencia extrema de muerte, me volaba, sintiendo susto, como que se apoderaba de mí un macabro gusto. Mi maldad rebalsaba mi coraje.
Acompañado del soldado, mi buen amigo nortino, el oficial ordenó:
-¡Ustedes, empiecen por ahí!- Bajé casi corriendo, como un perro de caza. No era un soldado, era un guerrero. Afloraba en mí la ferocidad de bestia salvaje que lleva el ser humano, tratando de controlar ese impulso con mi condición de hippie, reflexionaba pensando que el verdadero enemigo del hombre es su animal interior.
Llegué a un antejardín, la puerta, el timbre, el jardín, la casa, todo era precioso. Mi dedo se pegó al timbre. Con la culata del fusil golpeé la puerta. Mi compañero llegando y mirando extrañado comentó:
-Cálmate, güeón, ¡qué te pasa!.
Yo mirando con cara de trastornado le dije:
-Voy a matar a todos lo güeones, pero a cachas, si sale una mina rica, me la como. Terminé riéndome como poseído, cuando en eso, se abre la puerta principal y una lolita super rica, la que apenas hablaba.
-¿Si, señores soldados? – yo, antes de que siguiera le grité:
-¡¡ Abra la puerta !! – y levanté el fusil apuntándola. Rápidamente, corrió hacia la puerta del antejardín, que daba a la vereda y mientras abría la reja que estaba con llaves, yo la miraba con cara de lacho. Una vez abierta la puerta de rejas metálicas ingresé pidiendo permiso. Al acercarme a la puerta principal de la casa, el olor, el aroma la brisa de los hippies, el perfume de marihuana, de mi alma se salió el soldado guerrero, la bestia salvaje. Se cubrió de amor y paz. Parado en el umbral de la puerta miré, entre una nube de humo de yerbita, acompañado con música de fondo- The door- por los siglos de los siglos, que había perdido esa buena onda. Los hippies, lolos bonitos, decentitos y voladitos en su volá y el bajón preguntaron: ¿Qué desea? – sin ningún reparo les respondí: ¡marihuana!- Casi incrédula, una lola se acercó con un morral diciendo: ¿Pitean?, ¡Soy hippie!- Respondí:
-Sí, piteo, soy un milico hippie, metido en mala onda, ¿cachai?
Ella preguntó: ¿Soy de Santiago? – Respondí:
– Soy de Iquique, de allá nos trajeron.- Ella continuó preguntando:
-¿Te podemos ayudar en algo? – Respondí:
-¿Sabís? Te puedo dar un número de teléfono de Iquique para que les digas al que conteste que estoy acá y sigo vivo, – Yo no sé que cara tenía. Inspiraba pura lástima. La lola dijo:
-Llama al tiro, ahí está el teléfono. – Rápidamente marqué el número de mi vecino, (en mi casa no tenía teléfono). Después de unos minutos me comunico. Me contestó mi rica vecina Isabel. Ella no lo podía creer, diciendo que mi mamá había ido varias veces al regimiento Carampangue de Iquique a preguntar por mí y que los milicos le habían dado, como respuesta, que yo estaba cumpliendo obligaciones militares y punto. También me informó que días antes también llamaron unas señoras, diciéndoles que yo estaba en Santiago.
– Tu familia está super preocupada- me dijo
-Chabela, dile a mi mamá que estoy bien, que los quiero mucho-. Un nudo en mi garganta no me dejó seguir hablando. La nostalgia y angustia me envolvían. Con un sollozo apretado en mi garganta le dije:
-Chao, Chabela, saludos a todos- y colgué. Los lolos mirando comentaban:
– ¡Que mala onda! – Al ver al soldado con cara de melancolía. Le pedí casi rogando:
-Deja llamar a mi compañero, él es de la oficina Victoria.
-Claro. No te preocupes. – Mi compañero, se acercó al teléfono. En unos segundos se había comunicado, y con tan buena suerte, que pudo hablar con su mamá, entre sollozos y llantos. Ahí supo que su mamá había ido al regimiento y le habían dado como respuesta lo mismo que a mí: se encuentra cumpliendo obligaciones militares y punto. Yo cachando la buena onda de los lolos hippies solidarios y con cara de víctima les dije a la lola, si me regala un pitito. Ella, inmediatamente vació una cajetilla de cigarros, llenándola con yerbitas, más unos pepelillos smoking. Mi compañero de guardia, como sacándonos del trance, invitó a que nos fuéramos. Lo que hicimos, despidiéndonos agradecidos de los lolos.
Al caminar hacia afuera, le comenté:
-Soy llorón, güeón. Andái dando lástima.- Él molesto contestó:
-Y vos güeón, llorón y machetero, pero igual fue buena onda. Hablé con mi mamá. Lo más penca fue que a mi tío lo tomaron y los milicos se lo llevaron a Pisagua. No sabía qué decirle. Pobrecita. Capaz que lo maten los milicos culiaos. Mi tío, es dirigente sindical y comunista hasta los huesos. Chucha, güeón, que mala onda.
Yo tratando de consolarlo, le dije que allá en el norte no pa saba ná y que en Santiago, sí que hay mala onda. En ese caminar y comentarios, llegamos al lado de otra casa. Tocamos el timbre y salió una mujer rubia y “rica”. Le explicamos nuestra misión y respetuosamente nos hizo pasar a su preciosa casa. Yo ordené:
– Deben esperar en el living, mientras nosotros revisamos la casa.
De la cocina salía un exquisito olor de un queque. Aroma que invadía toda la casa. Miré a mi compañero y como instuyendo, el me siguió. El olfato nos llevó derechito a la cocina. Ahí estaba el queque, calientito y rico. El pelao, sacando su yatagán, le pegó el corte medio a medio. Yo le pasé un mantel, y envolvió el queque y lo puso dentro de la parka. Dimos unas vueltas por la casa como haciendo grupo y llegamos al living, anunciándole a la rubia mujer rica y dueña de casa, que nos retirábamos. Ella, sin antes decirle a la que parecía empleada:
Tráele un pedacito de queque a los soldados, por favor.
Nos miramos, casi acusándonos, y reaccionando le contesté:
. No. Gracias, señora. Hasta luego.- Y rápidamente, caminamos hacia afuera, como arrancando, nos perdimos. Caminamos hasta la otra esquina, y como que ya escuchábamos a la rubia gritando por su queque.
Rápido sacamos el queque y pa´ entro. Atragantados y atorados en risa. Y, sin saber, de adonde apareció al lado de nosotros el capitán Martus. Al vernos atragantados comiendo, se le puso verde la cara de rabia. Interrogándonos furioso dijo:
-¿Quién les pasó comida? ¿No saben que no deben recibir alimentos de los civiles? Puede estar envenenado.¡Pelaos güeones!. -contesté:
– Nos dieron en una casa que inspeccionamos.- El capitán ordenó:
-¡Síganme, vamos a esa casa! – Chucha, no queríamos ni llegar. Llegamos, el oficial tocó el timbre y casi al tiro, salió la misma rubia mujer rica, dueña de casa. El oficial la interrogó para confirmar nuestra versión. La dueña de casa, mirándonos con cara de mala onda y molesta, contestó:
-Sí, yo se los regalé.– dijo con un tono más que irónico .
-Gracias. — respondió el oficial, despidiéndose y a la vez ordenándonos que siguiéramos hasta la vuelta de esa esquina, porque terminó la misión y era una falsa alarma.
Con mi compañero salimos corriendo, arrancando de esa fea y mala onda por parte de nosotros.
Al llegar a la Escuela de Telecomunicaciones, una vez formados y contados, el oficial ordenó que ahora, debiéramos tomar todos nuestros pertrechos de guerra porque nos iríamos a otra unidad. Más que rápido, obedecimos la orden. Arriba de la micro, todos especulábamos que pa´ donde concha nos llevarían a güeviar y más choreados pensando y comentándole a mi compañero:
-Estos milicos culiaos, pareciera que hay un montón de milicos que se reúnen y empiezan a inventar como güeviar a los pelaos, güeón. Todo el día te güevean. Mientras, ya se encontraba en marcha nuestro vehículo, sin saber para donde, ni donde andábamos. Yo, con cara de loco, le dije a mi compañero:
-Chao, en la esquina me bajo.- Parándome y tocando el timbre de la micro. El resto de los pelaos, como que despertaron, dándose vuelta a mirar la extraña situación, sin dejar de reírse. El capitán, que estaba sentado detrás del conductor, mirando sorprendido, me cachó, y molesto me increpó:
-Demián, ¿Por qué tocó el timbre?- Yo contestando como en son de güeveo dije:
– En la esquina me bajo, mi capitán.
Los pelaos rompieron en risas, e inmediatamente el capitán en buena onda gritó:
-¡Bájate en donde querái, güeón, me tenís lleno, güeón.- Riéndose y celebrando mi humorada.
Después de casi una hora, mirando sin ver a nadie, en el atardecer, llegamos casi a media noche nada menos que al Estadio Nacional. Todos curiosos, como impresionados, parecíamos turistas. Creo que ninguno de los que íbamos conocía el Estadio Nacional.
Una vez adentro, la mitad de los pelaos, fueron al relevo de guardia, y nosotros quedamos esperando, por suerte, la orden para ir a descansar en las mismas micros que llegamos. Se llevaron a los otros pelaos, que nunca nadie supo de dónde y a qué regimiento pertenecían. De ahí, lo más rico: ordenaron irse a dormir, acarreándonos a una gran sala de un segundo piso con unos enormes ventanales con vista a Santiago y… por supuesto, como cama tuvimos las baldosas heladas del piso. Ahí quedamos tirados, tratando de aguantar el congelante frío, pero cuando al pelao soldado le ordenan dormir, duerme como sea. Nos comunicaron que al otro día, tendríamos guardia, como pa´cagar la onda al tiro cuando te despertái. Así, como acostumbrado a ese lindo pasar, igual zeta….zzz
-¡Despierten soldados, despierten pelaos, despierten güeones!
Oía esas dulces órdenes de un cabo re culiao. Rápidamente, listo p´al rancho desayuno: café con leche y pan con chancho chino.
En todas las unidades donde habíamos estado en Santiago, el mismo menú, el mismo almuerzo, el mismo desayuno. Creo que todos los pelaos, cagábamos los mismos mojones. Que güevá más loca, en realidad nunca supe porqué llegué a esa conclusión, pero que la güevá era loca, sí era loca.
De ahí, formado en doble fila, siguiendo al cabo re culiao, fuimos por el interior de unos pasillos, que habían debajo de las galerías, en casi todos los rincones, restos de orina y basura. Feo y hediondo la cagá de estadio. En las fotos se veía de respeto, pero, en la realidad, no era ninguna maravilla. Habíamos escuchado que ahí tenían prisioneros, pero en ese momento, no se veía a nadie. Llegamos hasta el último piso, arriba del marcador, ahí nos dejó el cabo, dándonos instrucciones de matar, si algún preso trataba de encaramarse hasta nuestra posición
– A su orden, mi cabo. – Le respondimos, y como diciendo para adentro, este güeón se cree como el general de los milicos, super quebrao, se creía rico el güeón. Era chico, patas cortas y creía que se las sabía todas. El güeón parece que gozaba cuando nos molestaba, y cuando cachaba que a uno le repelía, más te molestaba, era feliz insultándote. El perro infame tenía como un hechizo, pero en mala onda. Todos los pelaos querían puro darle. Lo menos que se merecía, un par de balazos, uno en cada cachete de atrás, pero eso era otra historia. Una vez libre de ese güeón, parados de guardia en lo más alto del estadio, hacia fuera mirando Santiago, después hacia el interior, viendo la cancha de fútbol, las graderías y me doy cuenta que de entre medio de las galuchas 1,2,3,4, la cachá de civiles, presos políticos, salían como de ultratumba, chascones, dándose un poco de calor con sus brazos cruzados en el pecho. Lánguidos, lacios como deshuesados, desarticulados, sólo por instinto se movían. La desilusión, la desesperanza, algunos estirándose bostezaban, cabizbajos, taciturnos. Parecían zombis. Ese horrible panorama lo enmarcaba un silencia de sumisión absoluta. Yo, con mi compañero de guardia, mirábamos sorprendidos, choqueados. No sé cuan largo rato estuvimos observando esa horrible realidad. Hablándole con mi voz enronquecida y apretada por la impresión y tristeza, escondiendo un sollozo, le comenté a mi compañero:
– -La media cagá que tienen estos milicos culiaos, güeón.- Él contestó, mirándome con los ojos llenos de lágrimas:
– – No me esperaba esta güeá. Es horrible. ¿Cuándo chucha irá a terminar?
Sin encontrar respuesta a toda esa mala onda, no había ninguna palabra que describiera ese cuadro patético, y lo peor era la más cruel de las realidades. Este drama desgarraba mis entrañas, comparaba mis enfrentamientos de muerte que había ocasionado. Lo hice en defensa de mi persona. Ellos en acciones suicidas o por su instinto de guerreros, murieron en su ley. Los que nunca se rindieron, prefirieron dar la vida por su gran ideal político, como combatientes y punto…. Reconfortándome, que ellos eran guerrilleros extranjeros. Y para mí, sí eran enemigos. Hasta ahora no había matado a ningún chileno. Pero ahí, en el estadio, tenía la plena convicción de que casi todos eran trabajadores chilenos, que habían combatido sólo con sus ideales y sin más armas que sus palabras. Simplemente, esa era mi opinión, sabiendo que los partidarios del gobierno del Sr. Salvador Allende, la Unidad Popular, engrupidos con la onda de extrema izquierda, queriendo imitar a la revolucionaria Cuba, más la “Biblia” de Lenin y Mark. Enfrentar al pueblo a una revolución armada sin cachar la mensa cagá que hubiera quedado, llevándonos simplemente a una guerra civil, igual que Nicaragua, El Salvador y otros países de Centro América, pero como los militares miran donde los demás no veían, se adelantaron. Evitando lo inevitable, era como un mal necesario. Hasta el más güeón cachaba esa mala onda, y lo peor de lo peor, yo estaba metido en ese baile. Bailando obligado, sin tener el más mínimo interés político, sólo era un hippie, y mi política era hacer el amor y no la guerra. Y en honor a mi política, fumaba yerbita, la que depuraba mis sentidos de adolescente, amando la vida, las mujeres, la tierra y el universo de mi buen Dios. Todas esas malas ondas que viví en Santiago, habían endurecido mi alma, llenándose eslabón por eslabón de la cadena de mi inocencia, al realizar cosas que nunca habría creído posibles. Todos estos sucesos que nadie vé, componían la línea esencial interna de mi destino incierto, jurando por lo más sagrado, por mi familia amada, que nunca jamás intentaría otra vez de suicidarme, soportaría esta infelicidad, como pago de todos los felices años que había pasado antes de llegar a Santiago-Vietnám.
-¡¡¡Hey, soldados!!! Convídenos un cigarrito- Escuchamos la voz de un “cabro” joven preso. Mi compañero de guardia, sin vacilar, sacó de su cajetilla. Yo le dije:
– ¡Espérate!- Dentro de la cajetilla le metí un resto de yerba con unos papelillos. Él, aprobando mi acción, dijo:
– Va a quedar loco el compadre. Que buena onda, Damián.- Dejó caer la cajetilla. El preso, rápidamente, junto a otros, la recogió, urguetiándola y mirándonos, sonreía con los otros, a lo que le contestamos haciéndoles el signo de la paz, sintiendo una intensa compasión por ellos. Todos los que habían cachado nuestro regalito, devolvieron el mismo saludo, del signo de la paz. Faltaba la pura pipa, para fumar la pipa de paz, pero no teníamos la autoridad para aquello.
Ahí mismo se pusieron a pitiar, igual que yo. Me hice el medio pito. El grupo de presos echando humo como locos y levantando la voz en su volada. Decían: Buena onda hermano, mirándonos. – A lo cual les hice un gesto para que estuvieran más piola, y a la vez, corriéndonos varios metros del lugar. Por supuesto, pitiando. A mi compañero, no le gustaba la yerba, sólo el copete y no era hippie, pero sus sentimientos por la vida eran igual a la de un hippie. En el balcón del estadio y mirando hacia Santiago, nos distrajo la entrada al estadio de unos jeep y micros, los que, al detenerse, bajaron a un montón de presos. Algunos bien vestidos, otros pelucones, viejos, jóvenes, trabajadores. Todos de distintos tipos, pero transformados en presos políticos. Los que eran maltratados y violentados. Sus actitudes mostraban el miedo y respeto que un soldado siente por un oficial. Sus cuerpos humillados languidecían de dolor.
Sintiendo toda esa mala onda y como desahogándome por la mala volada comenté:
– Si continúan metiendo presos políticos, no quedarán civiles para trabajar. ¿Quién va a manejar las micros, quién va a recoger la basura, quién va a cuidad a los enfermos, quién va a hacer el pan, quién encenderá y apagará las luches, quién vá a educar, quién va a transmitir música libre, quién va a vender la revista ritmo, quien irá a la iglesia, quién enterrará a los muertos, quién va a traer chancho chino?
Mi compañero, lleno con mis palabras y molesto gritó:
– ¡Córtala, güeón, fumái pa´puro hinchar. Hippie, marihuanero, culiao, terminó riéndose al descargar su onda. A lo que le dije:
– -¡Déjame decir la última, güeón. ¿Quién va a cosechar la yerbita, güeón.
A lo que respondió:
– Vai vos con unos huasos culiaos y te la fumái ahí mismo, güeón llenador. Te ponís más güeón volao. Jurái que soy simpático, pesao. Riéndose de los insultos que me decía en buena onda, y a la vez, cachando que había terminado el acarreo de los presos al retirarse los vehículos.
De ahí nos dirigimos a cachar a los presos volados, y vimos que les repartían el desayuno. Los presos, con el bajón de la yerba, estaban alborotados. Eran los únicos que se cachaban más animados. Llegaron al mismo lugar donde antes habían estado pitiando. Yo, como gritando, y no sé porqué les pregunté:
¡Hey! ¿Qué les dieron?- A lo que el preso, feliz, contestó:
-Café con leche y pan con chancho chino. — Esa respuesta nos transformó, era como un relámpago que gatilló nuestro ser, nuestra autoestima, llorar o reir, mejor era reir como locos. Era como una puñalada en pleno corazón. Rabia, impotencia. Apoyados en el muro, mirando hacia abajo, a la tierra, como si estuviera en el mismo infierno, agarrados de lo poco de cordura que teníamos, le dije a mi compañero, sollozando:
-¿Veis, güeón, somos igual que los presos. Comemos lo mismo, estamos todos presos por el golpe militar. Los milicos culiaos nos usan para su volá, creyéndose justos.- Dándome la vuelta, mirando hacia fuera del estadio y riéndome de dolor, vociferaba. Santiago reculiao, estamos todos presos. Los milicos y los presos, estamos presos, Santiago hippie, estamos presos, sáquennos de aquí. Santiago amor y odio vociferaba, sintiendo un golpe y reaccionando.- Mi compañero, casi asustado, habló:
-¡Cállate, güeón, puede venir mi capitán, güeón, cállate que te pueden cachar que estái volao. Tenís las pepas rojas, parecís comunista.- Lo que algo me calmó, con su casi chiste. Lo miré con los ojos húmedos, al igual que los de él, contestándole:
-Si viene el capitán, le digo lo que me pasa po´güeón, y chao, pa´que me meta más preso, ja, ja.
De la risa a la histeria, dejándome caer al suelo, sentado lloriqueando, y al frente de mí, para sorpresa, llamando mi atención, leí un epitafio que decía: “paren el mundo me voy a bajar, sólo con el viento del tiempo te podré olvidar… siempre te amaré, aquí se suicidó A.D., con amor a mi amor”
Quedé mudo. Increíble. Eran las mismas iniciales de mi nombre y apellido: Ángel Damián. Pegado, trancado mi ser, no sé cuánto tiempo o veces leí ese
epitafio, pensando que también, ahí mismo, se había suicidado la razón, la cordura, la intolerancia y gran parte de mi ilusión de vivir. Ahí quedé sentado y mostrando la gran coincidencia de las iniciales y preguntándole a mi compañero:
-¿Y a vos no te deprime esta güeá? –Él en tono burlesco, tratando de animarme contestó:
– Si, po´s, güeón, claro que me bajoneo, pero me hago el güeón.-
Y terminó riéndose de su impensada respuesta, a lo que yo, igual le encontré gracia y razón, por lo que parándome y agitando mi cabeza como para espantar esa mala onda depresiva y cachando una bandada de palomas, que pasaban por sobre nuestras cabezas. A lo que él agregó:
– Hay que ser como las palomas, vuelan y se hacen las güeonas, no como vos, volái y te ponís güeón.- Y junto con terminar esa acotación, en medio del casco, lo cagó una paloma y a mí, en el hombro. Yo, sorprendido y riendo le dije:
– ¿Viste, dueño, que estamos cagados?. Bien cagados, ja, ja.
Nos reímos, casi felices, sin dejar de echarles los más lindos garabatos a las palomas. A lo que agregó, mi compañero:
– Estas palomas güeonas, son igual que los milicos, güeón, cagan a cualquiera.-
Y sacándose el casco para limpiarlo, al igual que yo, saqué mi pañuelo, dejando a un lado mi fusil. Mientras sacábamos la mierda de las lindas palomitas, apareció el capitán Martus, el que sorprendido y molesto ordenó preguntando:
-¡Y ustedes soldados, no se presentan cuando llega un oficial? ¿Se les olvidó decir: “Sin novedad la guardia, mi capitán?. ¡Qué chucha les pasó?- A lo que yo respondí:
– Mi capitán, disculpe, pasaron unas palomas y nos pusieron unas medallas de caca, dije en broma esbozando una sonrisa.- El oficial, cambiando de actitud y comprendiendo la situación, contesto:
-Habiendo tantos güeones acá, justo a ustedes, tenían que cagarlos.- Terminó riéndose a lo que yo agregué:
– Mi capitán, parece que las palomas son comunistas.- El oficial cachando que yo iba a salir, no sé con qué güeá, igual preguntó:
-¿Y porqué usted, Damián, cree eso? – Respondí:
-Sí po´, mi capitán, ¿no vé que los comunistas querían cagar a los militares?-Lo que causó una explosión de risas a todos los que ahí estábamos. El oficial parándo el güeveo, ordenó:
– Vos, Damián, si no hablái puras leseras, inventái. Te caché de allá que no se qué güeá gritábai. Ustedes dos, donde están juntos, se ponen a puro bromear, así que, sígueme. Y usted soldado, quédese ahí mismo. Voy a mandar otro guardia. Mi compañero contestó:
-¡A su orden, mi capitán!
El capitán, caminando rápidamente y revisando los puestos de guardia y, a la vez, yo sapiando los vericuetos del hediendo estadio, llegamos al casino del estadio. El capitán y yo almorzamos rápidamente, después ordenó que continuara con él. Caminamos por un costado del estadio, llegando a una gran piscina, donde se dirigió al mismo cabo pesao re culiao, el que estaba a cargo de las mujeres presas políticas, indicándole que cambiaría a otro guardia por mi agradable persona. Terminado este movimiento y, sin el capitán, el cabo re culiao, se dirigió a mí, casi molesto, vociferó en forma amenazadora:
-¡Oye, pelao Damián!, acá en este puesto de guardia, usted está a mi cargo, y ningún pelao puede acercarse a los camarines a conversar con las presas. Así que quiero a los dos güeones, bien lejos. Retírense.
-A su orden, mi cabo.- Contestamos con mi otro compañero de guardia.
Yo, al principio, estaba cagado de onda al cachar que tenía que hacer guardia con el cabo re culiao, pero cuando ordenó que estuviéramos retirados del feo culiao, mejor. Juntos con el güeón, pero bien lejos, y cachando que cuando nos alejábamos el güeón, salió rajado a las rejas del camarín, que ahora era una celda. Parados al otro extremo de la piscina, veíamos como el cabo reculiao se hacia el lindo con las presas y conversaba con una de ellas, como si estuviera en la plaza, o alguna cosa parecida, pero como que no pasaba ninguna güeá penca. Hasta cigarros, en una de esas, les convidó. Se lo prendió, y faltaba el puro copete y música, para que el güeón sacara a bailar. El fresco de raja, se veía feliz, y nosotros, entero de picaos, sacándoles el rollo. Bueno, si yo estuviera en esa posición habría echo la misma güeá, porque me creí más rico que el cabo reculiao. Pero cagué, yo sólo era un pelao. Para reconfortarnos, le dije al pelao de guardia:
-¿Sabís, güeón, son re feas las güeonas, igual que el feo culiao del cabo. Así que, son tal para cual.- El cabo reculiao, cachando lo picao que estábamos y mirándonos para quebrarse ante las presas, más se quebraba. El güeón sabía como nos sentíamos, el maricón.
Mi compañero dijo:
-Este güeón, a vos, Damián, te tiene mala onda. Cuando llegamos, en la mañana, estábamos el otro pelao y yo, y el cabo re bien conversando con las presas y casi todas son extranjeras y cabritas. Hay algunas que no tienen cara de guerrilleras, tienen cara de calientes, güeón. – Terminó riéndose el pelao y agregando:
-Llegaste a puro cagarla, güeón.- Yo, re picao incrédulo pregunté:
-¿En serio, güeón? Si el cabo hace alguna cosa rara, voy corriendo a sapiarlo, sin asco, y que rico que le cagué la onda a ustedes, feos culiaos.- El cabo nos estaba mirando, le indiqué que iba a las letrinas, él hizo un signo de aprobación, como sacando pecho, demostrando su cagá de autoridad ante esta cagá de pelao.
Detrás de unas construcciones oriné. Creo que si mi pene pudiera hablar, suplicaría por amor a Dios, que le diera algo de comer, porque yo me lo encontraba cada vez más flaco y re chico. Sentía como lástima de él, pobrecito, también sufría en Santiago poco cachero, en circunstancias, que cuando estaba en Iquique, era el primer güeón que junto conmigo nos gratificábamos con unas amigas, chucha las güeonas leales, sobre todo una que vivía en la población John Kennedy. Ella era casada y separada, trabajaba en una peluquería y las veces que salía franco, la llamaba por teléfono y sólo pedía llevarle un pitito, y nos íbamos a encerrar a la residencial Jota Pérez, la que quedaba cerca de mi regimiento y del trabajo de ella. Carmen se llamaba. La besaba hasta la cartera. Ella me chupaba hasta la sombra. De sólo acordarme, mi hueso del amor reaccionaba, y ya estaba reaccionando. Ahí me quedé con mi pico bien parado, para que, por lo menos, se pescara la brisa del Santiago poco cachero y prometiéndole que haría lo imposible por culparme una santiaguina, que con mi calentura, las encontraba a todas con cara de calientes. Y… chucha, pa´relajarme, un pitito… listo, prendido y pitiado, casi volando, volví a mi puesto de guardia. Cuando llegué a la piscina, el cabo reculiao seguía pegado a las rejas y mirando como indiferente, emitiendo como una seña, indicaba que siguiera en mi puesto de guardia, sin cachar que había vuelto entero de volao, pero el pelao, cachando mi cara de loco y acusando su inocencia, comentó:
-¡Chucha que te demoraste, güeón!. ¿Qué te pasó?. Tenís los ojos rojos, güeón.
A lo que le contesté:
-Sabís, güeón, no podía cagar, estoy trancado con tanto chancho chino, y como hice tanta fuerza, se me pusieron rojos los ojjos, güeón. Quedé pa´ la cagá.
Así que voy a cagar adentro de la piscina- El pelao, como que creía y dijo:
-No guíes, no vis que está el güeón. – Le contesté:
-No me importa ninguna güeá. Cago nomás…- Así me vacilé al pelao, cachando que éste jamás sería hippie, ni menos volao… Para entretenernos en algo, mi compañero, preguntó:
-¿Qué vái a hacer cuando salgái del servicio milico?
Yo casi sin ningún interés por su futurista pregunta y en son de juego respondí:
-Si salgo vivo de esta güeá voy a dedicarme a volar y cachar, volar y cachar.-
El pelao, como que encontró medio loca la respuesta al no entender mi actitud haciendo un gesto de cómo que me fuera a la chucha y yo preguntándole lo mismo, sobre lo que haría al salir del servicio milico respondió con toda la pena que sentía:
– Sabís, Demian, no sé que chucha voy a hacer, güeón. Te cuento que una semana antes de entrar al servicio, murió mi abuela materna. Ella, de chico me crió, porque mi mamá murió cuando yo nací. Esto fue al interior cerca de Punitaqui. Cuando falleció mi abuela, vendí todos los pocos animales que teníamos, pa´ enterrarla-. Después del entierro, no sé cuantos días seguí chupando. En la curaera, vendí la casa, las tres hectáreas. Me fui a Ovalle. Entre copetes y maracas, quedé pato, güeón, cuando se me acabó la plata, me fui a la estación a esperar el tren que nos llevó a Iquique. Estuve ahí como dos días cagado de sed y hambre, rogando para que vinieron los milicos a buscarnos, y con toda la cueva, me aceptaron, porque a varios güeones, a última hora los devolvieron antes de subir al tren. Algunos se quedaron llorando, me la jugué con concha y raja, pero estoy más arrepentido que la chucha, güeón.
Yo, como que se me cortó la volá con la media historia y pregunté:
-¿Y te gastaste toda la plata en copete y las maracas, güeón? ¿Cómo tan caliente,güeón? – Mi compañero de guardia, respondió como justificando su cagá:
-Pero, güeón, yo nunca había estado con una mina. Cuando andaba cuidando a los animales solo, por cerros, te dá la güeá. O te corris la paja, o si no con los animales, pos güeón.- Terminó diciendo como avergonzado. Yo impresionado con sus experiencias sexuales, respondí:
-No te creo, güeón. Pero con los huasos culiaos, se puede esperar cualquier güeá, por eso el queso de cabra tiene ese olor a pico hediondo, güeón. Me quedo con el chancho chino, güeón.
Mi compañero se reía, avergonzado, de su cruel y descabellada confesión. Yo, como cachando su onda, sintiendo las grandes diferencias de la vida perra y miserable, le prometí que cuando saliéramos del servicio, yo le pediría permiso a mi familia para que se fuera para mi casa. Sellando esta promesa con un fuerte apretón de mano. A lo que él agregó:-
¿En serio, Demián? ¡Cagaste, güeón, me diste la mano, güeón!. Gracias, Demián. ¿Sabís? A otros compadres le había contado esta güeá que me pasaba y ninguno me dió esperanza. Terminaban agarrándome pa´l güeveo. ¿Sabís? Como que quiero irme al tiro pa´Iquique, güeón. Su voz rebalsaba un optimismo sin fronteras. A lo que le respondí:
-¿Sabís lo que tenís que hacer? Chao, con la volá del copete, tenís que buscarte una pega, levantarte temprano, ponerte la mejor pinta, como si fueras a una fiesta, porque la vida misma es una fiesta. –Con estas palabras tan voladas que dije, quedamos como relajados, tranquilos, sumidos en nuestros propios pensamientos. Quizás él, trazando un futuro en mi casa de Iquique, y yo, pensando que haría con este güeón en Iquique. Parece que me había volado mucho, pero los dos nos sentíamos tranquilos al haber solucionado ese problema en el aire. Sólo sueños y esperanzas de vivir a concho nuestra convulsionada vida.
Él sacándome de mis cavilaciones, habló:
-¿Sabís, Demián? A veces no dormía pensando la cagaíta que mandé.– A lo que le respondí:
-La mejor almohada para dormir, es la conciencia. Y si la cagaste, bueno, ya era y quizás en Iquique tirái pa´arriba, compadre.
Después de varias horas de aburrimiento y frio, y sólo con la esperanza que al otro día llegue el relevo, para irse a dormir. Y sin ninguna posibilidad de ir a conversar con las mujeres presas políticas, porque el güeón del cabo reculiao, seguía atornillado en la reja. Con mi compañero le indicamos con una seña, al güeón del cabo reculiao, si podíamos sentarnos por ahí. Lo autorizó y que estuviéramos ojo al charqui, si venía el oficial de ronda (que era el capitán Martus). Con el pelao, nos sentamos entre escondidos y algo despejado, para sapiar si venía alguien a güeviar. Conversando le pregunté:
-¿Alguna ves habís fumado marihuana? – respondió:
-¡Nunca! Me gusta el copete y las maracas. La primera vez que culié con una mujer había jurado que nunca más cacharía con los animales del campo, y cuando me acostaba con esas minas, las güeonas, se enojaban conmigo, porque decían que yo era muy cargante. No dejaban besarse en la boca, pero yo igual las agarraba del pelo a la fuerza y le daba las medias chupadas, güeón. Quería hasta casare con ella. A todas les pedía que se casaran conmigo. Yo nunca había tenido polola. Estuve como tres días encerrado con las maracas. Estaba feliz, ¡chucha, que lo pasé bien!- Pero, cuando quedé pato y las maracas se dieron cuenta, me botaron cagando, las mal agradecidas. Llegué a llorarles a las maracas culiás. Y cuando estaba en la calle cagado de sed y hambre, me di cuenta que las güeonas querían mi plata y yo no les interesaba. Quedé más apenado que la chucha. Cerca había una plaza y me senté a llorar como güeón. Me había enamorado de las putas culiás… De ahí me fui a la estación, como te conté.
Yo, riéndome, le dije:
-Detrás del placer, está el infierno. Esas mujeres trabajan en eso, desde que el mundo es mundo. Hay prostitución y drogas, más alcohol. Para todos los vicios hay que tener cultura, o si no, te quedái pegao en una esquina sintiéndote despreciado y menos preciado por la sociedad.–
Él interrumpiéndome habló:
-Oye, Demián, ¿en serio que vos fumái yerba?, como dicen los güeones y que soy hippie. ¿Qué es esa güeá? — Le respondí:
-Si pos, güeón, fumo marihuana y era hippie. Los hippies predican el amor y la paz. Hacen el amor y no la guerra. Aman y respetan a todo ser viviente de la tierra. Desde una hormiga a un gran elefante, son francos y naturales ante la sociedad materialista ansiosa del poder económico luchando el hombre contra el hombre. Explotando el más rico, al más pobre. Inventando clases sociales sin querer entender que el sol brilla para todos. Y vivimos todos separados, si la tierra nos quiere juntar, como dice la canción de “Los Jaivas”. ¿Habís escuchado ese tema? — Él respondió:
-¡No nunca, güeón! A mí me gustan las rancheras, las cumbias y cuando estoy con los copetes, bailo aunque esté solo. No entiendo mucho la cuntion (cuestión se dice, pero el pronunciaba cuntión) que vos hablái y como esa cosa de la marihuana que es lo que hace.
Yo creyéndome experto en yerba, comenté, que el efecto alteraba los sentidos como el oído, la visión y el alma, como que te limpia el alma. Te pone más sensible y te dá buen ánimo, como dicen, buena onda o en, otras palabras, te despierta la estupidez sin ser agresivo. No como el copete que te altera poniéndote agresivo o quedar inconsciente haciendo puras cagás, como la que hiciste vos, pos güeón. ¿Querías fumar? — Sin esperar su respuesta confeccioné una agujita, cachando que el cabo reculiao estaba en otra, escondidos por la noche helada, lo encendí diciéndole al pelao:
-Aspíralo y aguántalo un poco.– El güeón, cachó al tiro la movía. Dos pitiás cada uno y chao pito. Más risa y risas de mi compañero. Decía:
-¡Rica la güeá! Siento como un mareo, pero no estoy mareao. ¿O estoy mareado, Demián? –A lo que contesté:
-Esa sensación es estar volado, ¿cachai? Miremos las estrellas. — Al rato dijo:
-No veo ninguna güeá, güeón. ¿Por qué será?
Yo, mirándole con cara de loco, respondí:
-No veís, porque está nublado, güeón. Y reventamos en carcajadas, sin acordarnos del cabo reculiao. Y este güeón, al sentir nuestras risotadas, gritó ordenando:
-¿Qué pasa pelaos? ¡Guarden silencio! Vengan que no los veo.
Sin parar de reir, tratando de que el cabo reculiao nos viera, lo vimos. Venìa derechito hacia nosotros, y no sé que chucha, un ruido extraño, subterráneo tras un remezón, como terremoto. El agua de la piscina saltaba, las presas gritaban y el estadio nacional crujía como para derrumbarse. La tierra se movía. Quedamos petrificados. El menso temblor. Cachando al cabo reculiao, que salió corriendo, no se pa´donde chucha, el temblor era eterno. Así como llegó, se fue. Las presas políticas gritaban como locas:
-¡Sáquennos de aquí, por favor! — Gritaban desesperadas.
Yo, acercándome también asustado y tratándolas de consolarlas, les decía:
-Tranquilas. Ya pasó. — Una de ellas, gritaba:
-Abre el candado, por favor, o va a venir un terremoto. Por favor, sálvenos. Vamos a morir. — Yo, para cagarla más les dije:
-No tengo las llaves.– Fue peor. Más imploraban por sus vidas. Una de ellas gritó:
-Dispare al candado.— Y todas aprobaron la idea.
Yo no sabía que chucha hacer. Las presas rogando, llorando, pedían, imploraban que las sacara de ahí. Decidido a todo o nada, apunté mi fusil palpando el gatillo. A la vez gritando que se cubrieran, y siento la media patá en mi raja, dándome vuelta furioso de rabia, viendo al cabo reculiao, vociferando humillaciones hacia mí, diciendo:
-¿Qué vái a hacer, pelao culiao. ¡Retírate güeón! — Yo le contesté histérico:
-Pero, mi cabo, ¿cómo chucha no las saca de ahí?— A lo que contestó:
-¿Quién te ordenó abrir el candado, güeón? — Respondí:
-Las mujeres dieron la idea.— El cabo reculiao, más furioso se puso y gruñó:
-Acá mando yo, güeón. ¡Retírate, güeón! — Mirándolo, avancé unos pasos. Cachando que el cabo reculiao valía callampa, haciéndome sentir como las güeas, ante mi buena acción, trastornado de furia, rabia, odio y mi maldad, pensé sin pensarlo: lo mato a este concha de su madre. Sin titubear con mi fusil a medio cuerpo, dí la media vuelta enceguecido, dispuesto a todo, cuando me encuentro frente a frente, con el güeón apuntándome a mi cara. Yo, apuntándolo a su cagá de cuerpo y el güeón, gritando desesperado:
-Dispara, güeón, dispara güeón. — No sé cuántos segundos, días, años, siglos, toda una vida, duró esa tensa situación. Nos hizo reaccionar al escuchar la voz del capitán Martus gritando:
– ¡ Alto ahí! ¡No se muevan, bajen las armas! ¡Es una orden! — Llegando rápidamente a nuestro lado. El capitán, furioso, preguntándome lo sucedido, me tomó de un brazo insistiendo que contara mi actitud ante esa mala onda. A lo que respondí:
-Cuando empezó el temblor, el cabo salió corriendo, dejando su puesto de guardia. Abandonando. Yo me acerqué donde las mujeres para calmarlas. Le iba a pegar un balazo al candado, cuando llegó el cabo y me pegó una patá insultándome y cuando quería seguir pegándome patadas, yo le apunté, mi capitán. El oficial, creyendo mi versión ordenó:
-Muéstreme su arma. — Este la observó diciendo:
-Está con seguro. Oiga cabo cuál es su versión.– Respondió con cara de espanto y la voz entrecortada:
-Mi capitán, tengo pánico a los temblores. Supiera usted, cuando chico, murió toda mi familia en el terremoto de Chillán, y quedé huérfano, mi capitán. — El pobre cabo, sollozaba, esforzándose para no llorar a mares. Estaba deshecho por esa horrible experiencia.
El oficial compasivo, le ordenó:
-Trate de calmarse y controlarse. Ahora yo me voy con este soldado. Voy a mandar a otro guardia,.
¡Vamos! –
Ordenó con cara de molesto. El capitán caminó rápido. Yo, cargado de onda, apenas caminaba, sintiéndome volado y bajoneado a la vez, pero sin antes despedirme de mi compañero de guardia recién iniciado en el arte de volar. El pelao todavía seguía pegado donde el cabo, reculiao, había ordenado. Lo miré, despidiéndome con el signo de la paz, a lo que respondió de igual forma, creyéndose un hippie terremoteado. Pensaba que él jamás podría olvidar su tan remecida volada. Era para no creerlo, porque unos minutos antes le había conversado de amar la tierra, y que contradicción, la tierra le había dado el medio susto dudas.
Una orden alejó mis reflexiones. Era el capitán Martus quien alterado ordenó:
-Apúrese, soldado. .. Yo reaccionando respondí:
-A su orden, mi capitán. — Mientras él apuraba más el tranco.
Varios minutos caminamos y al legar a un monumento que está en pelotas frente a la entrada principal del estadio. El oficial se detuvo y mirando enojado preguntó:
-Soldado, ¿ le habría disparado a su cabo? – – Yo, quedé con un nudo en la garganta. El clima de esa mala onda me invadió, y tratando de responder y casi con una humedad total en mis ojos dije:
-Mi capitán, ahora que escuché la triste historia de mi cabo… — y no pude seguir hablando. Bajé la cabeza llorando arrepentido, opacando mi maldad de fiera salvaje que tenía oculta en la otra parte de mi mente anti hippie.
El oficial, comprendiendo mi actitud y abrazándome dijo:
-Tranquilo, Demián. En esta guerra todos sufrimos. Los civiles, los militares, de una u otra manera. Lo bueno fue que, gracias a Dios, tenías tu arma asegurada. El cabo no cargó su pistola, porque a esa distancia los dos se hubieran eliminado. Lo que debería hacer contigo es entregarte a la justicia militar. Este fue un acto de rebeldía ante un superior. En tiempo de guerra el código militar lo sanciona con la pena capital, o sea, simplemente te fusilan. Tienes que controlarte. Desde ahora, será mi escolta y no harás guardia. Sólo harás ronda conmigo. Vamos respira hondo. Mira las estrellas, como buscando a Dios y ruégale para que te proteja. Vamos, hazlo.-
Yo colmado por sus buenas palabras, mirando al cielo para ver a Dios, no veía nada.Y no sé de donde salió el recuerdo de mi compañero que no veía nada al volarse, y yo también le había dicho algo parecido sobre las estrellas, pero no se veían porque estaba nublado.
Mientras miraba, no podía contener la risa. Los recuerdos de la volá esa. El capitán extrañado comentó:
-Soldado, ya se le pasó parece, porque se ríe.–A lo que contesté casi riendo cómico:
-Mi capitán, no veo nada.– Este sorprendido dijo:
-Pero soldado, no vamos a estar acá hasta que vea a Dios. — Respondí
-No mi capitán, lo que pasa es que está nublado. — Dije riéndome. A lo que el capitán devolviendo la risa agregó:
-Tienes razón, Demián. Ni Dios quiere verte. Llorái y en un segundo ries. Está bien. –Dijo sonriendo– Arriba ese ánimo. Vamos, continuemos la ronda y caminemos.
Llegamos adonde habían unos camiones del ejército que tenían cocinas y soldados que preparaban los alimentos a los militares y presos políticos, pero también caché que había cientos de cajas desordenadas en el suelo, seguramente, por el temblor. Estas me llamaron mucho la atención, creyendo que eran municiones o algo parecido. Para salir de mi curiosidad le pregunté a mi capitán, qué había en esas cajas. Él respondió indiferente o resignado:
-Esas cajas tienen chancho chino.– Y siguió caminando hasta donde estaban los militares cocineros. Yo, sin decirle nada, pensando resignado en que teníamos chancho chino hasta los siglos de los siglos, comiendo chancho reculiao chino, pero igual me gustaba.
El oficial consultó: ¿Hay alguna novedad con el temblor? — a lo que un sub-oficial respondió:
-Aparte del susto, sólo se cayeron algunas cajas de chancho chino, pero en el sur el terremoto fue fuerte y la situación está bien seria, porque escuchamos por una radio a pila, que aún está trasmitiendo los detalles de lo sucedido.– Mientras nos servían un buen jarro de café con leche y pan con chancho chino. Lo que devoré por estar con el medio bajón de pito.
Después continuamos con mi capitán, revisando todo el estadio, incluyendo las celdas improvisadas donde estaban los presos políticos.
Ya había amanecido en Santiago terremoteado. El oficial me guió a mi dormitorio improvisado ordenándome que fuera a dormir y que a las 21 hrs. de ese mismo día tendría que estar listo para escoltarlo en su guardia. Agregando:
– Rece y descanse soldado.
Yo, me saqué mi casco, botas, ropa y el fusil al lado mío. Ya dentro de mi saco de dormir, sintiéndome tranquilo me invadió la nostalgia, melancolía, cansancio, girando hacia un costado, ví como que un destello de luz salía de mi fusil asegurado. Mil ideas atravesaron mi ser, mi vida, todo y nada. La luz y la sombra, vida muerte, todo junto. Ese detalle del seguro de mi arma, en un segundo habría cambiado mi contradictoria vida. Mirándolo y agradeciendo a Dios que había ofendido, me reconfortaba pensando que era obra de Dios. Agradeciéndole con los productos de la fe católica. Pensando y rezando, dormí, dormí, dormí…
Alrededor de las 19 hrs., desperté por el hambre y una brisa helada que venía de unos ventanales donde se encontraba el pelao con el que había estado de guardia en la piscina, viéndolo que rompía unos papeles y los arrojaba hacia afuera. Un pedazo de papel llegó a mis manos. El que leí escrito, con unas inexpertas manos, que decía: Querido Hijo.. y nada más. Era lo único que se podía leer en ese pedazo de papel roto, que sin lugar a dudas, era el encabezamiento de una carta. Entre despierto y dormido, el pelao se acercó a mí, con un paquete en sus manos envuelto en papel café. Delante de mí lo abrió encontrando un par de calcetines de lana, un par de calzoncillos, una cajetilla de cigarros, una máquina de afeitar con hojas, un queque, más un tarro de chancho chino. Yo inocente le pregunté:
-¿Te llegó encomienda de Punitaqui, güeón? — A lo que contestó poniendo cara de maldad:
– ¿Sabís, Demián? ¿Te cuento la firme? Pero no le contís a nadie, güeón. Morís en la rueda, güeón. Resulta que con otros pelaos nos acercamos a la reja que dan hacia la calle del estadio a sapear y se acercaron varias mujeres. Una vieja me dijo, si yo podía entregarle esta encomienda y una carta a su hijo que parece está preso acá en el estadio, porque se lo llevaron detenido de la fábrica Yarur, cuando trabajaba. Fue a varias partes a preguntar por su hijo y en ningún cuartel le dieron información y estaba desesperada. No sabía si si hijo estaba vivo o muerto, y que mañana vendría para que le diera alguna respuesta, que por favor, la ayudara. No sé que hacer, decía la vieja, güeón.
Yo perplejo con esa historia, que era para no creerlo le pregunté:
-¿Es verdad, güeón? .. El respondió, como si yo aprobaba su mala acción
-Sí, Demián. Es verdad, y a casi todos los pelaos que estaban ahí, las viejas les dijeron lo mismo. Pero a algunos, no les dieron paquete. Yo me salvé.
Interrogándolo incrédulo dije:
-Ese papel que hiciste tira y la encomienda… ¿Qué vái a hacer con esas güeás?. — Él seguro de su desfachatez afirmó:
-La encomienda me la voy a dejar pa´mí pos, güeón. El papel era una carta pal´hijo. ¿Adónde lo voy a encontrar? Si hay como mil güeones presos, güeón.
Parándome, furioso, lo empujé, cayendo como saco de papas y, dispersando las cosas de la encomienda le grité:
-¡Concha de tu madre! ¡Sinvergüenza, Gúeón vaca! ¿Porqué, güeón, hiciste esa cagá, güeón? La pobre señora confió en vos, huaso culiao. Le diste una esperanza engañándola, güeón. Era lo único en que ella podía confiar, y se fijó en vos, güeón. Vos no soy hippie. Nunca vái a ser hippie. Me arrepiento de haberte dado mi yerba. Mañana va a venir ilusionada. Es lo único que le interesa en esta cagá de vida, güeón, ¿Porqué la cagaste, güeón?—- Le gritaba al borde de la locura. Agregando:
-Merecís un balazo, culiao. Perro sarnoso. — Yo tiritaba de rabia. No lo podía aceptar. Era increíble. Varios segundos pasaron. Un silencio de resignación y culpa envolvía ese momento.
El pelao con voz altanera contestó:
-¿Y cómo vos, le quitaste la marihuana a los hippies, güeón? ¿Creís que no supé, güeón?… Era inaceptable para mí, su excusa. Respondiéndole:
-Los hippies me la dieron. Hicimos un trato. Si me daban la yergba los dejaba ir y cumplí mi palabra, güeón. — A lo que el pelao respondió:
– ¿Y si no te la hubieran dado, güeón? Igual los habriái cagao, güeón.
-Mira, güeón — contesté — esa es otra historia. Esa güeá no llegó a pasar porque ellos y yo somos hippies. Vos nunca vai a ser hippie y nunca te voy a llevar a mi casa, huaso culiao. Chao, concha e´tu madre. Vírate, culiao.
El pelao, desde el suelo mirándome, con los ojos llenos de lágrimas, casi al borde de la histeria, gritaba:
-Me quiero ir de esta güeá de servicio. Estoy lleno. No aguanto más. Me quiero ir. Conchas de su madre, milicos culiaos. Hasta cuándo. Me quiero ir a mi tierra. A comer charqui, queso de cabra. Amo mi tierra. Allá era feliz, güeón. No entiendo a los güeones de la ciudad, güeón. Me quiero ir, repetía llorando amargamente. La pena lo embargaba. La incertidumbre lo había deshecho. ¿Qué más podría decirle o hacerle?. Nada. Absolutamente nada. El golpe militar, nos había golpeado, destrozado y alterado de un solo golpe nuestra inexperta vida.
Caminé hacia el ventanal, mirando hacia Santiago, la brisa primaveral calaron mi alma, llena de pena sin comprender nada, de nada; bajé mi vista, observando como se movían los restos de la carta, que jamás llegarían a su destino, que el inmenso amor de una madre se había volcado en ese humilde papel. Que si ese preso político la hubiera recibido, habría llorado de felicidad, al saber que su madre con su amor incondicional, le escribía y recalcándole, antes que nada: Querido hijo.
Me sentía abatido, trastornado, sacando mi dolor, grité: Santiago torturador, Santiago torturador. – Entre lágrimas y risas. Miré al soldado, que aún estaba en el piso y lo invité a acercarse, diciéndole:
-¡Ven, ven güeón! ¡Por favor, ven! – Él, parándose, se dirigió a mí caminando y arrastrando su pena. Cuando estaba junto a mí, le dije:
– ¡Grita!, ¡Grita! Igual que yo, espantemos la mala onda: ¡Santiago loco, loco! ¡Santiago loco! –Dejábamos de gritar un rato, porque la risa frenética nos ahogaba; gritábamos y nos reíamos a carcajadas: ¡Santiago loco! ¡Santiago loco! – Yo interrumpí el griterío y le dije:
-¿Así que querís comer charqui, güeón? Gritemos: ¡Santiago charqui! ¡Santiago charqui!… seguido por nuestras risotadas. Él dijo:
– Digamos Santiago, queso de cabra. No podíamos pronunciar de la risa: ¡Santiago, queso de cabra! ¡Santiago, queso de cabra! Ja, ja, ja. – Gúeón, ahora gritemos: ¡Santiago, chancho chino! Reíamos convulsionados, al borde de la locura: ¡Santiago, chancho chino! Y… sorpresa. Se escucha la voz y orden de mi capitán Martus diciendo:
-¡¡¡Soldados!!! ¡¡Silencio!!. –Ingresando por la puerta de nuestro improvisado dormitorio, al llegar a nuestro lado ordenó:
– ¡Comuníquele a todos los soldados, que no están de guardia, que en una hora los quiero a todos formados frente al monumento!
-¡A su orden, mi capitán! — Salimos corriendo; en el trayecto comentamos, casi asustados con la duda de que, si el oficial habría escuchado nuestra conversación.
A la hora ordenada, y estando ya formados, apareció el capital:
-¡Soldados! ¡Atención! ¡Firmes!.¡Alinear, Vista al frente! ¡Poner atención! – Ordenó, casi gritando, como dando a entender su mala onda, diciendo:
– ¡Soldados! Hay varios de ustedes de los que están formados poniendo cara de güeón, se acercan a las rejas del estadio, recibiendo recados y encomiendas de los familiares de los presos políticos, y engañando a esas personas, se quedan con las cosas. En una guerra, el Código Militar, los castiga como acto de pillaje y pueden ser muertos en donde se les descubra su bajeza de soldados; y recuerden, que ustedes juraron delante de la bandera diciendo ser unos soldados valiente, honrados, les repito, honrados y amantes de mi patria, y ese juramento se cumple hasta la muerte, si es necesario, pelaos güeones. Y desenfundando su pistola, descargó tres tiros al aire, agregando:
– ¡Yo!, al soldado que lo sorprenda recibiendo cosas para los detenidos, con esta arma lo voy a ejecutar en el acto. ¿Escucharon soldados?:
– ¡Sí, mi capitán! –Respondimos al unísono.
– ¡No escucho, soldados! ¡Más fuerte!
-¡¡¡Sí, mi capitán!!!—Repetimos espantados por la cagá, que se habían mandado algunos soldados.
Luego ordenó: ¡Ahora, retírense! – Yo, y el pelao, que tenía cara de espanto, porque era como si lo hubieran pillado, pero sin pillarlo, salimos de prisa al improvisado dormitorio, comentando si nos había cachado el capitán, y también, {este preguntó:
– Demián, ¿Qué hago con la encomienda, güeón? –A lo que contesté:
– Bótala, igual que la carta, güeón; ya la cagaste, güeón. – Al llegar al dormitorio, agarré el fusil, casco y fornitura, dándome cuenta que el pelao queso de cabra, observaba mis movimientos, esperando no sé que cosa. Intrigado, cachando su onda, pregunté:
– ¿Qué te pasa, güeón? ¿Querís decirme algo? –Éste, cambiando su cara de pena por más pena y sintiendo sus palabras humildes, coronadas por lo más sincero que puede expresar su alma arrepentida, casi con un desgarrador lamento contestó:
– Perdona, Damián. La cagá que hice a la señora, yo nunca había hecho eso; nunca voy a entender la cagá que me mandé y quiero ser hippie, así como quisiste ayudar a las presas en la piscina. Pero, cuando te fuiste, quedé re triste, la había pasado entretenido en la guardia, quería puro conversar contigo sobre lo que haría en Iquique, Damián. ¿Dijiste en serio, que no me vái a llevar a tu casa?
Al escuchar esas humildes palabras, de mi amigo, aprendiz de hippie, que tenía todas sus esperanzas de vida en mi vanal promesa, lo abrace con mi cuerpo y mi alma, diciendo:
– Sí, güeón, vamos a llegar a Iquique vivos o muertos; si yo llego muerto, vos le decís a mi mamá, que ese era mi último deseo, y si vos te morís, te llevo en mi corazón y, paa no olvidarme, todos los días, fumaré un pito a tu nombre.—A lo que él respondió:
– ¿Y si llegamos juntos, vamos a fumar a nombre de quién? — Terminó riéndose animado por mi nueva promesa. A lo que contesté:
– Bueno, entonces fumamos porque somos hippies, güeón, hippies hasta la muerte, y chao. Tengo que presentarme al capitán. Ahora soy su escolta, no quiere perderme de vista; cagué. Chao, hippie, queso de cabra. Y salí en busca del oficial; al cruzar el umbral de la puerta, inmediatamente al lado de esta, ahí esperaba mi capitán Martus, el que observaba con cara de haber escuchado toda esa conversación, pero su expresión denotaba comprensión y buena onda. Ordenó:
– ¡Vamos, Demián, Hippie!… – Caminando, rápidamente, siguiéndolo, contesté:
-¡A su orden, mi capitán! – Sintiéndome totalmente seguro que había escuchado esa conversación llena de promesas, pero como buen oficial, nunca hizo un comentario.
Tras mi capitán, de oficial de guardia, recorriendo el estadio y verificando. que todo estaba sin novedad, varias horas después, en unos pasillos encontramos a mi amigo hippie queso de cabra. El capitán al verlo, se abalanzó hacia él, estaba casi pegado frente a éste. El pelao nervioso y, sin saber, si éste había escuchado la maldad que le había cometido a esa esperanzada mamá, respondió casi acusándose:
-¡Ordene, mi capitán! – Luego, un largo silencio, mientras el oficial sólo con su mirada, le daba a entender que sabía su mala acción, que había escuchado toda nuestra conversación y reacción de nosotros. Pero, el capitán, sin decirle nada, con su mirada, le dijo todo, y casi gritándole, el pelao queso de cabra, le gruño: ¡Cierra la boca, soldado!.. — Y se retiró, indicando que yo lo siguiera. Al pasar, al lado de éste, le dije con una mueca de sorpresa y extrañado:
-¿Chao, Santiago charqui! — Apurando el paso, escuchando una pequeña risa como disculpa y vergüenza.
Así, en esa onda, varios días, sólo era escolta de mi capitán Martus. Este, no me dejaba ni a sol ni a sombra, pero sintiéndome también orgulloso de su compañía.
Una noche de ronda, desde un camarín (que ahora eran celdas para presos políticos), salían unos alaridos, los presos pegados a la reja, al ver al capitán indicaron que había un preso enfermo y parece ser apendicitis. Sacando a este de ese lugar, en un jeep militar, nos dirigimos al Hospital El Salvador. El preso se quejaba como loco, al llegar, fue llevado rápidamente a la sala de urgencia, donde lo trasladaron a cirugía, confirmando que era peritonitis. Varias horas estuvimos esperando al enfermo; una vez operado, lo llevaron por un ascensor hasta dejarlo en una sala, la que tenía dos camas, donde nos recibió una enfermera joven, bonita, atractiva, preciosa, pelo colorín, blanquita, pecosa con voz casi angelical.
Ubicado el recién operado, el oficial ordenó que debería hacer guardia en ese lugar y prohibiendo el ingreso de cualquier civil que quisiera visitar al enfermo.
– ¡A su orden, mi capitán! – Respondí, casi feliz. Al rato solo, afuera de la sala, sin más compañía que la enfermera colorida, la que casi ni me inflaba. La colorida, con su voz angelical, rompió el hielo invitándome a sentarme al otro lado de su escritorio; y, como si nos hubiéramos conocido siempre, ella preguntó:
-¿Usted, es soldado o pertenece al Ejército? –Yo, sentado relajado y mirando sus bonitos ojos, como poniendo cara de lacho, narré a groso modo, como había llegado a Santiago volando desde Iquique, y confirmando que sólo estaba cumpliendo mi servicio militar. Ella sorprendida, compadeciéndome respondió:
-¡Pobrecitos, de tan lejos vienen! ¿Y tu familia, y tu polola saben? – Respondí:
– Mi familia, ya debe saber, porque el ejército envió unos telegramas, pero mi no polola, nunca más supe de ella. Al ingresar al servicio, estaba pololeando como dos años, con la que fue alguna vez polola, cuando llevaba cerca de tres meses adentro del ejército, recibí una y la última carta de ella, en que decía, claramente que estaba pololeando con un gallo en la universidad de Arica, y que este compadre, era de Santiago, pidiendo que la comprendiera y perdonara. ¿Sabe señorita?, no quiero ni acordarme. Casi me morí, cuando supe esa mala onda. La amaba, fue mi primer amor, fue la primera en todo.; las mujeres son buenas, pero se ponen tan malas. Pero, al final, son ricas todas y lindas como usted. – Terminé diciendo con una risa de lacho, porque la colorina me tenía feliz, casi embobado. Ella, agradecida, prosiguió:
– Gracias, por el piropo, pero los hombres son más malos y mentirosos. Nos aman y después nos dejan. – Yo, como engrupido y no sé porque, como presintiendo lo mejor o peor, o tal vez era mi calentura que afloró ante esa angelical colorida, respondí:
-A ti, no te dejaría jamás, nunca había conocido una colorida como tú. ¿Soy Santiaguina? –Le pregunté, ya tuteándola. Respondió:
– Sí, soy de Santiago. Estoy haciendo mi práctica de enfermera; me siento realizada cuidando a la gente, ayudándola, soy feliz. –Terminó diciendo como embelezada por nuestra conversación.
-¿Sabes? –Dije – Yo, estoy enfermo, casi agónico; mi corazón sólo quiere dar amor, necesito tanto amar a una mujer, sufro de falta de amor, de amar. Acá en Santiago, sólo he dado mala onda y violencia, creo que voy a enamorarme de ti; te voy a raptar con mi fusil, para poder llevarte a Iquique. ¿Conoces Iquique? …¡Oye! Espera…¿Y cómo te llamáis? –Ella respondió super coqueta:
-Mi nombre es María Isabel, y no tienes que raptarme, vámonos en nombre del amor. –Terminó riendo casi engrupida. Yo, sorprendido por su nombre dije:
-¿María Isabel? ¡No puede ser! Así se llama mi ex pololita. No quiero nada con las Marias Isabel, me dieron todo, sin dejarme nada. Poniendo mi voz lastimera y resignación… Ella, como reconfortándome agregó:
-Todas no somos iguales, menos con alguien como tú. Soy super choro y amoroso; apuesto que tienes varias amiguitas en Iquique. ¿O no? — A lo que le contesté, ya casi regalado, entregado, esperando todo o nada, y con voz de lacho, enfermo de lacho, dije:
-Ahora, sólo me interesas tú. Y tomé seguro y suave su mano dándome cuenta que ya no quedaba nada más, que ahora o nunca, y ella cooperando se acercó, mirándome a los ojos, dijo :
-Tienes los ojos claritos. – Como imán, hipnotizados, nos acercamos, hasta juntar nuestros labios, sabiendo que sólo queríamos dar amor, sólo un ratito de amor. Un torbellino de pasión nos envolvió, besándola y dejándose besar, con toda la pasión de un necesitado de amor. No hablábamos nada, nuestros gestos, besos, caricias, decían todo. Necesitaba tanto una mujer. Ella dispuesta a recibir mi sano amor, se apartaba, sin dejar de abrazarme, me miraba, como diciendo que ella estaba dispuesta a recibir ese poquito de amor, volviendo a besarme, casi sintiendo dolor y placer en nuestros labios. No sé cuanto tiempo nos amamos, sólo era puro amor. La amaba, la adoraba. Con voz entrecortada dijo: Ven… Tomando mi mano y entrando a la sala donde estaba el preso recién operado; al lado de este, nos acostamos. Ella con su dulce y angelical voz, y como empezando a recorrer nuestros cuerpos gimiendo de deseo habló: Quiero que me des amor, hagamos el amor.
Empezamos a recorrer nuestros cuerpos, aún vestidos, sintiendo que el deseo nos desvestía. Recorrí sus senos blanquitos, coronados por unos pezones rosaditos, acariciando nuestros sexos húmedos, preparándose al placer de hacer el amor. Le llené su vagina de mares de mi jugo de amor; ella dio un concierto de gemidos de placer. Estuvimos casi hasta el amanecer, hasta llegar la hora del deber, dando término a nuestro placer. Del enfermo nunca nadie se acordó. Salimos a su escritorio, mirándonos complacidos el uno del otro. Cuando apareció una enfermera, la cual nos saludó y confirmando mis dudas, ella era a la que le correspondía el nuevo turno. Ella, dirigiéndose a la enfermera, y como haciéndole notar que allí nada había pasado, firmó unas fichas y papeles, diciéndome: ¡Adios! – Contesté su despedida con pena y enamorado.
-¡Chao, señorita enfermera un gusto haberla conocido! – Quedé solo, triste, abandonado y pa´peor, enamorado, casi entre las nubes, sólo aterricé, cuando ingresaron a la sala el capitán, ordenando que venía a llevarme de vuelta al estadio.
Bajamos por un ascensor; el corazón revolucionado por sus incontrolados latidos de puro amor. El oficial preguntó:
-¡Soldado! ¿Cómo pasó la noche el enfermo? ¡¡Hey, soldado, responda!! ¿Qué le pasa?
– ¡Oh, disculpe, mi capitán! Tengo sueño. El enfermo no se sintió para nada durante la noche; parece que estuvo buena la operación. Igual que la enfermera, ¿Sabe, mi capitán? Me enamoré de la colorina.
-Es verdad, buena moza la colorina; son las más escasas, nunca he tenido una colorina, dicen que son como su pelo, puro fuego, el más ardiente fuego. Según, me han contado. – Y terminamos riéndonos del comentario, justo cuando llegó el ascensor a nuestro piso.
De ahí, arriba del jeep, por las calles de Santiago. Varias personas transitaban; entre toda esa gente, casi veía a la colorina. Estaba feliz, gracias Santiago amado, Santiago amor, Santiago me
Había gratificado, el amor por unas horas me había dado. Ahora era mi Santiago amado, Santiago colorina; sólo en Santiago entregué un poco de amor. Eso necesitaba dar, dar amor, un poquito de amor. Santiago amado me había prestado una santiaguina colorina.
Sólo quería que llegara la noche para volver al encuentro con mi colorina amada; entre esos recuerdos de puro amor, llegué al estadio.
Cuando llegamos, el oficial se dirigió al sector de los comedores, ordenó que sirvieran desayuno, por supuesto, café con chancho chino. Yo lo devoré, lo tragué. Al ver mi buen apetito, el oficial ordenó, nuevamente repetir mi ración. Yo, quizás, pensando que él se daba cuenta el desgaste físico que había tenido esa noche en el hospital El Salvador con esa preciosa enfermera. Creía que ya la amaba, era lo mejor que había pasado en Santiago amor, Santiago loco, Santiago desequilibrado, Santiago extremo. No podía tener un solo nombre la capital, quizás ese nombre solitario, como se escribe y pronuncia, las circunstancias del momento le daban apellido. Para mí, ahora, a esa noche, le puse como apellido Santiago amor.
Cuando terminamos el desayuno con el capitán, ordenó que nos dirigiéramos donde tenía mis pilchas y dijo:
– Presta mucha atención a la misión a efectuar: ¡Soldado, a usted lo he designado a una misión especial de extremo cuidado! El alto mando ordenó esta misión y yo lo he calificado a usted, por su entereza y espíritu combativo. Esta misión tiene que dejar muy bien a nuestra unidad. Yo confío plenamente en usted, hasta ahora, no nos ha defraudado y espero que no se te ocurra dejarme mal. ¡Te saco la cresta! –Terminó sonriéndole oficial. A lo que contesté:
– Mi capitán, ¿Voy a estar al cuidado de las presas? ¡Qué rico! Voy al tiro, a su orden, me baño y listo, mi capitán. —El oficial, sonriendo, contestó:
-No te pongas patúo, güeón. En esta misión, la única arma que usarás es tu discreción, criterio y tratar de hablar lo menos posible. A veces, sin hablar encuentras muchas respuestas.
Cuando llegamos al dormitorio, saqué todas mis pilchas, con el oficial delante de mí. Salimos y nos fuimos caminando llegando al primer piso del estadio, ingresando a un salón muy bien amoblado. El capitán ordenó que lo esperara. Este ingresó a una oficina. Pasó un buen rato hasta que apareció de nuevo y desde la puerta ordenó ir donde él. Al ingresar a la oficina, había un comandante, varios oficiales y civiles. El capitán se dirigió al comandante, diciendo que yo era el soldado indicado para la misión. El comandante luego de escucharlo, salió detrás de su escritorio, dirigiéndose a mí, ordenó:
– ¡Soldado, posición de descanso!
-¡A su orden, mi comandante!. – Contesté enérgico y casi orgulloso, sin saber, lo que me esperaba
El comandante parado frente a mí, con voz convincente habló:
-¡Soldado, a usted lo vamos a infiltrar entre los presos del estadio! Vá a estar con unos detenidos, creemos que pertenecen a un grupo de extrema izquierda. Hasta ahora, no he podido sacar información. Cuando le pregunten, recuerde, sólo cuando ellos se lo pregunten, de dónde es y a qué partido político pertenece, sólo tiene que contestar que es de Iquique, que pertenece a las JJ.CC. (Juventud Comunista), pero que fue detenido acá, en Santiago, por una patrulla militar después del toque de queda, portando un documento el que decía que usted es miembro del Partido Comunista, y por eso, lo trajeron preso al estadio. Si ellos preguntan por algunos nombres de sus compañeros de partido, dígales cualquier nombre, o el de algunos soldados de su compañía. Estoy seguro, que ellos no tienen idea de los compañeros de Iquique, pero recuerde, no converse ni hable demás. Si lo encuentran muy callado, dígales que está asustado. La regla para esta misión: no hablar, solo escuche; no pregunte nada, sólo escuche y memorice todo. Ahora, lo vamos a vestir de civil y a maquillar. ¿Entendido?
-¡Sí, mi comandante! –Pero quedé congelado).
El capitán ordenó que lo siguiera; salí de la sala, ingresé a otra. El oficial ordenó:
-¡Ya, sácate el uniforme! Ahí tienes ropa, elige lo que te acomode.
Sentado en un sillón, tratando de desabrochar mis botas, lleno de dudas, confundido, temeroso, agresivo, ansioso por esa misión, le comenté al capitán:
-Mi capitán, ¿si me cachan los pelaos de mi compañía? – El oficial contestó:
-No te preocupes. Donde tú vas a estar preso, los guardias son de otra unidad. Si por casualidad, ves a uno de tu compañía, trata de que no te vea, pero con el maquillaje vas a quedar irreconocible. Ahora, elige la ropa y apúrate.
La ropa, se veía nueva, sólo que no tenía etiquetas; había para todos los gustos. Saqué un pantalón de comelón grueso, color café claro, pata de elefante, unas medias chilotas, botines con suela crepé de gamuza café claro, una polera azul manga larga y un suéter beatle de color azul marino de lana y un chaquetón azul, un mongómery con capuchón forrado en tela escocesa. La media pinta, y pelao, como buen milico, vestido de lolo hippie, pero pelao, na´que ver.
Después ingresó un militar con máquinas de cortar el pelo, diciendo:
· Mi capitán, ¿lo pelamos o acomodamos un corte? — El oficial contestó:
· No lo vamos a pelar, delinea el corte, atrás hazle un corte cuadrado y las patillas bien marcadas, y la partidura de derecha a izquierda, trata de borrar el corte militar. – El milico peluquero, rápido me transformó el corte de pelo. Sacó un espejo, al verme, no tenía aspecto de pelao milico. Ya estaba engrupido con la misión. El capitán, tomó la tijera y ordenó:
· ¡No te muevas! – Cortándome unos feos mordiscos, casi a ras de mi cabeza. Al verme, nuevamente en el espejo, ¡chucha! Ahora parecía cualquier güeá. El oficial al ver mi cara de mala onda, habló:
· Si te preguntan que te pasó en el pelo, dile que antes, una patrulla en la calle, te detuvo, y te cortó a tijeretazos la peluca de hippie, pero no quisiste pelarte, por eso te cortaste así el pelo y, usa gorro. Toma este. – El oficial puso un gorro café con matices claros y chao, se acabó el cuento del pelo. Tu fusil y pilchas, yo las guardo, ahora, vamos donde mi comandante.
Salimos de la sala de vestuario e ingresamos donde el comandante. Este con un gesto de aprobación, aceptó mi transformación:
· Bien soldado, su nombre lo mantiene; ellos no tienen idea, sólo falta maquillarlo para tener aspecto de preso. El comandante ordenó a dos oficiales que se acercaran a mi lado; estos me agarraron de los brazos, el comandante me pegó un combo en el hocico, en un ojo y después patadas en ambas piernas. – Sin salir de mi asombro y sorpresa, la ira y la furia me invadió; mirando al comandante le grité:
· ¿Qué pasa? ¿Qué chucha?
El comandante se ubicó detrás de su escritorio, sin dejar de mirarme, inmune a mis insultos; mientras yo, forcejeaba con los que aún me sujetaban, y, a la vez ordenaban:
· ¡Cállese soldado, es una orden! – Sintiendo en vano mis esfuerzos por liberarme, aún mirando la cara del comandante que observaba mis reacciones lógicas por las circunstancias, ordenó:
· ¡Déjenlo! – Una vez liberado, parado solo con mi rabia, sentía que sangraba mi boca. El comandante, después de una pausa, donde todos observaban mi situación y, a la vez, preparados para un arranque de locura de mi parte, solo frente a esa extraña locura, me resigné. Mis manos las crucé detrás de mi espalda, bajé la cabeza, dejando chorrear la sangre en mi bonita ropa, un torbellino de dudas cegaron mi mente, sin poder pensar, sin poder reaccionar, sin poder siquiera tratar de moverme, con rabia, enfurecido, lloré, lloré, en la sala. Sólo se escuchaba mi llanterío. Levanté mi cabeza, mirando entre lágrimas al comandante, le dije:
· ¿Porqué?¿Porqué? … Y continué llorando. –El comandante, después de una pausa, habló con voz autoritaria:
· Ese es el maquillaje y aspecto de un preso. ¿Entendido soldado? Ahora viene lo más difícil: Llévenlo a las celdas, con los presos.
Milicos culiaos, al escuchar la aclaración del oficial, comprendí lo del maquillaje. Que lindo, que saco de chucha. Levanté mi vista derecho donde el comandante y con toda ironía, dije:
· ¡Qué lindo, mi comandante!, ¡ah! — Y nos dio ataque de risa, el momento grave desapareció; la risa lo borró. Todos cagaos de la risa. – El comandante agregó:
· Límpiate la sangre con la ropa; así lo hacen los presos. Luego los mismos oficiales que me sujetaron, me amarraron las manos por detrás y derechito a las celdas.
Mi aspecto era totalmente de un preso torturado; al caminar cojeaba, sentía dolores en mis piernas, el ojo derecho, casi completamente cerrado y el hocico hinchado, mientras, apenas caminaba pensaba puras güeás: los milicos están locos, yo estoy loco, todos los güeones estamos locos, haciendo actos como locos, creyendo tener la razón. ¿Dónde pararía esta locura? Cuando termine esta locura, buscando la razón, la verdad, vamos a quedar locos. Sólo fortalecía mi alma al pensar que tendría que salir vivo de esta güeá de los milicos. Sólo eso me obligaba a continuar viviendo, si se podría llamar güeá de vida, porque en el fondo, era una güeá nada más, una fea güeá, una güeá de vida o muerte, pero una güeá.
Después de varios pasillos llegamos a la celda, el oficial me entregó una frazada, abrió la reja, y adentro y chao. Parado tras la reja, ¡chucha! Los cinco que ahí estaban, todos machucados, igual que yo, peor que yo, torturados peor que yo.
A un rincón de la celda, como asiento puse mi frazada. Sentado, mi cabeza escondida entre mis rodillas, preso. Así lo sentía: preso, preso, preso, preso. Preso por el servicio militar obligatorio; preso por la cagá de la Unidad Popular, preso por el Pinochet, preso por el Allende y su cagá de gobierno; preso por mi obligación como milico; preso por servir a mi cagá de país, preso en Santiago cárcel.
Los que ahí se encontraban indiferentes a mi llegada, no emitieron ninguna reacción. Sus almas, sus cuerpos, totalmente torturados, humillados, deshumanizados, se veían ausentes con su dolor, con su pena. Quizás idos, volados, con la impresión del golpe militar. ¡Qué se podría hablar, comentar, rebatir, razonar! Solo nada. Ellos dudando sobre su vida o su muerte. Casi se olía el olor a muerte. Sí, eso parecían: muertos en vida, acompañados de un silencio de ultratumba. Sólo les faltaba el ataúd, velarlos, enterrarlos y chao.
Al rato a la celda llegaron dos soldados con un preso; lo tiraron dentro, luego con unas patadas, ordenaron a otro detenido que debía acompañarlos. Este al no reaccionar con las patadas, uno de los guardias, le dio unos culatazos, a lo que el detenido reaccionó asustado y se levantó siguiendo a sus agresores. Cerrada la celda, nos quedamos solos acompañados por el lúgubre silencio.
Al rato, el ingresado, mirando curioso preguntó: ¿Recién llegaste?
· Sí. – contesté
· ¿Te pegaron? Tenis el ojo super hinchado, la boca igual, seguro que te sacaron la cresta los milicos.
· Sí. Me cacharon un carné de las JJ.CC. —Respondí, agregando: ¿Tú venís llegando?
· No. Estoy desde el 12 acá; yo era dirigente sindical en mi pega, me han sacado la cresta, preguntando si teníamos armas o explosivos. Estos güeones están locos; ahora, con mi compañero, al que se llevaron, nos sacan cada media hora y nos dejan parados, mirando al sol, después nos meten acá a la celda y media hora más tarde otra vez pa´fuera. Parece güeveo o tortura, nos quieren volver locos; ellos ya están locos, los milicos se volvieron locos furiosos, hay que puro hacerse el güeón. A estos compadres que veís, los sacan pa´puro interrogarlos; cada vez vuelven peor. Están agónicos, algunos tienen las costillas quebradas, están super machucados.
· ¡Oye! ¿Afuera está la cagá? ¿Hay alguna resistencia contra los milicos?. ¿Sabís? Desde que me agarraron no tengo idea que pasa, menos con mi familia, mi esposa, mis hijos; estoy desesperado. No tengo noticias de ellos, pobrecitos. Ojalá no hayan ido a güeviar a mi casa. Bueno, total en mi casa no hay nada que los comprometa con la onda izquierda o extremista, yo era un simple dirigente sindical. No sé que chucha va a pasar con mi vida. Pueden hacer lo que quieran, pero que no toquen a mi familia; esa güeá, no se las perdono. ¡Qué locura! ¿Quién se podría imaginar la mala onda en que se metieron los milicos? ¡Qué terrible! — Terminó diciendo el preso, agarrándose la cabeza a dos manos, tratando de encontrar la cordura ante esta situación de total locura. Así quedó, con su mirada fija en el suelo, quizás, queriendo ver debajo de la tierra, para encontrar y desenterrar la razón perdida de todos los que estábamos inmerso en ese mar de desequilibrados del derecho y respeto humano.
Tal como lo había explicado el preso, volvieron nuevamente a sacarlo de su celda y trajeron al otro. Éste se tiró sobre una frazada, simulando una cama, que como marquesa o colchón, era el cemento compacto y frío de nuestra celda. Seguro que esta habitación era un camarín, por su aspecto. Tenía varios casilleros, duchas, w.c. lavamanos y unos tablones pegados a una pared, dando aspecto de sillas o bancas, porque sobre estas, había percheros. Sólo que en la puerta, se veía modificada: por fuera una reja metálica que aseguraba la puerta de madera, la cual cerraban con seguro, a la cual la cruzaba un tragaluz, casi inalcanzable.
Fui a un lavamanos; tenía sed. Que mala onda, cero agua, ni una gota; dirigiéndome a los estanques del w.c., sí, ahí encontré agua, casi un cuarto de estanque. Con mi mano, saqué y bebí unos sorbos de la desagradable y mal oliente agua, pero me contuve; podría enfermar de mi estómago; preferí aguantar la sed. Curioseando la habitación, caché un interruptor de electricidad, al accionarlo, encendió un tubo fluorescente. Por lo menos teníamos luz; uno de los presos, reaccionó casi gritando:
· Por favor, apaga esa luz, si cachan los milicos, nos van a güeviar. ¡Apágalo!. —El tragaluz sobre la puerta, dejaba pasar la luz del día. Así debíamos permanecer, casi en penumbras; así debíamos saborear, sentir, ver, la opresión.
Apague la luz, llegó la realidad; todo estaba detenido, congelado. El tiempo y espacio, eran uno solo. La esperanza de terminar la misión encomendada por el comandante; casi sentí un alivio al recordar que ahí sólo estaba cumpliendo una fea misión, también reaccioné al verme utilizado y engrupido con los halagos de los milicos. Los güeones, te inflaban el ego, engrupiendo que érai un buen combatiente y bla, bla, bla, para ser sólo carne de cañón. Así son los milicos, se hinchan de su valentía militar, cuando en realidad, los soldados somos los que estamos pal´güeveo. No sabía que chucha pensar. Hasta pensé: Como no traje la yerba, que tenía en caleta, ahí mismo me habría tirado un pitito o no sé que chucha. Ya estaba sintiéndome como preso y me sentía oprimido. Casi, por instinto, toqué mi ojo, estaba hinchado, mi hocico, igual. Estaba cacao, no podía decir: no, mi capitán. No quiero ir a esa misión; no me gusta. La realidad era otra, estaba pal´güeveo obligado. Lo que haría por la misión, sí, eso haría. No haría nada, y chao. Milicos culiaos. Total, los que acá estaban presos, junto a mí, estaban super golpeados, si pudieran darse cuenta de mi onda, como sapo, no creo que podrían reaccionar en forma agresiva; en sus rostros se notaba, que no querían mas guerra, y yo, con mi físico, tenía la plena confianza que sabría enfrentarlos. No sé como, pero no emitían ningún miedo sus torturados cuerpos. Pero, al final, en realidad a esa hora, pensaba puras güeás: que yo les pegaba, que ellos me pegaban, estaba casi cagado de onda. Para disipar mi angustiado momento, parándome fui a intrusear unos casilleros metálicos. Abrí uno, nada; el segundo, nada; el tercero, un bolso de tela, un saco; lo saqué y lo intruseé, ¡chucha!, salieron varias camisetas del colo-colo, estaban bien dobladas, planchadas y limpias. Que buena onda, al tiro se vinieron a mi cabeza el recuerdo de mis hermanos, todos son colo-colinos, hinchas de cabro chicos. Yo también era del colo-colo, pero una vez, cuando chico, con mi hermano peleamos por la onda colo-colina y decidí ser de la U. de Chile, después caché, que los jugadores se cambiaban de equipo, y como yo, era cabro chico, no entendí esa onda; pensaba que un jugador nacía y moría en un equipo, total que al final, no agarré
onda futbolística y chao. Me cambié a la onda hippie, amor y paz, sin saber que las circunstancias de la perra vida, también me harían cambiar de equipo.
Vacié el saco, cayendo las camisetas, short y medias de fútbol, también un sobre con el detalle de lo lavado y el reclamo del dueño de la lavandería, donde les pedía, por favor, que cancelaran las facturas pendientes, y que era este el último servicio que cumplía, mientras no se le cancelara lo adeudado. Guardé la carta en el sobre y lo tiré en el casillero; agarré la ropa, la acomodé como un colchón y todo mi cuerpo sobre mi improvisada cama, tratando de no pensar ninguna güeá, dormí, dormí, dormí. Sólo cuando sentí unos gritos, ordenando al preso que despertara y saliera del camarín celda, entre gritos, garabatos y golpes, chao, volvió el silencio. El que me llevó a dormitar, siendo nuevamente despertado al ingresar unos milicos que prendieron la luz y nos invitaron a recibir el rancho; entre ojos los miraba, no era ninguno de mi unidad. En la celda éramos seis más uno que estaba afuera; pasaron unos platos de aluminio, de milico, y vaciaron un cucharón por plato, de sopa, casi transparente, acompañada de algunos arroces en el fondo. Había que sorbetearla, no había cucharas, y como estaba casi fría, ordenaron tragar rápido; tratamos de no hacer ningún gesto de desagrado. Uno de los que servían, preguntó irónico:
· ¿Les gustó muchachos? ¡Sí o no! – Todos contestamos:
· Sí, está rica, mi cabo. — Y chao. Nos quitaron los platos, pusieron candado y chao. Unos de los presos, salió rápido al w.c., vomitando su ración, y, a la vez, se quejaba de dolor. Fui a verlo, lo encontré con sus manos en su estómago, era una sola mancha negra, amoratada de golpes; en sus balbuceos, comentó que tenía algunas costillas rotas, en realidad, estaba super mal, molido hasta el alma. Pero no tenía derecho a un médico, era un preso de la Unidad Popular, era un perro, sin derecho a nada humano.
Lo abracé con cuidado, lo llevé a mi cama preguntándole:
· Compadre, ¿te gusta el Colo-Colo? –Él volvió su mirada y cambió de aspecto su cara y contestó sorprendido:
· La güeá que preguntái. – Yo insistí.
· ¿Te gusta el Colo-Colo? Sí o no, dime. – Él, casi tratando de no reir, porque le causaba dolor, afirmó con su cabeza que sí.
· Ven, mira, ahí tenís una cama del Colo, acuéstate, te la presto.
El preso, aguantando la risa por el dolor y sólo con su mirada, supe que estaba agradecido, lo ayudé a acostarse sobre el colchón colocolino, traje su frazada y lo tapé. Al preso, que se le notaba algo líquido en su mirada y su voz quebrada, sólo repitió:
· ¡Gracias, Gracias!
Luego, fui donde los otros presos; estaban como ausentes, agónicos, graves, unos despojos humanos. Les pedí ver sus estómagos, todos estaban iguales, morados, casi negro, desde las tetillas hasta más abajo del ombligo, golpeados sin misericordia, sin asco, sin razón, sólo unos locos podrían haber golpeado de tal manera a esos hombres.
Que bajón, mi alma al ver esa brutalidad, se invadió de tristeza y dolor. La agresividad de los milicos, se había desbordado sin ningún control.
Luego, fui donde estaba acostado el preso colo-colino, a sus pies, sentado y apoyado en la pared, descansé mi cuerpo tratando de alejar mis sentimientos de mala onda. No quería, no podía pensar nada, nada, nada, nada.
Nada bueno, nada malo, solo sentía que la vida no tenía sabor a nada. Con la cabeza entre las rodillas, repetía en mis pensamientos: mamá, mamá, mamá. Había descubierto, que nombrando a mi mamá, la vida, la esperanza, era la luz que encontraría en este negro túnel de miseria humana, mamá, mamá. No sé cuantas veces repetí mamá. El sonido dirigió mi vista al preso que estaba junto a mí. Sí, él también, casi en un lamento de agonía, repetía: mamá, mamá. Una pausa y continuaba: mamá, mamá. Fijé bien mi vista
en su cara, de su boca brotaba algo oscuro, rápido, parándome encendí la luz; de su boca salía sangre, balbuceaba con la boca llena de sangre: mamá, mamá. Tratando de enderezar su cabeza, tratando de sostener su cabeza, tratando de pestañear, tratando de vivir, tratando de nombrar a su mamá, murió, falleció. Muerto por el golpe militar.
Mi mano la puse en su cuello, estaba tibio, estaba sin pálpito, estaba sin vida, quedó con su cabeza hacia encostado con los ojos semi abiertos. De la vida a la muerte, sólo segundos, o milésimas de segundos bastaron para que cruzara el límite hacia la vida eterna, la muerte eterna, la muerte total.
Sentí momificado mi ser, congelados mis pensamientos, enloquecidos mis sentimientos, ordené mi cordura, mi razón. No dejé invadir mi corazón por la compasión, no dejé a ningún sentimiento abrumarme, a trastornarme, era un muerto y chao, chao, chao. Yo estoy vivo, casi muerto, no me interesa, chao; no sirve de nada un buen sentimiento o un mal sentimiento por el recién fallecido. Se murió, la vida se acabó. Es un muerto, ahora es un muerto, no me interesa, con respeto o sin respeto, no me interesa, es su vida, es su muerte.
De mis trastornados pensamientos me alejó un preso que nuevamente pedía, por favor, que apagara la luz. Fui donde el que a mí se dirigía, y le dije, con el más mínimo asombro:
· ¡Oye! Ese compadre murió. – Éste preguntó:
· ¿El que estaba vomitando?
· Sí, ese mismo. — Respondí. Éste trató de parase, yo lo ayudé, al ver que se quejaba de dolor, y, casi mudo tratando de no llorar, pidió que lo llevaran donde el recién fallecido. A duras penas, logré llevar al preso, cuando por fin llegamos, éste pidió que lo ayudara a arrodillarse junto al muerto. El preso le tocó la garganta y su pecho, después de un momento, volvió su cara, sus ojos mojados en lágrimas y habló:
· No puedo creerlo, está muerto. – Puso sus manos en su rostro y gritó:
· Carlos, Carlos, ven a ver a tu hermano. Parece que murió, güeón. — De entre los presos, se paró un hombre, que con sus gestos, mostraba su dolor físico, casi afirmándose en la pared. Llegó donde nosotros, arrodillándose junto al fallecido, lo tocó y movió su cabeza, sus manos, sus ojos, nada, nada, nada, muerto, estaba muerto.
El recién llegado, con un grito desgarrador, gritó:
· Hermano: ¡No, no te mueras! ¡No, por favor! ¡No me dejís solo! ¡No!
No quería aceptar la verdad, su hermano colo-colino había muerto.
Salí de ese trío de pena y muerte, dirigiéndome a la puerta. Ahí mismo me senté, puse mi cabeza en las rodillas, repitiendo: mamá, mamá. Y de fondo, escuchaba los lamentos de esos hombres, enloquecidos por la muerte de su familiar. Nada quería sentir, nada quería pensar, sólo repetir: mamá, mamá.
Entre lamentos y sollozos, sentía abrir la reja y a empujones metieron de nuevo al preso, y los milicos, con voz autoritaria preguntaron:
· ¿Quién fue el güeón que prendió la luz? –Sólo escucharon, como respuesta, el llanto de los que sufrían la muerte de su familiar. Los milicos se acercaron, mientras que los presos, le imploraban por su hermano, que hicieran algo. Los milicos, indiferentes a esas súplicas, uno vió las reacciones del muerto, y entre ellos, algo murmuraron y salieron rápido de la habitación, como molestos, como orgullosos por su deber de milicos, matar al enemigo.
Casi de inmediato volvieron, se llevaron al que correspondía estar media hora parado mirando al sol; las órdenes, se deben cumplir. El muerto, podía esperar; total la muerte, para siempre, lo iba a acompañar.
Todos los presos, se acercaron al muerto, al parecer eran compañeros de trabajo. Todos lloraban su muerto, todos sufrían esa inesperada muerte, todos lloraban enloquecidos, trastornados, esa verdad increíble, todos sus ideales políticos, encaminados a tener una mejor vida, se transformaron en un sendero de muerte. Todas sus esperanzas de vida, terminaron con la esperanza de la muerte, todo quedó en la nada.
Luchaba con mi razón, con mi sentir, con mi ser, con mi físico. Seguí sentado, derrumbado, indiferente, desanimado, cajoneado, alejado de esos hombres y su muerto. Sólo repetía mamá, mamá.
No sabía si dormía o ese cuadro mortuorio me había dejado inconciente; fue algo que hizo perder mis sentidos, lo que trajo la realidad. Fue el ruido de las rejas. Ingresaron varios milicos y una camilla; uno que parecía médico, le puso un estetoscopio en el pecho y en otros lados y diagnosticó: ataque al corazón o hemorragia interna. Tenía dudas del diagnóstico, pero de que estaba muerto, estaba muerto. Lo pusieron en la camilla y, chao.
Los milicos no emitieron ningún gesto de compasión; quizás, estaban conformes con sus resultados o era lo más lógico que debía ocurrir a los que habían tomado un camino distinto a su razón, a su verdad, a la antipatria Unidad Popular.
Sentado solo, bien lejos de los dolidos por su muerto, aislado de ese dolor, con una coraza de fierro y acero, luchaba contra mis sentimientos, confundido en el espacio infinito, en la ultra galaxia, a la chucha del mundo, trataba de no ahogarme en mi confusa mente y me fui quedando dormido y dormí, dormí, dormí.
Tirado, como perro, en el suelo quedé al cambiar de posición al sentir mi culo y rodillas adoloridas, alguien me cubrió con una frazada; sólo desperté con el ruido que hacían los milicos anunciando el desayuno: café con leche y pan con chancho chino. Era el medio litro de leche que había prometido Allende, diluido en mil litros de agua, con una cucharadita de café, era café con leche, pero su sabor era aguachento y desabrido, casi amargo, igual lo tragué. El hambre se hacía sentir, la mala onda en esa habitación nos acompañaría hasta el fin del universo.
En esa cagá de camarín celda, no existía nada para distraer la mente, ni TV, ni radio, ni diarios, ni revistas, ni nada; ninguna güeá aceptable. Los presos inmersos en su pena, en su dolor, estaban mudos. Yo, aburrido, abrumado, sin saber qué hacen los presos, cuando están presos, porque nunca había estado preso.
Aburrido en esa cagá de habitación, pensando miles, millones de güeás; en un momento de lucidez, concluí que ojalá algún güeón de esos que se le ocurrió esta caga de misión, vinieran a buscarme, para saber si tenía alguna información, o que me sacaran de esta güeá, aunque sea pa´ puro güeviarme, así podría decir que los presos tenían un millón de bombas atómicas y misiles apuntados directo al general Pinochet y también tenían gas venenoso que, cuando lo tiraran sobre Chile, sólo iba a cagar a los de la derecha y a los milicos, porque a los de la U.P. no les iba a hacer efecto. Y también venía el ejército ruso a liberar a todos los presos y, de pasadita haría cagar a los milicos y al final, puras güeás; eso, puras güeás pensaba…Sólo la realidad del encierro, me abrumaba, me torturaba.
Nuevamente, sentado en el suelo, la conciencia marihuanera afloró: porque chucha no traje mis pitos, porque no traje mi yerba, ahora estaría bien volado, como piojo, volado, volado. Sabiendo que la verdad depura los sentidos, el alma, apacigua cualquier tormento, transforma el odio en pura paz, toda tu agresividad cambia derechito por el amor y paz. Pero no tenía ninguna güeá, ni un cigarro, los presos creo, que tampoco fumaban, ni pitos, ni cigarros, sólo tenían pena, dolor; eso era lo que consumían, lo que los consumía; llenando su mente y corazón del más puro y cristalino odio, odio a muerte.
Retirado de ellos, en un rincón, cabizbajo, taciturno, escuchaba sus lamentos, sus llantos, mezclados con murmullos de consuelo y dolor. Sentía hasta rabia y molestia al escucharlos, sentía pena y pesar al escucharlos, sentía como una risa trastornaba mi mente, y reía, reía, reía, ja, ja, ja, ja. Terminando mi risa en congoja que apretaba mi pecho, lo que brotó en una catarata de lágrimas, lloré desconsolado, lloré trastornado, reí trastornado, todo mi cuerpo tiritaba de frío, de nervios, de miedo, de impotencia, de güeón. Sí, así lo sentía,; parecía güeón descontrolado, lloraba y reía. Me obligué a calmarme: ¡Relájate! Tranquilo hippie, paz y amor, tranquilo, quiero morir de viejo, no como güeón loco, tranquilo. Debía calmar mis impulsos, pensando que la vida es así. Te dá de lo bueno, bueno; de lo malo, bien malo. Así tienes que aceptar la vida. La vida es para vivirla a fondo, algún día se acabará este momento, algún día seré civil, algún día, tendré el pelo largo como hippie, sólo que para alcanzar ese camino, tienes que seguir por el camino de la paciencia y la cordura.
Aterricé mi volada de descontrol; concluí que mi tarea era la misión de sapo, no alcanzaba para espía. Era un vulgar sapo milico; no tenía aspecto de James Bond, sapo, sapo milico, ja, ja,ja… No podía pensar algo serio, algo cuerdo, sólo podía pensar en puras güeás.
Concentré mi mente un una palabra, sólo pensaba y repetía: chao, chao, chao, dormí, dormí.
Desperté alarmado por los golpes y gritos que daban los presos en la puerta, al abrirse, unos milicos con voz de sentirse molestos, preguntaron:
· ¿Qué chucha pasa güeones?
· Por favor, señores militares, un preso está agonizando, llamen un médico, por favor. Hagan algo, va a morir. – Los milicos contestaron, que luego volvían y cerraron la reja. Al acercarme a los presos preocupados, ví que el hermano del que ya había muerto, seguía el mismo destino: estaba agonizando. Uno de los presos, le daba respiración de boca a boca; lo que hacía reaccionar al moribundo, fue casi milagro. Por fin volvieron los milicos, entraron, lo pusieron en la camilla y chao. Nunca más se
supo de su estado, si había muerto, resucitado, mejorado, alentado, sólo se lo llevaron y chao.
No sé cuando, ni la hora, cuando trajeron el rancho: sopa de algo, con mucho agua y escasos fideos; uno de los presos, tuvo la osadía de consultar por el enfermo; el milico contestó que él era cocinero, no era sepulturero, ni menos doctor, sólo soy un militar.
El pelao milico cocinero, delató sus sentimientos con el tono de su voz. Era seguro que a él también su servicio militar obligatorio, lo tenía atrapado en esta mala onda, para soportar esos nefastos momentos, había que repeler cualquier sentimiento de afecto.
Lo que dejó tranquila nuestra celda camarín, fue que cortaron el güeveo de sacar y entrar, cada media hora, a los presos.
Los presos, nuevamente conversaban. Paré la oreja, como era la misión, sólo debía escuchar y grabar en mi memoria los detalles de su charla. Todo lo que escuché, lo grabé en mi mente, en mi alma, en mi vida; sólo hablaban preocupados por su amada familia, la pena los invadía: entre sollozos nombraban a sus mujeres, hijos, madres, padres, hermanos, la incertidumbre carcomía su alma, desgarraba los sentidos de amor por su familia.
Esa inquietud se pegó en mi mente, también nació el recuerdo de mi familia: mi mamá, mi papá, mis hermanos, mi hermana, mi abuelita Ada. Cuando de ellos me acordaba, casi los veía, pero tenía la plena seguridad que a ellos no les pasaría nada con la onda milico. Mi mamá y mi taita, eran de la Democracia Cristiana, mis hermanos, el mayor trabajaba en el Banco y los otros estudiaban y güeviaban en una onda apolítica, sólo preocupados del amor y estudiar. Quizás, estarían preocupados por mí; seguro que estarían preocupados. Claro, con la onda de los milicos, más encima yo, en el servicio milico, por la chucha, ojalá que no se caguen mucho la onda. Estaba lleno de malos sentimientos; era igual que los presos. No sabía, ni tenía idea como estaban ellos, porque los milicos, allá en
Iquique, nos metieron en un avión, llegamos a Santiago y, chucha, acá estoy, todo cagao, asustado, torturado.
Siete días estuve preso, conviviendo las miserias y penas como preso político infiltrado. La libertad, llegó un día de noche. Sí, en la noche de madrugada, entre dormido, hediondo y casi trastornado, volví a mi otra realidad. Entraron a la celda los mismos oficiales que allí me dejaron, con unas patadas me obligaron a acompañarlos, amarrando mis brazos detrás de mi espalda, salí entre dormido y feliz.
Cuando había avanzado varios metros, un oficial reclamó:
· ¡Estái hediondo! — Luego ingresamos a una sala, había unos civiles y el capitán de mi compañía. Ordenaron sentarme, un jarro de café y un cigarro.
Uno de los civiles preguntó: Bueno soldado, cuenta lo que escuchaste.
A mi memoria, vino el cuento de las bombas atómicas y güeás, pero contuve ese güeveo. Contesté diciendo: En la celda eran seis presos, uno murió, quedaron cinco. Uno de ellos, comentó que era dirigente sindical de su trabajo, que lo habían interrogado al igual que los otros, preguntando por armas y explosivos, dijo que estaban locos los milicos, que ellos sólo eran trabajadores y pertenecían al sindicato, después, sólo hablaban de sus familias, nunca hablaron de armas o explosivos, sólo querían saber de sus familias.
· ¿Cuántos presos dijiste que habían cuando llegaste?
· Habían seis, y estaban todos machucados.
Uno de los civiles, dirigiéndose a los oficiales que me llevaron a la misión les preguntó: Oiga, oficial, la celda donde están los miristas tiene tres presos, ¿dónde chucha lo fueron a meter a este pelao?
Los oficiales se miraban sorprendidos, seguro, los güeones se equivocaron.
· ¡Vamos, acompáñenos! Usted oficial, llévelo a la celda.
Nuevamente, volví a mi celda, la abrieron, el civil con el oficial ingresaron. Al rato salió el civil enfurecido, loco de rabia, gritando chuchás a los oficiales.
Volvimos a la sala; el civil ordenó que para mí, había terminado la misión. –Luego, algo habló con mi capitán y chao.
Con el oficial y todas mis pilchas, arriba de un jeep. Le pregunté a mi capitán que pasaba, éste, casi riendo contestó:
· Esos güeones, te dejaron en otra celda; la cagaron. Fuiste a puro perder el tiempo. Ahora, te llevo a la Escuela de Telecomunicaciones. Ahí te bañas y descansas. La ropa de civil guárdala y usa tu uniforme
En la Escuela de Telecomunicaciones, ordenaron que debía permanecer a las órdenes de un oficial. Ahora, sólo debería descansar. ¡Al fin una cama! Antes fui derecho a las duchas con agua caliente y espejos. El maquillaje ya se notaba casi poco, y chao, dormí no sé cuanto. Cerca de las 18.00 hrs. ordenaron levantarme al rancho y la peluquería. Volví a ser pelao milico, con corte de pelo y uniforme. Ordenaron que a las 21.00 hrs. debería presentarme en la guardia, ahora saldría de escolta motorizado en las patrullas nocturnas.
Cerca de las 22.00 hrs., salía en un jeep, junto a otros milicos, cuatro incluido el conductor a cargo de la patrulla. Un sargento se conocía Santiago de memoria y le encantaba salir a patrullar o güeviar en jeep.
En el vehículo, patrullando por el Santiago lindo, parecía Santiago muerto, las calles muertas, ni un alma, ni un perro, ni calor, más frío que la cresta.
El sargento, después de patrullar, casi una hora, estacionó el jeep en un callejón casi oscuro, entre unos autos y árboles, paró el vehículo, de la guantera sacó una botella de grapa y salud. En son de güeveo, comentó:
· Este licor, no es para la patrulla, es para espantar el frío. ¡Ya, soldados! Un trago para cada uno.
· A su orden, mi sargento. – Contestamos felices. El copete espantó un poco el frío; después invitó a unos cigarros y otro trago, luego, apareció otra botella de grapa, la patrulla estaba casi mareada, y hablando de minas y cachas. El copete nos había calentado el hocico y otras cosas.
Ellos estaban sorprendidos de mi situación; no sabían que habían traído pelaos de otras regiones. El sargento, un poco acelerado por el copete ordenó:
· Ahora, vamos a una misión de bienvenida para este pelao de Iquique.
· Bien, mi sargento. –Celebraron los otros patrulleros.
El sargento puso en marcha el jeep y rápido enfiló a la misión. Después de varias cuadras, ingresamos a un subterráneo de un edificio, ordenó bajar, mientras se dirigía a un patrullero que bajara los regalos. El soldado, de entre los asientos, sacó una caja de zapatos. Luego, subimos una escala, el sargento golpeó la puerta, como si fuera una señal, de adentro una voz de mujer contestó pronunciando un nombre, a lo que respondió el sargento: ¡Afirmativo! – Y se abrió la puerta, ingresamos a un living-salón con bar incluido, más cuatro mujeres, no tan jóvenes, pero bien vestidas y con cara de dispuestas a pasarlo bien. Todos los patrullas por su acción, demostraron que no era la primera vez que ahí estaban. Cada uno saludó a cada mujer; fui presentado y el sargento ordenó que debería cumplir con mi deber con su amiga, luego abría la caja diciendo:
· Les traigo unos regalitos. – Sacando unos calzones y sostenes, los que tomaron las mujeres coquetas e insinuantes, ofreciéndonos unos tragos y música, agregando:-Los estábamos esperando. – El sargento ordenó dejar el armamento, casco, fornitura y parka en un lugar indicado. La mina, que me tocó, se insinuaba casi regalada. No era joven, ni vieja, tendría cuarenta años, de pelo negro como melena, una mini, botas y un suéter ajustado, lo que le daba un aspecto provocativo, casi vulgar para mi gusto, pero tenía una aceptable fisonomía. Luego, casi a media luz, bailando un lento, caché que todos los patrullas, se hacían tira, métele atraque, con tuti. La mujer que bailaba conmigo, colgada de mi cuello. No bailaba se restregaba, apretaba mi cuerpo con el suyo; ella con un vaso de cuba libre (rhon y coca cola), tomó un largo trago y acercó su boca a la mía y casi lo vació, quedando pegado con su lengua. Recorría mis dientes, labios, lengua, amígdalas y reaccioné. El hueso del amor despertó, como loco le corría mano. Nos corríamos manos: le agarré sus pechos, algo blandos, su culo, igual, casi blando pero grande. Ella tenía su mano pegada en mi hueso del amor; no sé como, los otros patrullas no estaban. Yo y ella solos en el living: ella abrió mi camisa, recorriendo con su lengua mi pecho hasta bajar a mi pene, se acomodó en un sillón, sentada y yo parado, todo parado feliz, feliz. Después, casi al tiro, ella se levantó pidiendo que nos desvistiéramos, quedé en pelotas, quedamos en pelotas. El físico de la mujer se anduvo desparramando; preferí cerrar los ojos y al sentir su cuerpo, quedé loco. Ella dirigía la maniobra, la posición, la introducción, la calentura y el placer. En sus lamentos de placer, gemía diciendo: Me encantan los pelaos. —Yo, mudo de gusto, seguía en la misión, casi no lo podía creer; lo estaba pasando super rico.
En pocas horas, la vida había cambiado, de la desgracia total, al goce total. Eso es la vida; ahora era yo, un hippie, haciendo el amor y la paz, concretado el amor en el más preciado vínculo humano: el sexo, que te transporta al mundo universal de la paz.
Esos momentos de placer sexual, reafirmaron mi conciencia hippie; esa era nuestra causa, esa era nuestra revolución. La revolución de las flores, que era el símbolo del amor a todo lo natural, como es el sexo, amor libre, haz el amor no la guerra. No creía en la revolución armada; el odio engendra más odio, el amor sólo engendra más amor. Quizás, los hombres que llevaron a nuestro país a una extrema violencia, no conocían el amor, no hacían el amor, el amor libre.
De todos esos felices pensamientos, salí, cuando el sargento detuvo el jeep pocas cuadras antes de volver a nuestro cuartel y ordenó:
· Soldados, no quiero saber de ningún comentario de nuestra misión. Al ingresar a la Escuela de Telecomunicaciones , yo voy a presentarme al oficial de guardia y le comunicaré que no tuvimos ninguna novedad en la patrulla, de ahí, limpian eljeep y a descansar. Los espero a las 21 hrs. bien bañados y listos para otra misión.
· A su orden, mi sargento. –Contestamos felices, todos los patrullas. Dicho y hecho, pasamos sin novedad por la guardia. Aseo al jeep, al rancho, desayuno: café con leche y pan con chancho chino y, chao a dormir, o tratar de dormir. Uno de los patrulleros, al lado de mi cama, con la cara llena de risa, preguntó:
· ¿Cómo estuvo la misión, compadre? – Yo, de igual manera, contesté:
· Descueve, la pasé super bien. La raja. ¡Oye! ¿Qué onda esas minas? Estoy como sorprendido, pero me gustó. – Él contestó:
· Esas minas son buena onda. No sé qué hacen; el sargento hace como tres días que nos lleva donde ellas, y el primer día, pasó lo mismo que ahora. Caíste preciso, el pelao que lo reemplazas se enfermó de amigdalitis; el güeón debe estar re picao, sólo quédate callaíto. No le contís a nadie, seguro que a la noche vamos a ir de nuevo. Así que descansa y come harto, para cargar municiones, ja, ja, ja, ja. –Terminó riendo de su comentario.
En la cama, mis pensamientos, casi deliciosos, como que agradecía al Allende y Pinochet; las circunstancias de lo acontecido, llenaban mi alma de gratitud. Estaba feliz, feliz de haber llegado a Santiago. Sí, ahora era Santiago sexo, Santiago amor, Santiago paz y amor; como que adoraba Santiago. Esta capital en tan corto tiempo, hizo que conociera un montón de sensaciones límites: el éxtasis de la vida y la muerte, la agonía de la opresión, la bestia salvaje que había en mí, los sentimientos humanos extremos, las dos caras de la moneda, la dicha y la desgracia, el amor carnal y el amor irracional.
Esa mujer, había devuelto todo lo oculto de mí; con su pasión calmó mi alma atormentada, quizás, ella también tenía su vida atormentada, tal vez con un gesto arrebatado de lujuria, calmaría sus tormentos; haciendo el amor, la vida renacía llena de esperanzas e ilusión. Este acto era una pausa para renovar fuerzas y así poder enfrentar el mar de violencia que imperaba en nuestro país, cuando los militares, por su convicción errada de amor a la patria, sólo transmitían odio a los que no comprendían su amor por la patria.
· ¡Despierta pelao! ¡Pelao a la guardia! –Abrí los ojos, era el patrullero diciendo que debía levantarme, hora del rancho; después a las 21.00 hrs. en la guardia, la patrulla del placer, listos a nuestra misión. Saludos con nuestro sargento, arriba del jeep, recorriendo las calles de Santiago lindo, hasta llegar al sitio de nuestra caleta bar, bien escondidos, salió el primer copete de grapa, cigarros y comentarios calientes de nuestras mujeres tan bondadosas con los patrullas, llegando a nombrar a nuestra patrulla los cacha viejas, ja, ja, ja, reíamos copeteados. Luego, salió otra botella de grapa, eufóricos y descontrolados continuamos con el güeveo de la patrulla cacha viejas. El sargento, en un momento de lucidez ordenó bajar el tono de voz, agregó:
· El último salud y a nuestra misión soldados, salud. –Y se empinó la botella. Junto con este acto, en la esquina del callejón, doblando en dirección a nosotros, dos jeep militares, deteniéndose al lado de nosotros, bajó un oficial seguido por todos los milicos de los dos vehículos. El oficial enfurecido, se presentó:
· Soy el mayor (No sé cuanto), están arrestados por abandonar la guardia y bebiendo en servicio. ¡Bajen del jeep y entreguen su armamento! –
¡Chucha! Medio bajón, cagó la onda. El sargento no salía de su espanto, no lo podíamos creer. Salió, como un rayo, la alegría y el copete. Los pelaos, nos tenían apuntados. Ordenó el mayor subir dos pelaos en un jeep, el sargento a otro, y el otro pelao en el que nosotros, supuestamente patrullábamos. El mayor ordenó al sargento que dijera, cuál era nuestra unidad o regimiento, y para allá nos llevaron, a la Escuela de Telecomunicaciones.
El camino fue interminable. Que bajón. Al llegar a nuestra unidad, se presentó el mayor al comandante de guardia, nos metieron a una sala, estábamos arrestados, incluido el sargento.
En la sala celda, toda la patrulla, mudos, no la queríamos creer. En un segundo pasamos de lo blanco a negro, de la gracia a la desgracia; el peor que se veía era el pobre sargento. Se lamentaba diciendo:
· Seguro, ahora me darán de baja, esta es la cuarta vez que me pillan con copete en la guardia. – El sargento se agarraba la cabeza a dos manos, su vida se transformó en pesadilla; nosotros, sintiendo compasión, no encontrábamos palabras para consolarlo. Yo, lo consolaba y también sentía mala onda de haber perdido esa noche de amor, sexo y güeveo. Creo, que todos los pelaos sentíamos eso, quizás, consolábamos al sargento, sólo por cumplir o para demostrar buenos modales, total, ya había cagado esa onda. A todo esto, sólo restaba esperar que pasara el tiempo. Eran las 03.30 hrs. de la madrugada, todos estábamos casi resignados y soñolientos, cabeceando de sueño.
· ¡Atención: soldados, sargento! — Con esa orden, despertamos asustados y sorprendidos, era el oficial de guardia, ordenaba que reaccionáramos y agregó:
· ¿Se les pasó la caña patrulleros del copete? Salen a puro chupar, y usted es el responsable, sargento. Supe que no es la primera vez que le ocurre esto. Usted es alcohólico, debe buscar un remedio a su enfermedad, o va a terminar botado en una esquina, solo y arrepentido por no saber controlar sus deseos. Ahora, todos recojan sus armas y se van a dormir. Aquí no ha pasado nada. Si preguntan que pasó, digan que el jeep quedó en panne y usted, sargento, no sale más de patrulla, sólo tendrá guardia en el cuartel. Buenas noches.
-¡Buenas noches, mi capitán! – Contestamos aliviados y conforme con la decisión del oficial.
Mientras nos dirigíamos al dormitorio, comentamos la buena onda del capitán, casi había salvado la vida del sargento. A nosotros, jamás nos habrían botado del ejército, seguro que, como castigo, a todos lo pelaos nos pegarían unas cuantas patadas en la raja y un montón de repetitivos reglamentos d disciplina militar, acompañados de un montón de güeás.
Casi dormido. Diana a las 6.00hrs.. El mismo oficial que dio la pasá a la patrulla cacha viejas, fue a levantarnos con órdenes de presentarnos a la formación de la guardia. Ese era el castigo: toda la patrulla, incluido el sargento de guardia en la Escuela de Telecomunicaciones, y pa´peor, en la primera guardia, fui derechito a la puerta principal; ese es el lugar más forme, tenís que rendir honores y saludar al güeón que entre o salga, más encima estaba con algo de sueño y caña mala, no me hacía reir ni Chaplín. Estaba con harto frío; tenía puras ganas de botar el casco y fusil y poder ir adonde las minas del departamento o ir al hospital El Salvador a visitar y revolcarme con esa enfermera en práctica. A mi memoria llegaron sus recuerdos, cuando le había chupado hasta la sombra, sus tetas, su culo, su todo, era tan rica. Pero cagué, ya la había perdido, nunca supe donde vivía, ni como ubicarla, estaba agradecido desde el fondo de mi corazón. Creo que la amaba, pero también, agradecía a la mina del departamento por haberme hecho feliz; sentía que amaba a todas las santiaguinas. Nunca había tirado con una de la capital, sabía que eran buena onda y, en el fondo, unas buenas hippies: hacían el amor, y practicaban el amor libre como verdaderas hippies.
Mientras en mi puesto de guardia, ya calmado y resignado, entretuve la vista mirando a las lolas, y no tan lolas que pasaban por la puerta de la Escuela de Telecomunicaciones, y descubrí que, en realidad, no estaba tan mal ahí la guardia. Una tras otra pasaban las lolas. Casi las empelotaba con mi cara de caliente; las que pasaban cerca de mí y miraban a este soldado, con la cara de lacho, devolvía su mirada cerrándoles un ojo. Algunas, quedaban como sorprendidas y otras, seguían indiferentes, pero después de avanzar unos pasos, murmuraban entre ellas y se reían por mi desfachatez o lo ridículo que parecía güeviando a las lolas, pero yo estaba casi feliz, llegando al extremo de tirarles piropos, care´palo, como diciendo: ¡Qué buena salud, lolita! , ¡Adios, corazón de botella, te invito al cine y te dejo afuera! ¡Adios, corazón de sandía, te amaría toda la vida! . Estaba feliz, lola que pasaba, la güeviaba o tiraba besos o piropos; la güeá era entretenerse y no aburrirse. Así estuve güeviando hasta que cagaron la onda tres lolitas re mala onda, ero yo primero la cagué, porque les dije un piropo medio fome: tres señoritas, tres corazones, la que vá al medio va sin … no alcancé a terminar y justo la que iba al medio, se dio vuelta enfurecida con la cara roja de vergüenza o enojada diciendo:
· ¡Más respeto, señor! ¡Qué se cree usted, ordinario! -Después, junto con sus amigas ingresaron al cuartel, apareció el oficial de guardia, donde las lolas se desparramaron hablando contra el soldado de guardia de la puerta: Que era un atrevido, sin respeto, ordinario y un montón de güeás , y chao. – No sabía donde meterme; trágame tierra. Estaba rojo de vergüenza y picao. Las lolas salieron furiosas y satisfechas; detrás, el oficial de guardia, se paró frente a mí preguntando:
· ¿Soldado, escuchó lo que de usted dijeron esas señoritas? ¡Qué se imagina! ¿Qué se cree?, ¿O se olvidó que un guardia no puede hablar, menos piropear a las señoritas? ¡Está loco, o no sé que chucha! ¿Es verdad o mentira lo que dijeron esas mujeres?
Al oficial, lo miré con una expresión de indiferencia total, puse mi cara de güeón, haciéndome el güeón y dije:
· Yo nunca dije nada a esas civiles, mi capitán. – El oficial al escuchar esa respuesta, casi se trastornó; reaccionó incrédulo y otra vez preguntó:
· ¿Qué está diciendo soldado? ¡Parece que escuché mal! — Contesté:
-Nunca le dije nada a esas lolas, mi capitán. – Y eché un paso atrás, sacando el seguro del fusil, junto con poner el dedo en el gatillo, demostrando al oficial, que su güeá militar, me tenía sin cuidado y estaba dispuesto a cualquier güeá. Cara de raja, dándole a entender que no le temía, y que no siguiera güeviando o quedaba la cagá.
El oficial al ver mi reacción al límite de la cordura, llevó su mano a la cartuchera; también demostraba que mi actitud no lo amilanaba y tampoco sentía miedo de mi reacción. Los dos, en el límite de la sin razón, de la locura, de la muerte. Para sellar ese momento sonreí burlonamente, sin desprecio, sin asco, sin temor, mirándolo cara a cara. El oficial, en un acto de cordura, entre dientes, habló:
· Pelao patúo… — Dio la vuelta y chao. – Al ver que se retiraba, de mí salió una risotada burlesca, irónica, indiferente a su güeá militar obligada, en la que sentía, para nada ser parte de mi vida, de mi razón, de mi verdad.
Nuevamente, solo en mi puesto, tranquilo de la mala onda, pensaba en las lolas; que mala onda, como no podían comprender en la situación que yo estaba. Para mí era un juego, un simple juego, casi inofensivo. Sólo las quería adular, pero si son tan ricas, era imposible verlas pasar y no decirles nada. Creo que hasta al más güeón, no le serían indiferentes. Las lolas se ven ricas, se visten para verse ricas, salen a la calle porque ellas se sienten ricas, y por eso, por ricas, tienen que aguantar el güeveo. No podía entender a esas lolas. Bueno, creo que a las mujeres, en general, no hay que entenderlas, sólo hay que quererlas, desearlas y amarlas.
Llegué a esa conclusión de ese mal momento, cuando apareció el sargento alcohólico, junto a un guardia, ordenando el relevo. Cuando nos dirigíamos a la sala de guardia, el sargento ordenó que le entregara el fusil y dirigirme al oficial de guardia, agregando:
· ¿Qué pasó, soldado? El capitán está furioso, quiere puro matarte, güeón. ¿Qué hiciste?
-Entonces, mi sargento, no le voy a entregar mi fusil. – El amenazó con su pistola, por una explicación que no creyó; esta güeá no me interesa. Yo estoy obligado en el servicio militar. A los pelaos, nos tienen pal´güeveo, si quiere mala onda, yo también soy mala onda. En ese momento, ya estaba trastornado; el sargento se detuvo, mientras yo avanzaba con la cara de loco. Éste veía asombrado, la actitud demencial que demostraba, cuando desde la puerta de la sala de guardia, se escuchó la voz del capitán ordenando:
· ¡Sargento déjelo! … ¡Soldado, venga a la guardia.
· A su orden, mi capitán. –Contesté satisfecho y caminé decidido donde el oficial.
Ingresé y parado frente al escritorio, donde ya estaba el capitán, ordenó:
· ¡Soldado, descanse y siéntese!
· A su orden, mi capitán.
El oficial, en su sillón, se veía tranquilo, sacó cigarros y ofreció uno; los dos fumamos, tranquilos, relajados, quizás creando un clima de calma y serenidad, luego ingresó un soldado con un termo, sacó dos jarros, sirvió café: uno para el oficial y otro para mí. Cigarro y café, lo ideal para charlar. Yo, con una actitud de que nunca había pasado nada: el oficial igual, indiferente a mi onda rebelde. Sólo notaba el clima que imperaba, los dos sentíamos que estábamos a años luz de distancia; los dos sabíamos la mala onda que nos unía, como el clavo al óxido; los dos teníamos derechos a ser distintos, los dos somos militares: él era militar profesional, por vocación; yo, era militar por obligación y sin vocación.
El oficial rompió el silencio y preguntó:- Soldado, usted no es de esta escuela, ¿A qué unidad pertenece? ¿Cómo llegó a este cuartel?.
· Mi capitán, yo soy del regimiento de infantería motorizado N°5 Carampange, de la VI división del Ejército de Iquique, a nuestra unidad la transportaron en avión a Santiago el día del golpe militar. –El oficial, sorprendido, contestó:
-¿De Iquique los trajeron? No sabía que habían que trajeron soldados de otras regiones. Quiero que contestes con franqueza, con la verdad, ¿Por qué tu actitud? Está al borde de lo anormal. Usted reaccionó descontrolado, cuando le pedí explicación por la situación con esas lolas. ¿Qué puede decir?. Trate de convencerme, Haber, si puedo comprender.
Mi capitán, es verdad que a esas lolas, les dije un piropo, en realidad, no aguanté las ganas de molestarlas; las santiaguinas son super bonitas, creo que usted también las encontró bonitas, cualquiera en la calle, las va a molestar. Son bonitas y ricas, super ricas. ¿O no, mi capitán?. El oficial levantó sus cejas y sonrió aceptando y admitiendo que las lolas, si eran super ricas y contestó:
· Bien, continúe explicando.
· Usted sabe a lo que me refiero, mi capitán. Su actitud desafiante por no tratar de comprender mi onda. Yo pensé, que usted me diría que no molestar a los civiles, mientras estaba de guardia, en buena onda, pero usted, se sintió ofendido, como si se tratara de algo personal o, tal vez, ella era su polola o algo parecido o no sé que cosa; la verdad, la más pura verdad, ¿sabe capitán? , estoy trastornado acá en Santiago. En esta capital pasé lo que nunca jamás en mi vida imaginé. Yo antes del servicio militar obligatorio, era un estudiante y un hippie lleno de amor por la paz. Yo creía en la revolución de las flores, creía en el amor por la vida, por la naturaleza. Hacía el amor, no la guerra; sólo creía que el amor engendra más amor; creía en el amor libre, pero en la onda del golpe militar y todo lo que pasa en este país: la violencia, odio, muerte y divididos por diferencias políticas, lo cual yo no lo comparto, me tiene trastornado. Aislado de mi familia, sin saber como están; ellos tampoco saben en qué situación estoy yo. Eso me descontrola; la incertidumbre de estar donde no quiero estar, sintiéndome obligado, sintiéndome usado por los militares, para compartir sus injusticias, sintiéndome en un hoyo profundo, sin poder salir de ahí y pensando , a veces, que la muerte es el único camino para salir de este infierno en que se transformó mi servicio militar obligatorio.
Al terminar mis razones, sentí descansar mi alma; mi desahogo, fue acompañado por lágrimas, que brotaban de mi gran pena, de mi vida torturada, de esta vida atormentada. Con el llanto, encontraba mi razón de hippie, y las lágrimas, por un momento opacaban la realidad que mi vida enfrentaba.
El capitán se paró, sirvió otro café y otro cigarro, diciendo:
· Desahógate, llora tu pena. Voy a dejarte un rato solo. Espera ahí. – Cuando salió el oficial, sentí un gran alivio, un super alivio; controlando mis impulsos, pensé que parecía güeón llorando. Lloraba como güeón. ¿Seré güeón?, pensaba; soy güeón o parezco güeón, y mi llanto se transformó en risa: ja, ja, ja. Trataba de no reir tan fuerte, tapando mi boca. Reía casi loco, reía, ja, ja, ja, ja, . Luego, chao. La risa y la pena, chao.
Quedé en trance, quedé pegado, quedé volado, quedé anulado, sin sentir nada bueno, sin sentir nada malo. En el sillón, bien relajado, mi cabeza, mi cuerpo, estaban cómodos: mirando el techo, cerré los ojos, como diciendo chao milicos culiaos. Y…
· ¡Soldado despierte! –Sentía entre mis sueños– ¡Despierte soldado! – Abrí los ojos, era el capitán diciendo:
· ¡Despierte soldado! ¡Mire! ¿Qué le pasó? ¿Cómo está todo mojado? — ¡Chucha!, dormido, en el sillón, no sé cuánto rato y para peor, todo mojado. Mientras dormía, me había orinado. ¡Qué lata! ¡Qué vergüenza! Desde cabro chico, siempre tenía esa mala onda, me meaba en la cama; mis hermanos me decían meón. Cuando iba de visita a otra casa, me meaba; incluso, en el regimiento, también varias veces, amanecía meado, pero nunca me pillaron. Ahora sí que la había cagao.-¡Disculpe, mi capitán! Me quedé dormido, no sé como pasó. Eso era lo último que
podía pasar. –El oficial extrañado, ordenó que me fuera a cambiar de uniforme y volviera a la guardia. Por suerte, el sillón era de tevinil o cuerina. Al pararme, le dije al oficial que traería un trapo para limpiar. Salí de la sala de guardia. Afuera estaban los otros pelaos guardia. Pasé, como haciéndome el güeón, estaba mojado hasta las rodillas, la espalda y el pecho. Cuando avancé varios metros, escuché las risas de los pelaos y uno gritó:
¡Meón!— y rieron: ja,ja,ja. Felices se reían, los güeones, de mi desgracia, quise contestarles alguna güeá, pero seguí caminando y riéndome de mí.
Fui a las duchas, bañado y cambiado de uniforme, La parka todavía mojada, no la podía usar. Fui donde otros pelaos y conté la verdad, que me había meado sentado cuando dormía. Uno de ellos, entre risas y güeveo, pasó su parka y volví a la guardia presentándome al oficial, diciendo que traía una toalla para limpiar el sillón. El capitán, sin ningún comentario burlesco, dejó que aseara el mueble. Luego, llamó al sargento, ordenó llevarme a otro puesto de guardia; mientras caminaba con el sargento, éste comentó, que había sapeado un civil a la patrulla, diciendo que todas las noches tomábamos copete y güeviábamos en ese lugar, y ella no podía dormir con nuestro escándalo. La vieja sapa, cagó toda la onda.
Cuando llegamos al puesto de guardia, por suerte, ahí debían estar dos pelaos. El guardia, era un patrulla de los cacha vieja, y buena onda. Al tiro entablamos unos comentarios y güeveo de las viejas ricas y calientes.
Lo mejor fue, cuando el pelao, dijo que tenía el teléfono de su mina, él ya la había llamado y, cuando saliera franco, después de la guardia, diría a verla, porque la mina quería verlo. El güeón estaba feliz, dijo que después de guardia, los autorizaban a salir franco, y como el oficial, que sabía la cagá de la patrulla, ese día no estaba, saldría franco care´palo. Yo, casi picao, por la onda y panorama tuve la ocurrencia de pedirle si podría llamar a la mina de nuevo y decirle si podría ir yo.
-Claro, compadre, cuando vamos a descansar la llamamos, si dice que bueno, vamos los dos, pero ¿tenís ropa de paisano (de civil)?
· Si, tengo. Tengo la media pinta.
Apenas llegó el relevo, salimos rajao a llamar por teléfono y buena onda, las minas vivían y trabajaban juntas y nos esperaban a las 18 hrs. en su departamento. El brillo estaba listo. Luego, fui al dormitorio, saqué la ropa de civil, conseguí detergente; en la Escuela de Telecomunicaciones, habían unos buenos lavarropa y listo, colgada esperando su debut. Volví a la guardia, pero tenía una inquietud, pensaba, quizás, no autorizan mi salida, o no nos dejan salir. Llegué a pensar, por último, me arranco. Esta movida no la perdía por nada, igual fui donde el pelao, y le hice saber mi mala onda, y éste contestó:
· No te preocupís, si dicen algo, yo digo que vái mi casa. Lo más importante, hay que salir bien limpio: ropa impecable, bien afeitados y perfumados. — Contesté:
· Yo tengo kabuki; ese perfume las mata a las minas, también tengo un billete guardado, cuando salgamos, después de almuerzo, nos vamos derechito donde las minas, vamos caminando, en unas horas hemos llegado. Yo conozco Santiago al revés y al derecho. ¿Sabís, te cuento? Yo tengo unos pitos. ¿Vos pitái?
· ¡No! ¿En serio? ¿Cómo conseguiste yerba? Ahora, con el golpe militar, la yerba está super escasa. Cuenta ese milagro.
· Resulta que como dos semanas atrás, cuando estaba con mi unidad acá en la Escuela de Telecomunicaciones, nos llevaron a registrar y buscar a un tal Tohá, y debíamos entrar a las casas a registrar, si ubicábamos a ese güeón, en una de esas, llegué un casa que parecía palacio, cuando entré, había una fiesta de puros lolos. La casa estaba pasada a yerba. Les pedí care´palo que convidaran yerbas, me dieron la media caleta, hasta papelillos regalaron los lolos, super buena onda, y de ahí que tengo mi caleta.
-Qué buena onda, tiremos un pito ahora, estoy verde por un pitito. ¿Querís? O si no, le digo al sargento que nos ponga junto en la otra guardia, nos toca al fondo, en una garita que dá a la Escuela de Carabineros, ahí, vamos a estar piola.
· ¡Ya, espera! Voy al dormitorio a traer unos pitos. –Cuando volví, habían traído el rancho: cazuela de vacuno, porotos con rienda y un jarro de café. Más encima, el pelao confirmó que iríamos juntos de guardia, donde yo sabía. En tres tiempos, en la garita de guardia, con vista a la Escuela de Carabineros, sin voz de mando saqué mi caleta, el pelao celebró mi yerba diciendo:
· Son cogollitos, compadre. Te pasaste. Déjame hacer uno, por favor.
· Claro, compadre. Tiremos uno primero. – El pelao, lió el medio pito, parecía toffee, caramelo, el requete pito. En la garita, sólo asoma la cabeza de uno hacia fuera, sobre nosotros un techo. Era como una chimenea, parecía que el güeón que la diseñó, era volao; el humito salí hacia arriba, mezclándose con la brisa primaveral, perdiéndose en la arboleda. Era ideal para pitiar, camuflados en el follaje, mimetizados de la realidad, volamos, volamos, fumamos, volamos.
En una de esas, el pelao consultó:
· Compadre, ¿qué te pasó? Saliste todo mojado de la sala de guardia de mi capitán. ¿Se te dio vuelta el agua, o te measte? ¿Qué onda?
· Lo que pasó fue que el capitán salió y yo quedé solo, y me dio sueño y desperté todo meao. Me meé.
· ¡No güevís! ¿Te measte? ja, ja,ja ¿En serio? ¿Te measte sentado? Ja, ja. — Teníamos ataque de risa. El pelao, mirando incrédulo, aguantaba la risa y repetía: meón. Ja, ja, ja. Después de un largo rato, ya calmados de mi gracia, éste comentó que tenía un hermano menor, que también era meón, donde iban de visita o paseo, el güeón se meaba, y le decían meón. – Yo contesté:
· A mí me pasó lo mismo, también mis hermanos, me dicen meón. — Y otra vez cagaos de la risa.
Después quedamos pegados, pa´dentro, volados, mudos, distraídos con los cadetes de la Escuela de Carabineros, que practicaban giros y órdenes de formación. Se veían super jóvenes, lolos, pericos chicos con vocación y gusto en lo que habían encaminado su futuro.
· ¿Compadre, te gusta la onda uniformada?
· Sí, voy a seguir la carrera militar; igual que mi abuelo y mi papá. A usted, compadre iquiqueño, parece que no pasa na´con los milicos.
· Por supuesto, no estoy en esta onda. Para ser uniformado tenís que tener un carácter fuerte y, en realidad, hay que nacer con esa vocación. Yo, hasta ahora, sólo quiero virar del servicio milico, tengo vocación de hippie, amor y paz; hago el amor, no la guerra. Pero igual respeto en el fondo, bien al fondo a los uniformados; en este mundo, en cualquier momento hay una guerra, como acá en Chile, quedó la cagá, nadie se imaginó en la mala onda que estamos metidos. Bueno, chao, estoy poniéndome grave, mejor te voy a preguntar una cosa: ¿Y que pasa con el toque de queda? Vamos a tener que dormir donde las minas o no sé que onda.
· No te preocupís, güeón, las minas dijeron que estuviéramos en su casa a las 18 hrs. justo cuando empieza el toque de queda; está diciendo que la invitación es con cama. A nosotros nos dan salida de franco de las 14 hrs. hasta las 18 hrs., pero del departamento llamo a la guardia, que no alcancé a llegar y meto cualquier chiva (mentira) y llegamos al otro día a la Escuela de Telecomunicaciones. Ellos sabrán que hacen, si nos castigan, igual lo tomado y bailao no lo vá a quitar nadie. ¿Vamos o no? ¿Te arriesgas?
· ¡Chucha! Está media pelúa la cosa, pero igual, vamos. A lo hecho pecho, compadre.
Así pasaron las 24 hrs. de guardia en la Escuela de Telecomunicaciones, lo imborrable, el frío de la noche fue lo único que espantó mi sueño. El frío capitalino, al fin el relevo a las 08.00 hrs., a dormir y chao.
12.00 hrs., levantarse, ducharse, la pinta de civil, al rancho, ansiosos por la salida de franco en la capital. Después del rancho, cepillado los dientes, colonia kabuki (con kabuki todo puede ser, como decía la propaganda), formados frente a la guardia, casi listo para salir,y, sin pedirlo, por casualidad o no sé porqué, apareció el oficial que recibió las quejas de la patrulla cacha viejas. Los tres pelaos que allí estábamos, sabíamos que había cagado la salida. El oficial se acercó a cada uno de nosotros y ordenó:
· Usted, usted y usted, están castigados; para qué voy a dar explicaciones. ¡Media vuelta mar! ¡Cámbiese la ropa! y quiero verlos con uniformes, mientras el resto de los pelaos un giro a la izquierda. ¡Francos mar! — Chao, a pasear, nosotros un giro a la derecha, pa´dentro, con medio cuello, super picaos. Mientras caminábamos al dormitorio, nos cruzamos con el oficial saliente de guardia, el que se había molestado con la onda de las loa. Éste preguntó:
· ¿Qué les pasó, soldados, no salieron franco? — Uno de los patrulleros contestó que el oficial no tenía castigado y nosotros sabíamos, pero nos estábamos haciendo los lesos. Cuando terminaba de dar la explicación, llegó el oficial castigador, los dos se alejaron de nosotros, ordenando esperarlos. Al rato, llegó el oficial castigador y preguntó:
· ¿Cuál es el soldado de Iquique?
· Yo, mi capitán.
· ¿Usted, conoce Santiago?
· No, mi capitán, me invitaron los de la patrulla. –El oficial contestó:
· Soldados, gracias al iquiqueño, los autorizo a salir. ¡Pueden salir francos mar!
· Gracias, mi capitán. –Contestamos felices y media vuelta mar. Francos mar.
Otro aire respiraba, otra vida conocía, otra sensación recibía; otra onda era de civil en la capital. Después de unas cuadras, nos pusimos de acuerdo con los pelaos de nuestro plan, y chao. Cada uno para su lado.
Mientras caminábamos, el pelao preguntó: ¿Trajiste la yerba?
– Sí, traje dos pitos. Dos pitos nada más.—Contestó molesto:
– Sí, traje dos pitos… yo voy a cachar, un poco a volar; prefiero cachar. Ja, ja, ja. – Terminamos riéndonos.
Caminamos, anduvimos, mirarmos, caminamos, seguimos caminando, feliz, güeviando a las lolas. Yo, que me creía rico, más güeviaba. La pinta que tenía, la ropa perfecta, el pelo disimulado con mi gorro de lana. Más que me quebraba. El pelao preguntó, si había traído de Iquique esa media pinta.
-¿Te cuento? Esta ropa me la dieron los milicos, pa´ una güeá re´penca. Es verdad. Ahora, somos paisanos. Chao, con los milicos. – Caminamos y requete caminamos, segundos, minutos, horas, dos horas, tres horas y seguíamos caminando. Entre unos edificios, de lejos, se divisaba el Estadio Nacional, y como que habíamos salido del Santiago lindo, caminando por Santiago más o menos entre bromas comenté:
-Oye, compadre, ¿me llevái de vuelta al estadio? ¡No! Porque que pasa ahí, ahí está mi regimiento.
– No te preocupes, si no me equivoco, esta cuadra que viene a la vuelta, llegamos al nido de amor. Ja, ja, ja.
-Oye, compadre, cuando estemos con las minas, vos preguntái qué onda con el toque de queda, como haciéndote el preocupado. Que los vamos, que si, que no, haber que dicen las minas. Hecho.
-Hecho, compadre, vos me alumbrái con una seña. Ya sé, te rascas los cocos, pero bien cuático, ja, ja, ja.
Al doblar en la esquina, en la entrada de un viejo edificio, se veían dos mujeres en la puerta, colocando una llave en la cerradura con unas bolsas. Mi compañero afirmó:
– Son ellas, compadre, llegamos justo. Apúrate. – Mi compadre agitó las manos, las mujeres nos quedaron mirando, algo dudosas, pero al llegar junto a ellas, nos reconocimos
-¡Hola, cómo están! Llegamos.
-¡Hola, chiquillos! No los habíamos reconocido con esa ropa, se ven estupendos.
Ambos nos acercamos a saludarlas con un beso. Mi morena, derechito saludó con un beso en la boca y agregó:
-Te ves un lolito; que rico, mi amor. Vamos, pasen. – Subimos a un segundo piso abrazados., felices, deseosos.
Ingresamos al departamento, era muy acogedor: bien cuidado y prolijo. Pidieron que descansáramos, mientras ellas preparaban el té y prendieron la t.v., apareció en la imagen “Música Libre”, bailando las lolas ricas de ese programa. Después de varios temas, tocaron y salió imitando la Lola que me volvía loco “La pequeña langosta”: salta, salta, salta, pequeña langosta. Mijita rica, esa Lola, la amaba, la deseaba, le comenté a mi compadre, que una vez me había masturbado por esa Lola, me tenía loco, no sé que chucha, pero me encanta, güeón. Terminó el tema, terminó “Música Libre”, a tomar once chiquillos, invitaron las no tan chiquillas.
Los cuatro en la mesa, una taza de café, y como cecina: chancho chino. Increíble, cuando lo miré, no pude contener la risa; las mujeres algo molestas por mi indiscreción, preguntaron el motivo de mi risa, y les expliqué, que desde que había llegado a Santiago, había comido chancho chino, pero no te molestes, me gusta. Perdona, pero en el regimiento tienen camionadas de chancho chino, disculpa. – Mi compadre, ayudando dijo:
-Es verdad, todos los días nos dan chancho chino, pero igual, me gusta. No es mala onda.
-Bueno chiquillos, si quieren les preparo huevos; en el comercio no hay otra cecina al alcance de mi bolsillo.
– No te preocupes, por favor. ..¡Ya! Sírvete chancho chino.
-Claro. – De inmediato preparamos unos sándwiches y chao.—Cuando comíamos y tomábamos café, mi compañero preguntó:
-Oye nortino,¿en tu tierra las palmeras tienen coco? – Al escuchar su güeona pregunta, que caché que era la señal para mi inquietud sobre el toque de queda? Otra vez solté la risotada, igual que mi compañero. Yo lo miraba y le preguntaba ¿Cocos? Ja, ja, ja. – Las mujeres, otra vez confundidas, preguntaron:
-.Ya po´chiquillos, cuenten el chiste, o si no, nos vamos a enojar. Parecen cabros chicos. Fue peor, más nos reíamos; no podíamos contener la risa güeona. Las mujeres haciendo una mueca de desagrado se pararon de la mesa y se fueron a sentar al living, casi choreadas, se miraban entre ellas, y parecía como que estaban arrepentidas de haber invitado a estos güeones tan cabros chicos. Yo, en un descanso de la risa, le dije a mi compañero con una mueca y agregué: se enojaron las feas. Ja, ja, ja, ja. Más risa, ataque de risa.
Una de ellas, habló fuerte y claro: ¡oye, corten el güeveo! – Se escuchó su tono de voz, casi furioso; lo que hizo ponernos serios, como molestos. Yo, parándome, frente a las dos mujeres, les dije:
-¿Sabes lo que pasa? Te voy a contar la firme: cuando veníamos donde ustedes, mi compañero dijo que yo preguntara, como haciéndome el güeón, qué pasaba con la onda del toque de queda, si nos íbamos o nos quedábamos. Yo le contesté, que él hiciera una señal, cuando quisiera que yo preguntara sobre el toque de queda. El preguntó cuál iba a ser la señal y yo le propuse que se rascara los cocos. — Ja, ja, ja, ja. Quedó la cagá. Nosotros, ellas, ja, ja, ja. Se transformó en puro güeveo. En una de esas, la mujer de mi compadre, le dijo: Mijito, rásquese los cocos. Ja, ja, ja.
Después de un alto de la risa, yo pregunté:
-Oye, compadre, ¿Qué pasa con el toque de queda? – Mi amada respondió toda coqueta:
-Según, como se porten ustedes. Mijito se va a portar bien. ¿Sí, mi amor? – Y yo me tiré encima y chao. Abrazos, besos, caricias por arriba, por abajo, un alto y copete, música y más de todo; y saqué mis pitos, uno pa´mí y otro pa´ él.
Ellas, al principio, como que no les gustó esa onda voladora. Una dijo que le habían contado que una amiga había fumado con su marido y se había entregado feliz y fue feliz, y la hicieron feliz. Y por eso, ella lo iba a probar, y le dijo a mi pareja:
-Anda, fuma y lancémonos a la vida. Cada pareja con su pito.
Al rato, todos volados, cagaos de la risa. Yo le dije, a mi compañero: ¡Hey! Ráscate los cocos. Ja, ja, ja, ja. Reíamos como locos, volados, cocos volados, reíamos del amor, bailando unos lentos, super apretados, enamorados. Así enamorados, llegó a mis recuerdos la enfermera colorina; cerraba los ojos y tocaba a la que tenía, no eran iguales, a la colorina la amaba, a esta mujer sólo la acompañaba en la volada, la llegué a encontrar fea, negra, chica, guatona, patas cortas, mechas tiesas y poto hediondo. Mientras ella, totalmente volada, me acariciaba, casi me amaba, tomaba mi cabeza obligándome a que la besara. La alejé y le dije: voy al baño, espera y prepara un copete. En el baño, mojé mi cara, cara de güeón, mi cara volada; mirándome al espejo dije: la colorina ya fue, ya no está nunca más, chao, colorina amada. Volví donde mi negra, ella esperaba con un copete al seco lo tragué, un segundo y me transformé, miré con arto cuidado a la negra, y casi con burla le dije: Te voy hacer tira. Nos abrazamos, sobajeamos, restregamos, y como manso corderito, ella me llevó a su nidito: un dormitorio exquisito, cama de dos plazas, a media luz y música. En pelotas yo, desnuda ella, le dí todo lo que tenía; ella recibió todo lo que quería. Yo eyaculé cerca de seis veces, estaba como siempre. Sólo esa situación enmarcaba mi felicidad de amar: sexo, amor, marihuana, licor. Que más podía pedir a mi servicio militar obligatorio. Me había dado a conocer la agonía de vida y la muerte; me había dado los placeres mundanos de la vida. Que contradicción de vida; así es la vida, para vivirla y punto.
Amaneció en Santiago. Sonó un despertador; las 07.00 hrs. Mi pareja dijo:
-Mi amor, estuvo precioso todo, pero ahora llegó el deber. Primero está el deber, depués el placer: tengo que ir a mi trabajo.
-¡Está bien! Nosotros haremos lo mismo. – Los cuatro bañados y desayunados con café y chancho chino, donde igual bromeamos y ellas ofrecieron que las llamáramos, para ponernos de acuerdo el fin de semana o cuando ustedes puedan, chiquillos. En la calle, besos y despedidas. Ellas en una micro para allá y nosotros en una, para acá.
Llegando cerca de la Escuela de Telecomunicaciones, y , en el camino, comentando lo bien que lo pasamos, felices, radiantes, hasta que llegamos a la entrada de la guardia, donde nos recibió de malas ganas el oficial, pidiendo explicaciones, que nunca creyó y dijo que no saldríamos franco durante un mes y chao. Nos ordenó pasar para adentro, y de pasadita, sacarnos la ropa de civil y que debíamos presentarnos en la guardia con uniforme y armamento.
-A su orden, mi capitán. – Salimos rajados a cumplir la orden, volviendo a la guardia, cuando veo ingresar un jeep con el capitán de mi compañía y otro soldado. Se presentó con el oficial de guardia, unos saludos y luego se dirigió a mí ordenando que trajera mis pilchitas, que volvía al estadio y apúrese soldado.
– A su orden, mi capitán. – Rápido fui y volví con mi pilchas, arriba del jeep y chao Escuela de Telecomunicaciones.
Cruzando Santiago, feliz; por esa noche feliz; sentía mi alma feliz, con el frío deslicé mi mano en el bolsillo de la parka, sentí un papel. Sí, era un poco de marihuana; la guardaría para otra ocasión. En el largo trayecto, cabeceaba. Esa noche no había dormido nada; la negra no me había dejado dormir. Esa noche no había sido noche para dormir. Esa noche había sido el día que más viví.
Llegamos al estadio. Grande fue mi sorpresa: Habían tres micros llenas de pelaos, y eran de mi compañía. El capitán detuvo el jeep, y ordenó:
– Sube de inmediato a esa micro.
-A su orden, mi capitán. – Una vez arriba, saludos con mis compadres de mi regimiento. Uno preguntó: ¿Y vos, güeón, dónde estábai?
-Yo estaba cachando santiaguinas, güeón. Son las más ricas, las amo. Santiaguinas ricas ja,ja,ja. …Oye, ¿Adónde vamos? — Pregunté.
-No sé. De repente llegaron estas micros, con otros pelaos, bajaron con sus güeás y ordenaron, a nosotros, que debíamos subir y acá estamos po´güeón.
Al rato, todas las micros en movimiento, dejamos atrás el Estadio Nacional, las calles se veían llenas de gente, el sol radiante, y chao. Dormí, dormí todo lo que no había dormido esa noche. A veces, sentía que el pelao de al lado me empujaba la cabeza diciendo:
-¡Enderézate güeón! Despierta, güeón! Mira las lolas. Chao, nada, sólo sueño.
-¡Bajen y formen una sola fila! — Desperté. ¡Chucha! Un aeropuerto y de fondo un avión de la Fach; nuestra micro era la última. Mientras bajábamos, veía como el primer pelao de la fila ingresaba al avión. ¡Qué bajón! Pa´ donde iremos a güeviar, ahora. También caché que a cada pelao, antes de subir la escala, le entregaban un paquete, y luego se lo metían al bolsillo. Esperando mi turno, casi al último, ¡la yerba! , voy a volar volado. Nunca había volado en avión volado. ¿Qué puedo hacer con tanto milico? Ni cagando fumar un pito; y seguí avanzando la fila. En eso pasa mi capitán y rápido le hablé:
-Mi capitán, por favor, déjeme ir a las casitas. – El oficial, mirando contestó.
-Vos, no fallái. A las casitas, güeón pelotudo, al baño o al servicio. Anda y te ponis al final y rápido.
-Gracias, mi capitán. – Salí más que rápido. Corrí como cien metros, detrás de un hangar: papelillo, marihuana, pito listo. Fuego, humo. Que rico, un segundo y chao.. Al avión, casi llegando a la escala, ahí estaba el capitán:
-Gracias, mi capitán.
– Bien, soldado. – Y me entregaron mi colación, era mi ración de combate. Al bolsillo y para arriba; el último soldado adentro. Un uniformado de la FACH ordenó que me ubicara en un asiento solitario a un costado de la puerta de entrada. Perfecto: incluido ventanilla con vista panorámica, ni que lo hubiera pedido. Mientras rugían los motores, aseguraban la puerta, el avión por la pista avanzaba.
Se escuchó el altoparlante ordenando: Abrocharse los cinturones de seguridad. Una pausa.
-¡Atención, soldados! –Ordenó, mi capitán – Nuestro regimiento tiene otra misión. El oficial bajó la cabeza un largo rato, quizás, buscando la expresión correcta a sus palabras. El silencio roto por el rugir de los motores. Yo volado, a esas alturas, esperaba cualquier cosa, como que había perdido la capacidad de asombrarme más todavía. Estaba super volado.
El capitán levantó su cabeza, con su rostro radiante de felicidad dijo:
¡Volvemos a Iquique!
La emoción desbordada de felicidad: gritábamos felices. Mi rostro, todos los rostros, cubiertos de lágrimas de felicidad. Entre la algarabía, escuchamos la voz de nuestro capitán entonando, gritando nuestro himno de guerra:
“Carampangue, Carampangue Adelante, adelante la…..”
Todos cantábamos a viva voz. Al fin, por fin, volvíamos a Iquique. Cantábamos, gritando, cantábamos llorando nuestro himno de guerra. Creí que hasta el avión se conmovió de nuestra alegría. Los uniformados de la FACH también se vieron tocados con nuestra alegría, con nuestras lágrimas, con nuestras vidas.
El avión, no sé, si por rutina o el piloto conmovido, dio un gran círculo por Santiago. Desde mi ventana, volado como piojo, volando volado, mirando a Santiago, me despedía con un signo de la paz y grité:
-¡Chao, Santiago loco! ¡Santiago Viet-Nam! ¡Santiago tortura! ¡Santiago queso de cabra!
¡Santiago charqui! ¡Santiago chancho chino! — Di el último adiós con el signo de la paz, diciendo:
– ¡Santiago resucita en paz y amor.
Varios minutos habían pasado, Santiago ya estaba lejos; yo estaba casi lúcido, y todos calmados con la ansiedad guardada por llegar a nuestro destino. Llegó el bajón, tenía hambre. Mi colación, mi ración de combate; saqué el envoltorio, lo abrí: claro, por supuesto, pan con chancho chino.

 

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